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HACIA LO QUE NOS ENCAMINAMOS

Josep Mª Fericgla
Dr. en Antropología social y cultural
Fundació Josep Mª Fericgla – Societat d’Etnopsicología Aplicada

-I-

Parece vislumbrase el fin de la cuarentena impuesta a raíz de la pandemia. Tras dos meses, ha empezado, por lo menos en España y en la mayoría de países europeos, el anhelado desconfinamiento. A la vez, se empieza a ver que, tras este inusitado paréntesis nos vamos reencontrando con los mismos problemas de antes —algunos muy agravados—, con otros que han surgido durante estos meses y con lo que apunta hacia alguna posible mejora en el estilo de vida.

Pero no nos hagamos vanas ilusiones, los cambios repentinos en la vida humana solo se producen impulsados por el amor o por la muerte. No hay más. Esta vez hemos estado cerca de la muerte, especialmente el personal sanitario, los familiares de los fallecidos y los enfermos por coronavirus que han sanado, pero creo que, en general, no lo suficiente como para que se dé el cambio de actitudes tan necesario como permanente.

A partir de cierta edad temprana, tal vez a partir de los seis o siete años de edad, las personas ya tenemos definida una personalidad y un patrón cognitivo, conductual y emocional a través del que filtramos el mundo, y ya no cambiamos, solo vamos puliendo. No cambiamos, a menos que no se haga un supremo esfuerzo consciente para ello, o… que nos aparezca el amor o la muerte. Si una situación presiona mucho, como el confinamiento, se pueden esperar movimientos de adaptación, como un globo hinchado en el que se hunde un dedo, el globo se adapta y cambia de forma, pero cuando se retira el dedo, el globo recupera su forma anterior. No hay variación real, y creo que esto es lo que está sucediendo a un cierto nivel.

Se habla mucho de los cambios sociales, económicos e individuales que van a emanar de la pandemia, cambios derivados del hecho de haber soportado una cuarentena confinados y solos en casa, y de todo lo demás. Hay quien opina que no habrá una nueva normalidad, y hay quien prevé que sí la habrá y mejorada.

Tras observar lo que parece que va tomando forma en la «nueva normalidad», algunos hechos están empezando a destacar a simple vista, y no todos son positivos. Voy a comentar los que alcanzo a ver.

-II-

En primer lugar, durante las duras semanas del confinamiento, la Naturaleza ha recuperado parte del territorio que le ha sido arrebatado por el ser humano, a pesar de que también somos naturaleza. Tengo la impagable suerte de vivir en un parque natural y durante estas semanas no se ha oído ni una sola moto de montaña asustando a los animales silvestres con su ruido atronador, ni llenando el parque del asqueroso olor a gasolina quemada. Los animales han empezado a dejarse ver y hasta parece que las aves cantan más. Los aviones que cruzaban el cielo cada dos o tres minutos —supongo que estoy bajo un corredor aéreo dirección al aeropuerto de Barcelona— han desaparecido y el firmamento vuelve a estar limpio de pájaros de acero. Las veces que he ido a Barcelona ciudad por razones sanitarias, ha sido un ensueño, prácticamente sin coches y sin todo lo que deriva del intenso tráfico urbano —ruidos, polución, estrés, malas caras— y las calles vacías. Por la prensa se han visto imágenes que hubieran sido increíbles tan solo dos meses atrás, imágenes de animales silvestres caminando dicharacheros por las calles de las urbes vacías de gente. Y las músicas comerciales, verdadera e incordiante basura sónica que salía de casi cada comercio y de muchos coches y bares, ha dejado paso al bendito silencio citadino.

A la vista de todo ello, se puede pensar con ilusión que algo ha cambiado, que no ha sido solo un espejismo temporal, que la gente ha aprendido a respetar la Naturaleza, a estar recogida y en silencio consigo, a cuidarse más a sí mismos y a abandonar la psicópata y absurda compulsión consumista que está acabando con los recursos naturales y con nuestra vida real. Pero no. Con el lento desconfinamiento surge lo mismo, no parece que haya operado el menor cambio real.

A la mínima que se ha abierto la compuerta de la cuarentena para salir a caminar o a practicar deporte, los infinitamente estúpidos de las motos de montaña han regresado con sus problemas personales fastidiando a todo el mundo con el ruido y la hediondez de sus motores, además del peligro físico que suponen. Por este lado, no parece que hayan aprendido mucho de la pandemia ni de la soledad. Es previsible que cuando el gobierno español abra la libertad de movimiento, este parque natural y el resto de zonas naturales del país se llenen de nuevo con todo tipo de gente buscadora de calma, de aire puro, de setas, de castañas, de caza mayor y menor, de leña, de hermosas zonas vírgenes para destrozar con la moto, de contacto con la madre Naturaleza… la mayor parte de veces sin el menor respeto hacia ella.

Algo similar ha pasado en algunas ciudades. Por ejemplo, el lunes pasado aparecía en los periódicos españoles la noticia de que, durante el fin de semana, la policía había detenido a cincuenta grupos de gente que estaba en las calles madrileñas celebrando “botellones” —reuniones callejeras de adolescentes para tomar cerveza—. No resulta difícil entender que tras un periodo de casi dos meses de presión psicológica la gente, especialmente los jóvenes, necesite soltarse y explotar, pero es totalmente irracional reunirse en las calles para embriagarse, sabiendo el riesgo de infección colectiva que conlleva —al margen de lo que uno pueda criticar de los aspectos técnicos del desconfinamiento—. Total, que la policía los detuvo por beber alcohol en plena calle, actividad prohibida, y por agruparse en pleno periodo de alarma nacional, algo también prohibido.

 

-III-

Por otro lado, durante el confinamiento me ha tocado —y me sigue tocando— impartir clases, meditaciones y conferencias vía telemática. Es algo que siempre había rechazado. A pesar de ser indiscutiblemente práctico, minimiza una dimensión hacia la que tengo en alta estima: el contacto directo entre el docente y los alumnos, entre seres humanos. Forzado por el coronavirus he descubierto que las clases y la comunicación vía internet pueden no ser tan distantes como imaginaba. Probablemente, seguiré impartiendo alguna actividad de formación por vía telemática ya que la digitalización ha venido para quedarse, pero, eso sí, trataré de mantener el máximo de contacto directo con mis alumnos, familiares y amigos. Sigue habiendo mucho conocimiento cuya transmisión real no admite la ausencia de contacto inmediato entre el docente y el alumno. Por ejemplo, nunca me fiaría de alguien que haya estudiado psicología, medicina o aeronáutica en una universidad a distancia. No sé aún cómo hermanarlo, pero trataré de sacar lo mejor de cada vía sin que la telemática acabe substituyendo el contacto inmediato personal, cálido y frecuente. Aunque éste exija un mayor esfuerzo, da mayor recompensa.

Otra dimensión no tan positiva de la telemática que se ha instalado en nuestras vidas es el teletrabajo. Ya existía, pero ahora se ha impuesto y se extenderá a muchas más ocupaciones laborales. De entrada, uno puede pensar cosas del tipo: «¡Fantástico cambio! Podré trabajar desde casa en pijama y sin tener que perder tiempo en transporte». Eso es cierto, aunque es una percepción algo corta de miras. Se está observando que la gente que, a raíz del confinamiento se ha pasado al teletrabajo, dedica a trabajar un promedio de dos horas diarias más de las que cumplía en la oficina o la consulta. Dos horas más cada día. Es el paso definitivo hacia la auto explotación generalizada y ya sabemos cómo va el asunto: «Hemos cerrado la empresa por la pandemia. Si retomamos de nuevo y quiere usted seguir haciendo tal o cual tarea, deberá hacerse autónomo y, naturalmente, pagará de su sueldo los impuestos como autónomo». Por este camino, acaba uno no haciendo nada más que trabajar en todo el día. ¿Conocéis algún autónomo que haga los 30 días vacacionales al año, de los que sí disponen los empleados —ya no digo los funcionarios?

De seguir así, y como dice un querido amigo, dentro pocos años un contrato laboral indefinido será un documento de museo que los jóvenes mirarán con ojos incrédulos: «No lo puedo creer… Dicen que antes la gente estaba asegurada por la empresa para toda la vida, y además les subían un poco el sueldo cada tres años. Debía ser impresionante».

El teletrabajo tiene muchas otras dimensiones como, por ejemplo, las repercusiones familiares que implicará que, de repente, papi, mami y los hijos estén todo el tiempo juntos en casa; o el derroche de energía derivada de parcelar consumos eléctricos y redes de comunicaciones, y largo etcétera más. Además, los autónomos no tienen a quien quejarse para mejorar su situación laboral o salarial, solo pueden auto-explotarse más y más. Y si hay mucha gente buscando trabajo, ya sabemos la respuesta de muchos empresarios, no de todos: «como autónomo que es usted ahora le pagaré tanto por su trabajo —menos que antes, claro— y si no le gustan las condiciones no vamos a enfadarnos, es usted libre de coger el encargo o no, yo busco a otro que lo haga y listo».

La comunicación por internet tiene una cara grandiosa y cómoda, a pesar de que el teletrabajo generalizado durante la confinación es la puerta al aislamiento y a un probable aumento de la miseria. No nos dejemos obnubilar por la aparente comodidad de la tecnología. Tengo amigos médicos en la sanidad pública a los que están “invitando” que, a partir de ahora, visiten a sus pacientes por internet a lo que ellos, por responsabilidad profesional, se están resistiendo y, a pesar de ello, parece ser que hay familiares de afectados por el coronavirus que están creando asociaciones para demandar a los médicos por su supuesta falta de pericia profesional. Aun no hemos salido de una situación extrema que ya hay quien solo piensa en la venganza. No, así no… así no construimos nada bueno.

Para postre, muchas de las nuevas ocupaciones basadas en el uso de la telemática, como Uber, Glovo y todo el teletrabajo, con frecuencia exigen que el trabajador empiece pagando para poder trabajar: debe conseguir su propio vehículo, su ordenador y los complementos para poder trabajar, como las mochilas amarillas de Glovo que se adquieren en la propia empresa. Que el obrero pague para trabajar, ¡eso sí es el sueño del capitalismo!

Además, está el hecho del aislamiento y la soledad. Es el viejo aforismo, «divide y vencerás», aplicado en todos los rincones de nuestras vidas. Cada vez más, la gente se divierte sola, quemando horas ante una pantallita que muestra una aplicación que le va robando la consciencia para entretenerla. En el trabajo convencional, la gente debía interactuar con otros seres humanos, gracias al teletrabajo uno ya no tiene que soportar y comprender a los compañeros pelmazos, aunque, claro, tampoco uno puede unirse a ellos para reclamar mejoras laborales ni para hacer sólidas amistades.

Sinceramente, a estas alturas empieza a parecerme que las pérdidas de valores humanos con el teletrabajo serán mayores que los beneficios, a pesar de que ha venido para quedarse.

 

-IV-

Otro cambio que nos encontraremos pasado mañana, al salir a la calle, como consecuencia de la pandemia, es que las grandes empresas multinacionales y los monopolios están ganando terreno a las pequeñas empresas y al comercio local, con la incalculable pérdida del gran valor social, laboral y humano que ello implica. Se calcula que, en España, cuando acabe esta trágica situación habrá un mínimo del 20% de pequeñas empresas y comercios y un 45% de los bares que no reabrirán. Veamos cifras: las pymes y autónomos suponen el 99,8% de las empresas, representan más del 62% del Valor Añadido Bruto y ofrecen el 66,4% del empleo empresarial total. Es decir, las pequeñas y medianas empresas y los autónomos sostienen la economía del país —y la mundial—, siendo un factor clave en la reducción de la pobreza y en el fomento del desarrollo, con un añadido a favor suyo que es su clara contribución al desarrollo sostenible.

En sentido contrario, la parálisis económica está siendo superada con éxito por los grandes monopolios que, a menudo, tras despedir miles de empleados, nos ofrecen traer las compras a casa. Como ejemplo Amazon, cuyos ingresos durante el primer trimestre de 2020 han crecido un 26%, hasta los 75.452 millones de dólares, un récord histórico, y la cotización bursátil de la empresa está prácticamente en máximos históricos mientras que los mercados, en general, andan por los suelos. Estas cifras son sólo un preludio de lo que está por venir. Apenas recogen las primeras semanas de pandemia. Además, no hay que olvidar que la nueva normalidad preferirá el comercio electrónico al tradicional.

Por otro lado, estos monopolios multinacionales disponen del capital suficiente para aguantar sin ingresos durante meses o incluso reciben favores y contratos de los gobiernos (el caso Telepizza, McDonald’s y Coca-cola) para atender servicios que ninguna pequeña ni mediana empresa local puede ofrecer en las mismas condiciones. Así, por ejemplo, el rescate de 14 grupos de aerolíneas europeas ya nos está costando a los contribuyentes 26.000 millones de euros, y se calcula que ascenderá hasta 113.000 millones, y el rescate al sector del automóvil se prevé que utilizará un 10% del fondo de recuperación de la Unión Europea, sin ni tan solo exigirles que sus vehículos usen más energías limpias y renovables. Un verdadero agasajo a tales multinacionales, además de otra multitud de regalos que están recibiendo. Sin ir más lejos, Iberia no tiene la obligación de rembolsar el coste de los viajes vendidos con antelación a la pandemia y no realizados, cosa que sí deben hacer los pequeños empresarios si han vendido algún servicio no realizado por la parálisis.

Por su lado, los bancos están capitalizando el dinero que presta el Banco Central Europeo al 0% de interés para ayudar a sostener la economía paralizada, pero lo están prestando a los autónomos, pequeños y medianos empresarios a un interés que nunca baja del 2’5 o 3%. Nuevamente, los bancos serán los impresionantes ganadores de la miseria colectiva. Esta parálisis económica también está favoreciendo las grandes empresas editoriales, especialmente los holdings de la información —mejor sería llamarlos de la desinformación—, dejando la prensa independiente, la que suele difundir información más objetiva y de mejor calidad, al borde de la ruina. Vamos a ver cuántos periódicos independientes de grupos políticos y del gran capital —tipo “eldiario.es”—podrán continuar informándonos tras la parálisis.

Un lado bueno de la pandemia ha sido la tendencia de la gente a unirse, a actuar solidariamente, a descubrir de una vez que formamos una única humanidad, a llamarse más por teléfono y a comunicarse más en general. Pero unirse ante la presencia de un peligro común no es un lazo perdurable. Y estas nuevas actitudes contrastan con el insoportable paternalismo de los políticos y con el infantilismo social que implica aceptar las normas gubernamentales sin la menor crítica y hasta aplaudirlas, como el anunciado salario universal.

En este sentido, el ministro español de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, confía en que la prestación universal eliminará “casi completamente” la pobreza extrema que, según sus mismos datos, sufre el 20% de los hogares del país. La gente se conformará con esta dádiva paternalista de unos 500€ al mes, y hasta la agradecerá dejando de lidiar por tener acceso a los mismos derechos sociales que los demás, empezando por disponer de una educación y una sanidad pública de calidad, como había tenido España hasta la llegada al gobierno de los partidos de derechas que privatizaron buena parte de la eficaz sanidad pública para convertirla en uno de sus mejores negocios privados y, a raíz de ello, durante la pandemia, en tanto que los hospitales públicos no tenían camas de UCI para atender pacientes de urgencia ni disponían de pruebas para detectar la infección vírica, en los hospitales privados han tenido hasta 2.200 camas libres cada una con respirador artificial y vendían las pruebas a 800€. Verdaderas aves carroñeras.

El vicepresidente español de Derechos Sociales defendía el pasado viernes, junto a las ministras de Trabajo de Italia y de Portugal, la necesidad de crear un marco común de prestaciones de ingreso mínimo vital para todos los estados miembros de la Unión Europea. De nuevo, los países pobres y mega endeudados a causa de la corrupción y de la pésima gestión de los políticos electos, pidiendo limosna a los países ricos que deberán aportar el capital, y estos préstamos nunca son a interés cero, no nos engañemos.

Todo este tremendo juego alimenta el miedo y la incomunicación real, obliga a la gente a ser obediente.

 

-V-

Entre tanto y desde detrás de las bambalinas, los representantes del orden capitalista global están explotando de manera despiadada la epidemia para imponer una nueva forma de gobernanza. Un resultado probable de la epidemia será que acabará imponiéndose un nuevo capitalismo bárbaro que nos convertirá a todos en esclavos voluntarios. Otro ejemplo. Hasta hace pocos años se hablaba —y se han realizado las investigaciones y pruebas preliminares— de insertar un chip individual bajo la piel de cada persona para controlarnos —como siempre «por su seguridad». El anuncio de esta práctica fue recibida con tímidas protestas cuando, inicialmente, se aplicó a los presos a los que se permitía salir temporalmente de la cárcel. Se preveía un coste económico y social elevado para imponer el chip subcutáneo. En cambio, con los teléfonos móviles y las aplicaciones para «cuidar nuestra salud» conectados a la Red, ya no es necesario poner el chip bajo la piel para controlarnos. De forma voluntaria compramos el mejor teléfono móvil al que tenemos acceso y a través de él somos controlados. Genial.

Es la viva realidad de lo que A. Huxley previó en “Un mundo feliz”, su universal novela escrita en 1932. Leamos este parágrafo: “Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, pero podría ser una prisión sin muros en la que los presos ni siquiera soñarían con escapar. Sería exactamente un sistema de esclavitud, en el que, gracias al consumo y el entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre». ¿Reconocemos algo de ello en nuestro mundo actual?

Por otro lado —la realidad tiene muchas caras—, creo que muchos han aprendido a aceptar nuestro destino como frágiles humanos, y este paso es importantísimo. Durante la confinación casi todo el mundo se ha refugiado dentro de sí mismo y esto también es otro paso trascendental. El aislamiento es imprescindible para que florezca la filosofía en nuestra alma, y la soledad nos ayuda a estar en contacto con y a comprender a los demás, dado que es una experiencia punzante y universal de la que, en estos meses, la mayoría no ha podido escapar.

Indiscutiblemente, es positivo tener tiempo para uno mismo, aunque sea para ver la pantalla de la televisión, las series de Netflix o de otras cadenas que, además de la basura barata embrutecedora de psiques, también ofrecen buenos productos. Mucha gente se ha puesto a leer gracias a la epidemia, en especial libros electrónicos. En definitiva y al lado de todo lo anterior, hay que celebrar que el confinamiento ha empujado a que muchas personas se pongan a pensar.

De todas maneras, no deberíamos perder el tiempo con vanas meditaciones acerca de cómo la crisis del coronavirus nos permitirá centrarnos en nuestra vida interior. Ahora ya toca oponer resistencia real a que la telemática sirva para espiarnos y para controlar nuestros movimientos e intenciones, para que trabajemos más a costa de auto explotarnos hasta caer en la depresión paralizante tan extendida hoy. Es momento de proceder para que los monopolios no copen todo el mercado, apoyando el comercio y productos de proximidad, promoviendo y participando en grupos de autoayuda y en sistemas cooperativistas. Es momento de tomar consciencia y actuar con urgencia para que el miedo que está flotando sobre nuestras cabezas como una nube gris se transforme en coraje y solidaridad lo más rápido posible.

Es hora de reconocer que, como repite incansable el ecólogo e investigador del CSIC F. Valladares, el mejor antídoto contra el riesgo de pandemias provocadas por cualquier virus es la preservación de la Naturaleza: «No hay sistema sanitario más capaz de defendernos de los virus que la naturaleza». Respetémosla y hagámosla respetar por los que no han aprendido, especialmente las grandes corporaciones dedicadas a la explotación intensiva de la Naturaleza. No compremos sus productos ni derivados. No es fácil, pero tampoco imposible. Por ejemplo, dejemos de adquirir productos cuyo vistoso e inútil embalaje implique un consumo desmesurado de plástico, papel o cartón derivados de la celulosa extraída de los árboles talados.

Opongámonos activamente al uso de la telemática aplicada para coartarnos, como por ejemplo por medio del uso de drones. Estos engendros de la tecnología son muy rentables en la guerra: preservan la vida de los pilotos —carísimos de formar— y son más baratos que construir un avión de combate convencional, además de ser fáciles de operar. El problema consiste en que «el error humano se acentúa todavía más. Se operan como si fueran un videojuego, y esta frialdad crea dilemas éticos que, sobre el terreno, al ver las consecuencias de las acciones in situ, no había». Lo afirma Juan Carlos Losada, catedrático y experto en historia militar. Sí, los drones sirven para numerosos y variados fines sociales positivos (control de plagas y de incendios, ubicación de accidentados, tomas de imágenes espectaculares, etc.), pero, a la vez, son otra arma nefasta del futuro para controlarnos y para aplicar en las guerras cruentas. La producción y venta no para de aumentar, y la mayoría de ellos –que se cuentan por decenas de miles cada año– se destinan a fines militares. Así, por ejemplo, en el periodo 2016-2020, el 70% del total de drones fabricados están yendo a caer en manos de militares y policías, frente al 17% destinado a consumo recreativo y el 13% para funciones relacionadas con administraciones públicas y empresas privadas.

Anteayer conversaba con un muchacho de veinte y pocos años, y me decía que a partir de ahora habrá cosas que no se atreverá a hacer, cosas tan simples como saltar vallas le da miedo. «No es que esté prohibido, pero… no sé, ya no lo haré». Pero, nada jovencito. Te animo a que, si con ello no haces daño a nadie, sigas saltando todas las vallas del mundo que desees.

Como siempre, la realidad que nos envuelva dentro de pocos años será el resultado de las decisiones y acciones que realicemos hoy. Estamos en un momento de cambio crucial. Por al amor a nuestros hijos y hacia nosotros mismos, os ruego que no lo desperdiciemos. Muchos pocos hacen un mucho, y con ello se puede redirigir el cambio hacia un mundo más solidario, más respetuoso con la naturaleza, con menos consumo absurdo e inútil y, en definitiva, más espiritual, razonable, equitativo y calmado.

 

Can Benet Vives, 10 de mayo, 2020

 

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