Artículo

RENUNCIAR O DESAPARECER

Dr. Josep Mª Fericgla
Societat d’Etnopsicologia Aplicada — Fundació J.Mª Fericgla
Campus Can Benet Vives

I.

Sí, época de penumbras y de verborrea vacía. Tiempo de inseguridad e imprevisibilidad, de miedo irracional y paralizante que ha corrompido la mente de tanta gente. Nada mejor que el miedo para paralizar a los pusilánimes que, amargamente, debo reconocer que son la mayoría. Una persona con miedo y una sociedad con miedo son extremadamente fáciles de manejar.

Tiempo de arbitrariedades y de poca o ninguna implicación con los valores que cada uno dice tener  —y vivir significa implicarse. El problema no es que la gente no tenga valores, es que no da ningún valor a sus valores, solo hablan de ellos, mero ruido, pero sin renunciar a la mínima comodidad para defenderlos. Ni los respaldan con su vida si hiciera falta, y si alguien lo hace es tildado de fanático. Época de final de una Era de calma y de incontinencia, y probable inicio de otra Era de desorden, angustia, tal vez violencia, incertidumbre, control en extremo, maldad y tiburones. Esto significa que, pues sí, probablemente estamos regresando a la normalidad histórica.

Los últimos 75 años, desde que en 1945 acabó la Segunda Guerra Mundial, Occidente ha vivido un inaudito periodo de calma, de paz y de satisfacción material a costa de explotar las antiguas colonias y de consumir lo que no le corresponde por ley natural. Es lo que se ha dado en llamar Sociedad del Bienestar y parece «lo natural», pero si uno revisa el pasado descubre que esta situación no es la habitual en nuestra historia. Todo lo contrario.

La historia de la vida humana se caracteriza por estar manchada de sangre a causa de los constantes conflictos étnicos, territoriales, políticos, económicos, religiosos, sexuales o generacionales. En la vida de nuestros antecesores, la amenaza y el peligro eran una sombra permanente  —fueran animales depredadores, enfermedades, ladrones, la Santa Inquisición, el hambre o los enemigos. Hasta inicios del siglo XX, tenían una esperanza de vida que extrañamente rebasaba los 45 años, y era un recorrido vital durante el que, la mayor parte de la sociedad solo disponía de lo necesario para existir. A menudo, ni eso. Hoy día todos parecemos ricos. Ya no dependemos de una racha de malas cosechas o de la imprevisible lluvia para enfrentarnos a una, antaño, siempre latente hambruna. Ambicionamos multitud de cosas absurdamente superfluas como si la vida y la felicidad dependieran de ellas, y, además, queremos que las necesidades básicas sean satisfechas a un precio que no implique esfuerzo.

Cuando se presenta algún problema, casi siempre creado por nosotros mismos, recorremos a la actual religión para que encuentre la solución, y esperamos que nos dé una salida sin hacer más que cumplir ciegamente los mandamientos de esta nueva religión llamada «ciencia». En nombre de la ciencia se imponen creencias e inoculaciones masivas, se cambian estilos de vida y se rinde un culto ciego a «su verdad», un culto cada día más falto de sentido común. No es que esté en contra de la ciencia y del método científico, sinceramente creo que es de las mejores cosas que ha creado el ser humano, sino que estoy en contra del trato que se le da, convirtiéndola en un nuevo credo del que se aceptan sus sentencias de forma acrítica. Estoy en contra de que los científicos sean tratados como sacerdotes de esta nueva religión asumida por la mayoría de la gente sin el menor esfuerzo por informarse y examinar. Esto es lo que me preocupa.

 

II.

Mi formación es de científico social y sé que —excepto las matemáticas— la ciencia ni es objetiva ni puede, por ejemplo, limpiar gratuitamente los millones de litros de agua que diariamente contaminan las fábricas de ordenadores que compramos cada vez más baratos. Para citar algún dato: para fabricar un ordenador medio se consumen/contaminan 1.500 litros de agua, 240 kg de combustible y 22 kg de productos químicos. En total, casi dos toneladas de agresión al medio ambiente por ordenador. Y si una marca vendiera sus teléfonos móviles o utensilios eléctricos más caros que la competencia, explicando que la diferencia se debe a que los fabrican sin contaminar el medio ambiente y que eso tiene un precio, es fácil suponer cuántos escogerían las marcas baratas, especialmente aquellos a los que les cuesta llegar a final de mes. La inmensa mayoría.

El común de la gente occidental lo quiere todo, ahora, aquí y barato, sin la menor renuncia ni esfuerzo, como niños consentidos sin resistencia al fracaso, y gira la cabeza en otra dirección cuando se le informa de la destrucción irreparable y absurda que generamos en el medio ambiente con nuestro patrón consumista. O cuando, por ejemplo, se habla de los crímenes que manchan el coltán de su teléfono móvil  —el coltán es un material escaso y necesario para fabricar teléfonos y dispositivos electrónicos, cuya explotación ha financiado la Guerra entre el Congoy Uganda,causa de más de 6 millones de muertos; actualmente,Uganda exporta coltán robado del Congo a Occidente, en especial a los Estados Unidos. Cuando nos hablan de esto, giramos la cabeza buscando culpables para no asumir nuestra responsabilidad en esta época de oscuridad.

Empresas como Amazon triunfan, naturalmente, gracias a los que usan sus servicios. El propietario, uno de los hombres sospechosamente devenido más ricos del mundo en pocas décadas, ha declarado en público ser conocedor de que fuerza a los trabajadores de su empresa hasta el punto de que, a menudo, no tienen tiempo ni para orinar y muchos de ellos y de ellas van a trabajar con una botella en la que vacían su vejiga en pleno trabajo, cuándo y dónde pueden. Los embalajes de cartón de Amazon, identificables por el chirriante trazo que más tiene de sonrisa cínica que de expresión alegre, son un colosal despilfarro ecológico y, a pesar de ello, millones de personas compran a diario productos que, en su mayor parte, podrían conseguir simplemente moviéndose un poco y buscando entre lo que ofrece su entorno, o si —mejor aun— se detuvieran a evaluar la verdadera (in)utilidad de aquello que van a comprar a través de Amazon. Muy pocos lo hacen. La tendencia es la contraria: a no reflexionar, a pedir que traigan tal producto a la puerta de mi casa, que me llegue rápido y lo más barato posible, antes de que la compra compulsiva pierda fuerza y me sienta un estúpido por haber cedido a la presión del algoritmo.

Cuando se habla de los tremendos desastres ecológicos, demográficos, psicológicos y culturales, cuando se menciona la comida basura como causante de tantas enfermedades, cuando aparece la depresión que sufre casi el 30% de la población occidental o de las nuevas formas de cruel esclavitud postindustrial que alimentamos con nuestra conducta irresponsable, la mayoría confía en que la nueva religión encontrará la solución y, con ello, la gente se siente eximida de su responsabilidad, verdadera causa del desastre que hemos generado. «La ciencia encontrará la solución», es el salmo que oigo a diario.

 

III.

Y sí, hay una solución. Una solución que se llama «renunciar». ¿Renunciar a qué? A consumir mil y un objetos y servicios inteligentesque nos idiotizan y que están acabando con los limitados recursos de la Tierra. Renunciar a comprar a bajo precio productos costosos. Renunciar a comprar infinidad de cosas inútiles, a que nos dirijan la mirada hacia la realidad que pretenden y que solo favorece a las corporaciones multinacionales. Hay que renunciar a pulsar el cómodo «aceptar» cada vez que se nos pide que cedamos a que los programas espía se cuelen en nuestro móvil u ordenador. No acepto que aparatos dotados de la tan peligrosa como falsa Inteligencia Artificial (IA) suplanten mis capacidades, ejecutando acciones y tomando decisiones que puedo y debo tomar por mí mismo, y que, de delegarlas, aceleran mi imbecilidad y mi pérdida de dignidad y de humanidad. Hay que renunciar a «tener» y dar importancia al «ser».

Me resulta espeluznante ver que el cociente de inteligencia (IQ), una facultad que costó milenios de esfuerzo por parte de la humanidad para nutrirla, está cayendo en picado desde 1975. Durante los primeros setenta años el siglo XX, se había registrado uncrecimiento exponencial en las pruebas de IQ en gran parte del mundo, el conocido Efecto Flynn. Sí, algo ha sucedido en las últimas cuatro décadas para que la tendencia haya involucionado y se registre una caída de siete puntos por generación en la inteligencia media. ¿Qué está pasando? Tampoco puedo aceptar que las decisiones importantes que deben asumir los políticos a los que supuestamente voto y cobran de mis impuestos, las tomen, cada día más, sistemas informáticos dotados de la alabada IA. Es decir, que tales decisiones se pongan en manos de los sacerdotes de esta nueva religión, la ciencia, que a su vez se desentienden de compromisos políticos. ¿Quién es, pues, el responsable de los aciertos y de los errores? ¿A quién debo mirar y ante quién debo protestar si se toman malas decisiones que nos afectan a todos? Si busco, descubro con impotencia que casi todo son “comités impersonales”, “comisiones de expertos”, “juntas anónimas”, “algoritmos” y demás hatajos de mediocres irresponsables escudados bajo el anonimato, cuyas decisiones suelen estar justificadas por lo que dicen algunos sacerdotes de la nueva religión. 

Tomamos pocas decisiones diarias reales, aunque no nos demos cuenta porque son pequeñas decisiones: es cuando servimos al dios Consumo. Al consumir decides si quieres gastar tu dinero o no, en qué lo quieres gastar y qué apoyarás con tu consumo. Con esto no vas a salvar el planeta, no te creas tan importante, pero ayudarás. Es razonable que, si no llegas a final de mes, optes siempre por lo más barato, sea comida, ropa o electrónica, pero, a pesar de ello, somos adultos. Decidamos por nosotros mismos, y la clave es renunciar. Como decía antes, todos decimos tener muchos valores. Sí, queremos proteger la Amazonía, defender a los palestinos, ayudar a los niños refugiados sirios, preservar a los elefantes en peligro de extinción, respaldar la comida de kilómetro 0 y además cuidar de la familia… Perfecto, pero ¿qué hacemos realmente para todo ello? Dar valor significa comprometerse y priorizar, y priorizar es renunciar. De ahí que no quede otra salida que renunciar.

¿Por dónde empezamos? Por el eterno aquí, esto y ahora. Cuida del bienestar y la seguridad de ti y de tu familia, y cuida del agua, un bien escasísimo e imprescindible. Si te limpias los dientes dejando el grifo abierto, gastas 36 litros de agua; si cierras el grifo y solo usas el agua necesaria para mojar la boca y enjuagarte, gastas 1,5. Luego, puedes dirigir tu atención a las cosas periféricas, a los viajes y las vacaciones, a cambiar de teléfono o el portátil de vez en cuando, a cuidar tu aspecto físico. Pero… tal vez haya que renunciar a viajar y a comprar tanto.

En mi opinión, parte del desastre medioambiental y humano hacia el que galopamos como caballos desbocados se debe al turismo barato. Hasta que no dejen de haber vuelos baratos y la gente renuncie a llenar con sus plásticos y con sus insatisfacciones personales la casa de otro, no se resolverá.  

Hace poco estuve charlando de este tema con un amigo, promotor de turismo en lugares exóticos para gente adinerada. Criticaba el expolio de la naturaleza y cuando le dije que, justo era lo que él está haciendo, construir un nuevo hotel y un restaurante de lujo en un lugar paradisíaco declarado parque natural mundial, no se daba por aludido. «El problema es que la gente nativa come latas y llena Tal lugar de basura». «Vaya, y los clientes de tu futuro hotel ¿No comerán? También estás abriendo un nuevo restaurante en el mismo parque natural ¿No crees que contaminará más un solo plato de los que se sirvan en tu establecimiento que toda la comida de una familia local?». No lo acababa de ver.

 

IV.

La excelente literata danesa Karen Blixen, en su obra Daguerrotipos y otros ensayos, habla de un dios nuevo que se impuso con tremenda fuerza en la idiosincrasia occidental hasta conquistar el primer lugar del panteón, desviando el esfuerzo de los humanos y sacándolos del cauce de vida tradicional que seguían para meterlos en otro. Este nuevo dios del que hablaba K. Blixen a mediados del siglo XX, es el dios Confort, y sigue blandiendo sus ideales como el mejor de los dioses que guía los anhelos de la gente actual. Un poco antes que K. Blixen, también el universal Aldous Huxley, en uno de sus ensayos titulado precisamente «Comfort», hablaba de la reciente aparición histórica de la comodidad como valor que se había entronado entre los más elevados y deseados bienes humanos. Este afán no aparecía en la historia de Occidente desde la época de los romanos, y entonces solo por parte de las minorías patricias.

El consumismo alocado sin más continencia que el propio poder adquisitivo, y el confort como símbolo de prestigio se han convertido en el patrón, modelo y más elevado señor de nuestras conductas y, como ocurre con los fenómenos a los que nos acostumbramos, los damos por descontados, como hace el pez respecto del agua en la que vive, sin darnos cuenta de su novedad y de su singularidad, sin reflexionar sobre su significado y consecuencias. Los sillones mullidos, la calefacción central, la cama de más de medio metro de ancho, el suelo de madera o alfombrado y el teléfono sin cables para no tener que levantarse cuando suena, forman parte habitual de cualquier hogar occidental de clase media o incluso del hogar de familias trabajadoras, pero todo ello tiene, como máximo, dos siglos de historia. En el siglo XVIII, estas comodidades eran desconocidas incluso para los reyes y cardenales de la época. No despertaban interés.

Si se mira hacia atrás, llama la atención la falta de confort en que vivían nuestros antepasados. Pasaban con lo justo. No es que, a grandes rasgos, no tuvieran los recursos materiales o técnicos  —aunque es obvio que para que se diera el consumo de electricidad primero se tuvo que descubrir y desarrollar la tecnología adecuada—, sino que el confort y el consumo no formaba parte del paisaje de sus intereses. Los reyes y los obispos medievales se sentaban en tronos rígidos de espaldar recto, incomodísimos para un occidental medio actual, y los actuales indígenas amazónicos reposan sus nalgas en unos taburetes de madera desbastada, a los que los shuar llaman kutankª, que no tienen más de 20 cm de ancho, lo que resulta fastidioso para las nalgas, y, a pesar de ello, no tallan asientos más anchos que no les costaría el menor esfuerzo.

Estos pueblos no entenderían  —yo tampoco lo comprendí— que al declararse la pandemia en España en 2019, la reacción de la gente fuera correr a los supermercados a comprar carretadas de papel higiénico hasta agotar las existencias. ¿En qué estarían pensando? A falta de papel higiénico, el trasero se puede limpiar con agua, como se practica en el mundo árabe, en Extremo Oriente y entre los numerosos indígenas del mundo. El papel higiénico no sirve para comer ni para curar una supuesta infección vírica, no se usa para dormir mejor, para escuchar música ni como juego de sobremesa. ¿Entonces? Mero consumo irracional. Ignoro cómo empezó esta carrera de desquiciados a por el papel higiénico, pero es probable que sea un ejemplo más del “efecto rebaño”.

En nuestra sociedad falta temple, falta fibra, falta contención y falta quien asuma responsabilidades. Faltan individuos con verdadera personalidad, ni más ni mejores técnicos. Faltan personas maduras, que defiendan sus valores y que tengan valores abiertos, universales y humanos. Falta poner el mundo nuevamente en pie y eso requiere confianza y tener una imagen clara de lo venidero. Faltan personas que vean un futuro a largo plazo, no políticos populistas que engañan a la gente con miedo y buscan sus votos con promesas absurdas a corto plazo. Faltan individuos curtidos y firmes, y sobra gente cobarde y acomodaticia. Falta renunciar, algo que cuando se hace voluntaria y conscientemente aumenta la libertad y el valor del propio ser humano, aumenta el temple y la confianza en uno mismo. Renunciar es el primer paso hacia la emancipación y la espiritualidad y, como se ha afirmado repetidas veces en una frase atribuida al conocido escritor y aventurero francés del siglo XX André Malraux: «El siglo XXI será espiritual, o no será» —a pesar de que A. Malrauxjamás pronunció esa frase, y él mismo lo reconoció extrañado en una entrevista concedida al semanario francés Le Point, en 1975—. El siglo XXI ha de ver renacer la verdadera espiritualidad, no el fanatismo religioso ni el actual consumismo de prácticas bobas, o acabaremos con nosotros mismos. No me preocupa la vida, la vida seguirá. Los dinosaurios desaparecieron pero la vida continuó hasta el día de hoy, me preocupo por nuestros hijos.

 

Dr. Josep Mª Fericgla
Can Benet Vives, 27 de diciembre, 2021

 

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