El mundo google y mi visión de él

EL MUNDO GOOGLE Y MI VISIÓN DE ÉL

Dr. Josep Mª Fericgla
Societat d’Etnopsicologia Aplicada — Fundació J.Mª Fericgla
Campus Can Benet Vives

I.

El mundo google es el universo generado por la digitalización, por el vaciado y la descontextualización de nuestras vidas convertidas en existencias aplastadas por avalanchas de datos, mera información desordenada y diseñada para mantener secuestrada nuestra atención, suscitando la fantasía de «conocer» y de «estar en contacto», siendo una quimera que está en la raíz de la mayor parte trastornos psicológicos actuales.

El mundo google ha creado la «infoesfera» en la que habitamos, donde solo manejamos las cosas que nos ofrece y con las que interactuamos como «infómatas» —como se denomina ya en algunos círculos la realidad del humano actual—. Somos humanos reducidos al mundo que nos ofrece el propio cosmos de información insubstancial que nos envuelve, que nos angustia y ahoga. Desde finales del siglo XX, los simples datos se sobreponen unos a otros a una velocidad vertiginosa acabando por suplantar la realidad, por robarnos constantemente lo más sagrado de todo ser humano, la atención, y por imponerse al verdadero conocimiento.

Como es sabido desde antiguo, un dato fuera de contexto pierde su sentido, y es en ese océano de la información-sin-sentido donde tratamos de avanzar sin saber hacia dónde. Como describe Byung-Chul Han, la digitalización desmaterializa y descorporeiza el mundo convertido en un bazar virtual de datos inconexos. El mundo google es un mundo virtual al alcance del dedo índice con el que pulsamos el botón «me gusta» (like), creyendo infantilmente que así dominamos el mundo, pero que, en realidad, nos atrapa, nos controla y nos deja a merced de un imparable aluvión de datos descontextualizados que (des)informan la vida, convirtiendo el mundo en una fuente constante de angustia por tratarse de un paisaje cambiante a cada instante, sin implicación, sin pasado ni futuro, sin una forma cognoscible y previsible. El mundo google suprime los recuerdos personales ahogándolos en oleadas de datos sensacionalistas, nos deja sin una identidad arraigada en el tiempo, sin la sensación de calma y de permanencia tan necesarias para caminar por una vida con sentido.

En cierta época de mi vida fui estudiante. En aquella lejana época de la segunda mitad del siglo XX, cuando necesitaba una información debía ir a bibliotecas, consultar numerosos libros y revistas especializadas, pedir orientación, a veces incluso ir a conocer o escribir a la persona que sabía de aquel tema que me interesaba. Esta forma sosegada de ir recabando información, en la que yo marcaba el ritmo, me sumergía en un contexto que iba tomando forma y dando sentido y profundidad a los datos. Cuando, finalmente, la obtenía, era información contextualizada. Yo sabía con certeza el nivel de fiabilidad que tenía, en relación con qué otros datos estaba relacionada, qué ideología, intereses económicos o creencias había detrás de la información. La había encontrado siguiendo la racionalidad y la intuición, y relacionada con diversos otros elementos que le daban profundidad, sentido y color. Repito, estaba contextualizada. Actualmente, uno escribe una palabra en un buscador digital y al instante aparecen miles o millones de enlaces donde hay datos relacionados con ella. Es maravilloso, sí, pero son datos descontextualizados, deslavazados, pobres y habitualmente engañosos, como puntas de un iceberg del que no se sabe nada y, naturalmente, esta forma de obtener el dato es fuente de innumerables falsas informaciones (fake news como se denomina ahora, como si no tuviéramos lexicografía adecuada para denominarlo en castellano). La Red es una fuente de millones de datos que admitimos como ciertos casi siempre sin contrastar, y que nos sustraen la dimensión temporal que forma parte esencial del contexto.

II.

La memoria digital es barata, se pueden almacenar billones de datos por medio euro, pero no nos sirve para tejer una identidad personal o un comprometido sentimiento de pertenencia grupal. No sirve para generar la necesaria comunidad frente al individualismo que nos invade. Por ejemplo, no tienen casi nada que ver las fotografías de papel, como analiza el mencionado Byung-Chul Han, objetos entrañables a los que cuidamos, que se van descoloriendo y reflejando así el paso del mismo tiempo de nuestras vidas, objetos que nos enraízan en nuestro pasado, con las fotos digitales que nos alejan de nosotros mismos, cuya duración es cada vez más limitada, a menudo de horas. Y, dicho sea de paso, la enajenación mental en todas sus expresiones tiene como factor básico el olvido de uno mismo, el abandono y la falta de implicación personal con el presente emergido de un pasado personal y semilla de un futuro esperanzador.

En el mundo google, la mayor parte de terapeutas y de profesionales de la salud, tienen poca o ninguna implicación emocional, identitaria ni espiritual con los pacientes o “clientes”. Es un mero trato comercial que dura en tanto el paciente está frente al terapeuta, comprándole unos escasos minutos durante los cuales, la mayor parte de veces, el profesional ni tan solo lo mira. El médico solo mira la pantalla de su ordenador, el paciente no cuenta. Para el actual profesional de la salud solo cuentan los datos que arroja el análisis de sangre, la ecografía, el electroencefalograma o el test psicométrico que ha ordenado al paciente que se hiciera. Él o ella, la persona, casi no cuenta, de ahí la facilidad para informatizar al paciente, una vez reducido a datos. De nuevo, solo cuentan los datos que van a variar de una analítica la siguiente. Lo que narra el paciente —por mera dignidad, me niego a llamarlos “clientes”— no vale, es poco menos que anecdótico.

Otro ejemplo. Las enormes inversiones actuales para construir centros donde ofrecer terapia con psicodislépticos en un futuro inmediato y previsible, están movidas por el más crudo interés económico. Un paciente, en general, no es un individuo al que escuchar, con el que empatizar y al que ayudar a vivir con plenitud y sentido. No. Es una simple fuente de ingresos y, según como, de prestigio para el narcisista terapeuta. El juramento hipocrático que deben acatar todos los médicos en España reza así: «El juramento mediante el cual se os admite como miembros de la profesión médica, constituye una invocación a Dios o a aquello que cada cual considere como más alto y sagrado en su fuero moral, como testimonio del compromiso que contraéis para siempre».

No es necesario ser un sesudo teólogo para descubrir que el dios aceptado en el mundo google ya no tiene relación con el «fuero moral», sino que ha sido suplantado por el «dios euro» o el «dios dólar» que se extrae de nuestras vidas a través de «san dato personal». El juramento hipocrático continua, diciendo así: «Los médicos os comprometéis a hacer de la salud y de la vida de vuestros enfermos la primera de vuestras preocupaciones». ¿Dónde ha quedado este juramento? No voy a poner más ejemplos porque es de sobra conocida la indecente mercantilización de la salud que opera en las aseguradoras y clínicas privadas, y el espíritu mercenario de la mayor parte del personal que trabaja para ellas y de los políticos que las empujan a cambio de comisiones tan suculentas como ilegítimas y, a menudo, ilegales.

Para acabar, otra característica, tal vez la peor consecuencia del mundo google, es la abrumadora falta de implicación en casi cualquier ámbito social y laboral. Vivir es implicarse. Vidas no implicadas son propias de cadáveres que respiran. No es necesario que mencione muchos casos porque llaman por doquier, pero por poner alguno sacado de mis últimas semanas: un especialista “de pago” me practica una curación en su consulta. Pocas horas más tarde, doblado de dolor por las calles, debo acudir al servicio de urgencias de un hospital público para restablecer la chapuza que el especialista ha cometido en mi cuerpo. Reclamo al especialista y me indica que mande un escrito al servicio de Atención al Público de la costosa clínica privada donde presta sus servicios mercenarios, dos tardes por semana. Compro un pasaje de avión que decido anular poco antes del vuelo por la caótica situación de los aeropuertos, sin que nadie se haga responsable de mi obligada pérdida. Me encuentro con un retrovisor de mi coche roto, estando aparcado y asegurado a todo riesgo. Debo hacer decenas de llamadas y varias horas perdidas para saber cómo proceder de cara a la reparación. «Si quiere hablar con reparaciones, pulse uno. Si quiere hablar con administración, pulse dos. Si quiere hablar con… pulse nueve». Todos sabéis el tipo de desesperantes situaciones de las qué estoy hablando. Funcionarios a los que importa un pimiento que haya largas colas de gente esperando a ser atendida: cuando es su hora de desayunar se alejan de la ventanilla y, delante de la cola medio desesperada y sudorosa, abren su bocadillo y lo ingieren lenta y desvergonzadamente comentando con los otros «empleados públicos» cuándo será el próximo puente laboral. Universidades que ofrecen estudios a distancia que no merecen ni el nombre de «carrera universitaria», cuyos profesores mandan apuntes a los pobres estudiantes, meros fragmentos absurdos, mal escogidos y descontextualizados de libros que, a menudo, ya han sido incluso descatalogados. ¿Cómo se puede pretender que alguien aprenda así algo sobre algo, alguien que, con el futuro título en la mano, representará que es un especialista y que puede ejercer profesionalmente? No hay manera seria. Cerca de mí hay personas que están cursando una carrera en la UOC —lo mejorcito, dicen, de las universidades españolas a distancia—, me ofusca ver los textos incompresibles por imbéciles y absurdos que les mandan estudiar. Y así como algunos de estos estudiantes reconocen que aprueban, y hasta con nota alta, pero que honestamente no saben nada, que cuando tengan el título en la mano les tocará aprender realmente, que deberán implicarse a fondo dónde y cómo puedan. Otros estudiantes —la mayoría— prevén que una vez aprobada la nefanda «carrera a distancia», fábrica de verdadera ignorancia, buscarán trabajo de «su especialidad». A eso me refiero con la trágica falta de implicación del mundo google.

Dios quiera que este deambular del mundo google dure poco, aunque me temo que yo no veré como acaba este periodo «final de Era» al que estamos asistiendo.

Dr. Josep Mª Fericgla
Can Benet Vives, 11 de julio, 2022

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