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LA ESENCIA DEL SER HUMANO

Josep Mª Fericgla

 

Con frecuencia se habla de la «esencia» del ser humano. De hecho, no es que se hable con cierta periodicidad de ello, sino que es uno de los temas más recurridos a lo largo de la retorcida historia del pensamiento elevado.

Según sentenció Aristóteles, el ser humano es una única sustancia compuesta de alma —o esencia— y cuerpo, relacionándose ambos como forma y materia, y, por tanto, como potencia y acto. El alma es el principio que anima al cuerpo, concepción ésta que parece negar la inmortalidad del alma dado que la considera inseparable del cuerpo.

Desde las lejanas épocas clásicas de este patriarca de la filosofía occidental que vivió en el siglo IV a.C., desde Platón, su maestro, desde Sócrates, maestro de Platón, desde los filósofos presocráticos del siglo VII a.C., y aun desde mucho antes, ha habido un debate constante sobre el tema de la «esencia», espíritu o alma. Es el debate entre el Racionalismo (nacemos siendo algo) y el Empirisimo (no somos nada al nacer), debate filosófico que ha adquirido diferentes nombres y variantes a lo largo de la historia del pensamiento.

Bien, si no hablo aquí más de ello se debe a doy por hecho que mis lectores saben exactamente a que me refiero, y me acerco al tema tomando de marco de referencia los conceptos de la Escuela de Vida Simultaneidad y de la Gran Tradición que, a su vez, son términos de referencia que pueden encontrarse en el Cuarto Camino, en el modo sufí de concebir la realidad humana, en diversas tradiciones místicas orientales y occidentales, y en la filosofía epicúrea entre otras fuentes. Tales sistemas filosóficos y religiosos se refieren a lo que aquí denomino la «esencia» como al alma, al Principio, al inconsciente profundo universal, al Self como arquetipo, a la consciencia búdica, a la cueva de Platón, al Tao o el Gran Todo de los indígenas norteamericanos. Soy consciente de que cada uno de estos términos, que aquí presento como eventuales sinónimos, tiene detrás una aventura etimológica propia, una cosmovisión y una idiosincrasia única. Permítaseme esta licencia para no alargarme en la definición del término «esencia» en el presente contexto.

En este sentido, pues, coinciden numerosas tradiciones herméticas, filosóficas, espirituales, culturales, psicológicas y algunos grandes pilares del pensamiento humano (Rumi, Gurdjieff, Einstein, Gandhi, Kant, Spinoza…) en afirmar que nuestra estancia en la Tierra tiene como único objetivo promover el cultivo y el desarrollo de la Esencia, nuestra parte real y permanente, o dicho en términos de psicología analítica, el objetivo último de la vida humana es integrar en la consciencia el contenido del inconsciente. Es en este sentido que se suele distinguir la «esencia», la dimensión atemporal e indefinida de cada individuo que proviene de Dios, del ADN o de donde cada persona entienda, de la «personalidad», la parte condicionada, temporal y, por así decir, espuria del individuo.

La «esencia» atemporal es el contenido sin forma que anima cada forma de vida concreta, sea ésta vegetal o animal. A medida que cada forma de vida se va concretando con el crecimiento del nuevo ser, la «esencia» se va encarnando e, inevitablemente, va adquiriendo un perfil y hasta un carácter que resultan del contacto de la «esencia» con el contexto. A esto último lo denominamos la «personalidad». 

Podemos discernir con cierta facilidad la «esencia» de la «personalidad» aceptando que, como decía Gurdjieff —y probablemente aceptan lo actuales psicólogos cognitivo-conductuales—, nuestro comportamiento es equivalente al de una máquina, y no somos nosotros, en tanto que individuos conscientes, los que estamos detrás de tales conductas automáticas usadas para acomodarnos y defendernos de las exigencias de la vida cotidiana. Es aquello tan común de: «No puedo creer que eso lo haya hecho o lo haya dicho yo», pero sí, resulta que lo has realizado o lo has dicho tú desde tu parte condicionada y ciega, desde tu personalidad, sobre la que sólo tienes un muy ligero o nulo control y que, a pesar de ello, es lo que más se ve de ti y de lo que también eres responsable o, talvez en un sentido existencial y no jurídico, irresponsable por inconsciente.

            Aunque dentro de la tradición occidental no suponga un grave problema aceptar que la personalidad es la sede de la mecanicidad y resultado del condicionamiento, lo cierto es que las ideas occidentales sobre la «esencia» suelen estar flotando en un estado de vaguedad e inconcreción, lo mismo que sucede si se ensaya una definición incuestionable del término «alma». ¿Qué se entiende por «esencia»? Voy a intentar el casi vano esfuerzo de concretar dicho concepto. 

En realidad, el intento más simple de precisarlo es afirmando que la «esencia» es una entidad psico-espiritual, atemporal, indefinible e inefable que se concreta al habitar el cuerpo material. Como dijo Teilard de Chardin, no somos seres materiales buscando un espíritu, sino que somos seres espirituales que hemos venido al mundo para tener una experiencia terrenal. Su frase exacta fue: «No somos seres humanos con una experiencia espiritual. Somos seres espirituales con una experiencia humana».

El espíritu entendido como el arquetipo de la unidad transpersonal constituye nuestra esencia, siendo de una naturaleza diferente a la del cuerpo y a la de la personalidad que emana del cuerpo y de sus funciones e interacciones. Podríamos considerar la esencia como una especie de «avanzadilla del cosmos» que no tiene el menor interés en el ‘mí’al que doy vida a diario y con el que me identifico completamente, ese ‘mí’al que solemos denominar ego o sensación de identidad que perdura en el tiempo.

La gente considera la «esencia» como algo que le pertenece  —aquella gente que se preocupa por su alma— pero desde nuestro punto de vista es una concepción equívoca: lo cierto es lo contrario. Desde la perspectiva espiritualista y agnóstica, somos nosotros quienes pertenecemos a la «esencia» que está usando el cuerpo y todas sus facultades para satisfacer sus necesidades espirituales. Numerosas y viejas tradiciones afirman que la «esencia» de cada individuo ha descendido a la Tierra desde un lugar inefable del Universo para buscar la luz, símbolo de la consciencia, como explica el viejo cuento sufí del Planeta de la Luz y del habitante que baja al Planeta de la Oscuridad a recuperar la joya que vigila la serpiente.

Esta afirmación —que la «esencia» viene de un universo lejano y elevado—  es un aserto excesivamente abstracto y etéreo que, por ejemplo, se concreta al leer la obra de Gurdjieff, de Ouspensky y ciertos autores sufíes: la «esencia baja» hasta el nivel del Mundo 24  —según se describe en el capítulo VIII y XVI de Fragmentos de una enseñanza desconocida, P. Ouspenski—. Ahí recibe un cuerpo para que lo use de herramienta y pueda explorar el Mundo 48, el mundo de los fenómenos visibles, físicos y materiales, de lo finito, fenoménico y cuantificable. Visto así, la «esencia» no formaría parte de la Tierra y de sus habitantes naturales, sino que sólo estaría de visita con un objetivo o voluntad evolutiva.

Ahora surge la pregunta importante, tipo: «De acuerdo, mi esencia o mi alma ha venido a la Tierra como visitante ¿Para qué? ¿Cuál es el propósito de esta visita que, según puedo adivinar, a la vez es el propósito final de mi vida?». La respuesta es que básicamente la «esencia» de todo ser humano ha venido en busca de alimento, necesita alimentarse para poder desarrollarse y evolucionar, como toda forma de vida en el Universo, y usa el cuerpo como dispositivo orgánico que le permite mirar, percibir e interactuar con el exterior. En este sentido, los sentidos actúan como ventanas y telescopios que permiten a la «esencia» reconocer el exterior, buscar los materiales necesarios para su evolución e interaccionar con ellos.

Hasta ahí la situación es lineal y, por ello, bastante clara. Sin embargo, en su estado natural el material que envuelve el cuerpo, es decir el mundo tal y como lo percibimos, no tiene la calidad adecuada para que la «esencia» pueda nutrirse de ello. Vendría a ser como un tubérculo crudo que desenterramos del huerto pero que no sirve de alimento hasta que no se cocina, incluso puede resultar peligrosamente tóxico si alguien lo come crudo. O es como lo que en geología se denomina la mena, el material en bruto sacado de las minas o de las canteras que debe ser purificado y refinado para extraer el precioso mineral que contiene, sea diamantes, aluminio, cobre, plata o cualquier otro material que exige un proceso de refinamiento de la mena para poder ser aprovechado.

En este mismo sentido, la mena psicológica es muy abundante en la Tierra pero primero ha de ser refinada para que la «esencia» pueda extraer de ella el material con el que poderse desarrollar.

Otra cuestión que aparece con relativa frecuencia es: «¿Cómo hay que hacerlo? En la práctica ¿Qué supone o qué exige ese refinamiento?». La respuesta es simple, aunque para nada sea fácil de llevar a cabo. El material bruto de la existencia en la Tierra se refina a través de la interpretación consciente de los sucesos de la vida. Es decir, practicando la Observación constante de uno mismo, o el Recuerdo del sí en terminología del Cuarto Camino. Dicho en otras palabras, para nutrir el alma lo importante no son las experiencias que jalonan la vida de una persona, sino cómo interpreta tales experiencias, qué hace con ellas. De ahí que para la evolución de una persona no sean tan importantes ‘sus verdades’, inevitablemente relativas o dogmáticas, sino la realidad de sus experiencias, a pesar de lo engañoso de este término.

¿Cómo saber qué es lo que está realmente sucediendo en el mundo que nos envuelve? El mundo que nos rodea, al que llamamos simplemente el mundo, es el resultado de la interpretación que hace el cerebro de las impresiones y estímulos que le llegan. ¿Qué método usa el sistema nervioso para elaborar tales interpretaciones del mundo? La respuesta también es conocida: el cerebro interpreta los estímulos usando un universo de asociaciones que se han creado en sus circuitos, en los engramas, usando un término proveniente de la neurología. Los humanos desarrollamos estas asociaciones o conexiones desde la más temprana infancia, y aun desde antes de nacer. Nuestros progenitores, los familiares que nos quieren tanto y los adultos en general que nos rodean desde el nacimiento, con toda su buena, mala o indiferente intención nos van mostrando las exigencias de la vida mundana por medio de asociaciones: «Observa hija, la letra ‘c’ seguida de la ‘a’ se lee ‘ca’, y seguida de una ‘s’ y de otra ‘a’ dice ‘casa’. Primero conecta cada una de esas letras con las otras tres, y ahora ¿a qué asocias esta palabra, ‘casa’?»; «Si tocas este perol cuando está en el fuego te quemarás, y ¡eso duele!»; «Diciendo esto delante de los mayores, les provocas risa y les caes bien, entonces se fijan más en ti, es bueno». De esta manera vamos creando las asociaciones que usamos para vivir y con las que tejemos nuestro mundo hasta una profundidad difícil de concebir. Perol+fuego=dolor; personas adultas+esa mueca en concreto=la vitalmente necesitada aceptación de los adultos.

Además, vamos aumentando este universo de asociaciones abstractas por medio de nuestra propia experiencia hasta disponer de una extensa biblioteca de asociaciones o de conexiones en nuestra mente a la que el cerebro se remite para interpretar el constante flujo de información que le suministran los sentidos.

La casi totalidad de estas asociaciones se crean en nuestro cerebro de manera inconsciente. Una situación concreta —o situaciones similares— repetida, acaba por generar la misma reacción —o reacciones similares— en la misma persona o grupo. Alguien te invita a ascender a la cima del Everest con simples zapatillas deportivas y sin ayuda de oxígeno extra, y tu respuesta, suponiendo que estés en forma física para ello, es: «No, no se puede, es totalmente imposible», y este límite se da por real. O se da por cierto hasta que alguien sube al Everest corriendo, con zapatillas deportivas y sin oxígeno, como hizo Kilian Jornet el 22 de mayo de 2017, que realizó el inusitado ascenso en 26 horas. Pasado un cierto tiempo empieza a haber numerosos alpinistas que lo consiguen. Se ha creado una nueva asociación, se ha abierto y enriquecido el mundo.

Para ciertos objetivos de la vida es vital que actúen las asociaciones inconscientes, así nos ahorramos tener que pensar y aprender sobre las mismas cosas una y otra vez. Si uno coge una perola metálica llena de agua hirviendo sin protección es probable que se queme la mano, no es necesario que lo pruebe de nuevo cada vez. Esas asociaciones resultan de gran utilidad, pero solo hasta cierto punto ya que, a la vez, limitan la percepción, el pensamiento y la acción. Pero si se quiere hacer un uso real y más elevado de las facultades que tenemos a nuestra disposición, hay que hacer un esfuerzo dando un paso adelante y cultivando asociaciones diferentes, de calidad no rutinaria, asociaciones, por ejemplo, relacionadas con la idea de un Universo constituido por niveles, con la idea de que existen realmente inteligencias superiores a la humana.

Tomemos de nuevo la cosmología elaborada por el sufismo, ofrecida por Gurdjieff y recogida por Ouspensky y Bennett, y aceptemos que el primero de tales niveles o estratos de realidad superiores al mundo fenoménico, el que constituye el mundo humano de lo perceptible y cuantificable, es el Mundo 24, el mundo superior en el que existe la «esencia» y de cuyo material está compuesta. Si aceptamos la existencia de este nivel, es probable que ese mismo reconocimiento nos resuene y despierte en los humanos niveles más profundos de la mente, al igual que ocurre al entrar en contacto con una manifestación arquetípica sea musical, plástica, narrativa o de otros tipos. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando escuchamos cierta música objetiva o leemos ciertos relatos sagrados y universales. El mero hecho de despertar esos estratos más profundos de la mente, inicialmente inconscientes, ya inicia un proceso espontáneo que crea nuevas asociaciones de tipo superior, de manera que uno puede  —así sea ocasionalmente—  decodificar o traducir un suceso externo en términos distintos de los que usaba hasta el momento, basados en asociaciones egocéntricas o de la «personalidad», hasta el punto de que las nuevas asociaciones comenzarán a transformar la vida del individuo. Es decir, las nuevas conexiones o asociaciones que constituyen el mundo del sujeto  —obviamente— no transforman los hechos externos, el hecho físico será siendo el mismo, pero el modo en que la persona lo interpreta y asume puede cambiar hasta lo irreconocible. Este es exactamente el proceso que debería perseguir toda psicoterapia. En la misma medida que esto sucede, la experiencia se cocina y la calidad de la experiencia puede elevarse hasta convertirse en el alimento adecuado para la «esencia».

Este proceso es el que denominamos «participación consciente en los sucesos», y supone el reconocimiento de factode la existencia de la naturaleza espiritual que hay en nuestro interior y que reclama alimento de mejor calidad, como pide la hija del leñador viudo de otro cuento universal de origen persa, la historia de Moshkil Gösha.

El sujeto empieza por apreciar la presencia de esta dimensión espiritual y atemporal en su interior, y no como una mera posibilidad intelectual sino como una realidad existencial, sensible. Probablemente sea lo único real que poseemos, una realidad psíquica y energética que ha descendido desde su elevado nivel natural con el propósito expreso de coger fuerza para escalar y regresar reforzada a su hogar. Para poder regresar a su origen, la «esencia» ha de crecer y desarrollarse, necesita alimentos de calidad adecuada. Si la persona no se los provee, la naturaleza atemporal o espiritual se duerme. Como se observa una y otra vez, cuando una persona advierte y comprende la absoluta necesidad de proporcionar este alimento a su «esencia atemporal» en forma de estímulos y experiencias adecuadas, sus perspectivas vitales cambian por completo.

Habitualmente, de pronto, la persona descubre que necesita sembrar y disponer de una personalidad fuerte y rica, ya que cuantas más experiencias tenga una persona en la vida, cuantos más conocimientos y cuántas más habilidades cultive también tendrá mayores oportunidades, universalidad y sensibilidad. Esas oportunidades proporcionan un mayor suministro de alimento crudo, pero es fundamental no caer en el engaño de las ilusiones. Debemos recordar que este alimento  —las experiencias—  debe ser cocinado —elaborado por medio de la integración consciente— para que pueda ser usado por la «esencia». ¿Cómo se procesa ese alimento crudo? De nuevo y como siempre, por la práctica de llevar a la luz de la consciencia lo que permanece en la oscuridad instintiva del inconsciente, acordándonos de nosotros mismos. Uno puede gozar de todas sus experiencias y excesos, por insólitos que sean, siempre que se vivan a la vez que uno se observa, o practique el Recuerdo del sí, en expresión del Cuarto Camino o que se vea un paso por delante, en expresión musulmana.

Por esta vía, uno empieza a percibir qué es lo que realmente necesita su «esencia» y, a menudo, cambia el sentido de la pregunta inmadura «qué espero yo de la vida», por un interrogante trascendente y maduro: «qué espera la vida de mí», convirtiendo la respuesta en el verdadero objetivo para la vida psicológica, social y espiritual.

Al dar espacio a la «esencia» dejamos de considerar lo que nos pasa en el mundo, incluidos los traumas, como un fin en sí mismo y vamos descubriendo que las experiencias que nos llegan pueden ser saboreadas sin el menor sentimiento de culpa, de deuda, ni de remordimiento, que no sólo no son inútiles, sino que constituyen la mena mineral de la que, con paciencia, conocimientos y consciencia, vamos extrayendo lo más valioso para la realización del sujeto.

Si una persona llega a concebir que cada experiencia que tiene, agradable o no, es un presente del que extraer alguna lección de nivel superior, que cada día es un regalo y que todo lo que le sucede en la vida puede ser usado y cocinado para la «esencia», suele suceder que le va desapareciendo el pesar existencial y se transforma en una sensación de hambre espiritual, anhelo que puede llegar a ser muy agudo.

Maurice Nicoll, comentarista del Cuarto Camino, emplea la expresión «Yo Observante» para referirse al Recuerdo del Sí, y afirma que esta práctica, la observación honesta de uno mismo a lo largo de los años, permite percibir el gran mundo psicológico que está situado más allá de los fenómenos cotidianos y materiales.Nicoll afirma que si la «esencia» no crece, atrae recurrentemente las mismas situaciones, o, dicho en términos de la Escuela de Vida, del budismo y de la psicología junguiana: el ser de cada uno atrae la vida de cada uno. Quizás el sujeto no se dé cuenta de que lo que le sucede está determinado por su «esencia», pero la vida no es una sucesión de hechos casuales sino que es una sucesión de acontecimientos atraídos y conformados por un patrón ya preestablecido. En palabras de Jung: eso que la gente denomina “destino” no es sino el camino que cada uno se ha labrado con antelación desde el inconsciente para cumplir con la ley natural de Individuación.

Es probable que, al principio, esta idea choque con la idiosincrasia en boga que rige el pensamiento del occidental medio. A muchos paladares no suele gustar porque suena a cierta predestinación un tanto sombría, pero esa es también una interpretación errónea.

Cuando la gente asume incondicionalmente el patrón de vida al que se ha habituado, la vida está determinada por esa mecanicidad. La gente usa este automatismo para tratar con los demás, sintiéndose más tranquila al poder predecir el comportamiento de los otros y escogiendo así la conducta que más le permitirá conseguir lo que quiere del ellos —sin ocurrírsele que todos somos igual de predecibles.

Pero si viajamos a un nivel más profundo de la mente, la interpretación es distinta. Si se acepta la idea de que la «esencia» es la responsable del patrón que determina la vida de cada uno, como el cauce del río lo es de la dirección del agua y de los meandros aunque no del caudal, resulta que habrá una finalidad ulterior para la que hemos escogido nuestra vida. Esta crucial elección no la hace la personalidad, sino que sale de una inteligencia superior y atemporal que reside en el alma, en la «esencia». ¿Quién puede sabera prioriqué sucesos de su vida pueden proporcionar mayores oportunidades para el desarrollo de la «esencia», del destino de una persona?

Yendo un poco más allá, se puede afirmar que la «esencia» está hecha de material psicológico o energético atemporal, proviene del terreno de los arquetipos en el que existen patrones de posibilidades que configuran las causas primeras de los sucesos que llenan nuestra vida. Nuestras ciencias quánticas están empezando a vislumbrar los aspectos físicos de la existencia de este mundo no colapsado por las formas. En esta dimensión de la realidad hay innumerables hilos entretejidos en un telar, producidos por tránsitos de consciencia que traen a la existencia material los sucesos que constituyen el mundo, base de lo fenoménico.

En otras palabras: mi «esencia» será la responsable del hilo que determina mi vida, pero si no se nutre bien, si se desarrolla mal, no tendrá la capacidad necesaria para producir cambios en cada situación concreta. No obstante, la «esencia» se percata de todo el patrón, desde el nacimiento hasta la muerte y si crece podrá modificar el sendero a través del telar eterno, creando sucesos que la provean de más alimentos y más variados, es decir de experiencias autopoyéticas. Esta es la idea universal de la recurrencia. Si se repite exactamente un mismo patrón en el Mundo 24, naceremos de los mismos progenitores, en las mismas circunstancias y experimentaremos las mismas situaciones hasta que fenezcamos por la misma causa. Pero hay otras posibilidades, ya que sin ellas la vida humana no tendría el menor sentido. El gran problema es lo que podemos llamar “la complaciente esperanza “de que quizá la próxima vez sea mejor sin hacer el menor esfuerzo por nuestra parte. Este pensamiento, tan común entre los humanos, es mera fantasía nacida de nuestra perpetua apetencia de una segunda oportunidad.

Tenemos que aprender a usar cada una de las situaciones presentes para nuestra evolución y en tanto que no lo hagamos tenderán a repetirse. Dicho aun de otra manera, la vida es un patrón de oportunidades que la «esencia» ha ido ordenando en su búsqueda de experiencias para evolucionar, y el error más grave es la recurrencia de la personalidad, el creer que los tránsitos de consciencia han de ser consecutivos. No. Deben ser modificados y sólo pueden serlo ahora, aquí y haciendo esto. No hay que esperar la muerte y una mítica segunda oportunidad para corregir los hechos, aunque, a la vez, solo se puede comenzar a corregir estos hechos de la vida cotidiana si se proporciona a la inefable «esencia» el alimento que necesita a base de transformar el sentido de las experiencias cotidianas, ya que éstas sólo son el alimento crudo que se halla a nivel de Tierra y que necesita ser transformado con nuestra consciencia e intencionalidad. 

 

 

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