¿Cómo distinguir a un buen psicoterapeuta?

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¿CÓMO DISTINGUIR A UN BUEN PSICOTERAPEUTA?

Dr. Josep Mª Fericgla
Societat d’Etnopsicologia Aplicada — Fundació J.Mª Fericgla
Campus Can Benet Vives

«Si yo tuviera un gurú me entregaría a él en cuerpo y alma, y aceptaría su guía en todos mis actos, pero no hay gurús perfectos a los que recurrir en estos tiempos imperfectos que nos toca vivir. Es mejor dar tumbos en la oscuridad e incurrir en millones de errores a fin de saber la Verdad, que confiar en alguien que no sabe que no sabe. ¿Es que ha habido alguna vez un hombre que quisiera aprender a nadar atándose una piedra al cuello? Déjame que siga mi camino, aunque sea equivocado.»

                 M. Gandhi, en Mira y el Mahatma, Sudhir Kakar, 2006, pág. 130 

                         

I.

A lo largo de los últimos años, he atendido en mi consulta un número creciente de personas que habían gastado su dinero y tiempo en acudir a psicoterapeutas de diverso color sin cosechar resultados positivos mínimamente convincentes.

En más de una ocasión, tales pacientes me han pedido que escribiera un artículo para orientar a las personas que lo necesiten: «¿Cómo distinguir a un buen psicoterapeuta?». Dada mi natural tendencia a expresarme según mi sentir, y al comentario irónico que, en cierta ocasión, me hizo un buen amigo psiquiatra —«con amigos como tú, no hacen falta enemigos»—, durante tiempo he descartado escribir abiertamente sobre ello. No soy el tipo de persona políticamente correcta, ni intento serlo si con ello debo renunciar a mi integridad, y no quiero cultivar más roces. No obstante, a la solicitud de mis pacientes, esta vez se han sumado dos circunstancias que me han empujado definitivamente a escribir sobre cómo reconocer un buen psicoterapeuta. Resumidamente, las otras dos circunstancias son: a) una persona muy próxima a mí, está acabando la carrera de psicología a través de una popular universidad a distancia, como miles de otros estudiantes. A menudo, me consulta temas o lee fragmentos de los apuntes que le mandan y que pasan por ser el contenido de la carrera. Puedo asegurar que, con contadas excepciones, tales textos, además de lamentables, son una estafa. La mayor parte de los «apuntes» consisten en fragmentos de otros autores mediocres, copiados y descontextualizados  —es sabido que la mediocridad se retroalimenta y defiende en lugar de esforzarse por mejorar. Son escritos que, a menudo, resultan literalmente incomprensibles. En un mundo razonable, sería inimaginable que algunos de estos alumnos, a la fin ignorantes y confusos, puedan actuar oficialmente como «psicoterapeutas» a la siguiente temporada. Si bien es cierto que algunas instituciones privadas exigen centenares o hasta miles de horas de prácticas para otorgar su título de especialista, son poquísimos los psicoterapeutas que han seguido tal estricta y saludable formación o que se han preguntado honestamente en alguna ocasión: «¿Por qué y para qué escogí ser psicoterapeuta? ¿Estaba perdido en la vida y con esto esperaba encontrarme? ¿Me da esto derecho a guiar a otros hacia la plenitud?». La misma idea de estudiar psicoterapia a distancia, solo a través de textos escritos  —incluso aunque fueran buenos textos— ya es una extravagante incoherencia. b) El segundo motivo que me ha empujado a escribir esta reflexión sobre el momento actual de la oferta psicoterapéutica se refiere al insubstancial «renacimiento psicodélico», nuevo producto neocapitalista de moda carente de profundidad y de seriedad, desprovisto de un contexto elaborado e ignorante de los numerosos estudios precedentes. No hay bases para este «renacimiento» que apunte más allá del psicomaquillaje y del interés económico. Los resultados reales de los estudios que pretenden avalar este renacimiento descontextualizado —por lo menos hasta el momento—  son de dudosa fiabilidad y de escasa eficacia terapéutica porque se desecha la determinante importancia del marco ritual que, no casualmente, ha envuelto tales experiencias transformadoras desde los inicios de la humanidad. El consumo de psicodislépticos y el entorno ritual constituyen una unidad con diversos estratos. Desde mi juventud he luchado para que se despenalizara el consumo de psicodislépticos, no para que se legalizara. «Despenalizar» implica liberar de trabas, «legalizar» significa aplicar una normativa restrictiva, esta vez al servicio del neocapitalismo y de las todo poderosas y muy cuestionables corporaciones farmacéuticas.

Previo a escribir este texto, busqué en el mundo google —internet— alguna respuesta a la pregunta inicial: «¿Cómo distinguir o cómo escoger un buen psicoterapeuta?». Tenía la vaga esperanza de encontrar algunos consejos razonables que me ahorraran escribir sobre ello. Pero no, la búsqueda añadió más leña al fuego. Las respuestas halladas, están tan lejos de la vida como del mero sentido común, o de un mero a secas. Luego introduje la pregunta en un programa de inteligencia artificial que, simplemente, respondió con las mismas palabras que aparecen en las Redes.

II.

Dicho lo anterior, enfrentemos la cuestión central: ¿qué significa un «buen psicoterapeuta»? La respuesta ha de empezar por buscarse en paisajes anteriores. ¿Para qué necesita una persona un psicoterapeuta, sea bueno o malo? ¿Acaso está viviendo un momento difícil, tiene problemas con su pareja y no ve vías de solución? ¿Está atravesando un duelo por la pérdida de alguien amado y no sabe como soportar el dolor del vacío? ¿No consigue tener relaciones sexuales gozosas? ¿Siente que se arrastra por una angustiante vida sin sentido que lo sume en un estado depresivo? ¿Sufre algún tipo de adicción o de comportamiento compulsivo? ¿Padece insomnio, angustia o tensión crónica, trastorno límite de personalidad, tartamudea, dudas sobre su orientación sexual, carece de reacción emocional a los estímulos que le llegan, es incapaz de levantar la mirada del suelo cuando está con otras personas, siente que le «falta algo» que no sabe definir pero que le sume en un desasosiego crónico, sufre de obsesiones, es agresivo con los demás sin pretenderlo?

Cada vez es más frecuente que el occidental medio acuda a la consulta de un psicólogo o psiquiatra sin saber exactamente qué puede y debe esperar del profesional de la mente. Simplemente, está de moda ir al psicólogo o a algún sucedáneo, y cuando una persona siente algún desajuste interior corre a la consulta del terapeuta. De ahí la primera pregunta que uno debe plantearse: «¿En qué circunstancias debería buscar un psicoterapeuta?». Luego pueden seguir las demás cuestiones: «¿Cómo escogerlo? ¿Qué diferencia hay entre un psiquiatra, un psicólogo, un psicoterapeuta, un chamán, un confesor, un líder espiritual o un coach? ¿Es mejor que busque un hombre o una mujer? De entre los numerosos tipos, escuelas y tendencias que existen en el mercado de la salud mental ¿cuál es la mejor para mí?». Vuelvo al inicio de este párrafo: ¿para qué necesita una persona acudir a la consulta de un psicoterapeuta?

Está al día buscar el psicoterapeuta especialista en el tipo de trastorno que uno cree sufrir y de la escuela más publicitada por la moda del momento. El panorama actual permite escoger entre un psicólogo transpersonal, uno integrativo, un especialista en psicología humanista, un psicoanalista lacaniano, otro que se anuncia como transferencial, un especialista en psicología analítica junguiana, otro (muy pocos) en terapia reichiana, más allá una chica que antes era peluquera y ahora dice ser gestáltica, un psiquiatra convencional y un largo etcétera al que recientemente se acaba de añadir el uso de psicodislépticos aplicados a la psicoterapia. Ante este panorama, es natural que una persona se pierda como ante la carta de un restaurante chino con docenas de platos con nombres orientales, y más si la persona ya está previamente confusa y para eso busca un psicoterapeuta.

A menudo, es menos relevante la escuela o tendencia en la que se ha formado el profesional, al hecho de que sea honesto. La infantil fijación en los títulos forma parte de encajonamiento y confusión del mundo actual. Por un lado, en efecto, es absolutamente necesario que se obligue a tener un determinado nivel de formación académica certificada para poder ejercer como terapeuta. Por otro lado, salta a la vista que un título universitario no garantiza ni el rigor de la formación académica, ni la calidad humana y la necesaria empatía, capacidad de comprensión, madurez y nivel de funcionalidad real de una persona. No nos dejemos torear, los títulos indican algo, pero el mundo está lleno de palurdos con título universitario.

Un buen psicoterapeuta, ante todo, ha de conocer a fondo las diversas teorías psicológicas. Esta es la imprescindible dimensión formal. Pero, además, ha de ser una persona madura, culta, consciente, compasiva y empática. Una persona que, más allá de sus conocimientos, acumule una larga experiencia vital que le permita ser firme, perspicaz, valiente y clara a la hora de ejercer, sea que trate a adultos o a niños. Por ejemplo, no suele —ni puede— ser un buen psicoterapeuta de adultos una persona joven que haya pasado la mitad o más de su vida encorvada sobre libros de texto. Es decir, un recién titulado que no ha tenido tiempo para vivir y digerir experiencias profundas que hayan desarrollado su ser.

Así pues, ¿quién es un buen psicoterapeuta? Podríamos simplemente decir que es el profesional que ayuda realmente a sus pacientes a resolver los trastornos que los han llevado a buscar sus servicios, que los guía para que encuentren sus propias respuestas a las preguntas que los ha empujado a visitar la consulta del terapeuta. No obstante, más allá de eso no existe una respuesta única. Se puede argumentar que un terapeuta puede ser bueno, es decir útil, para una persona y no lo es para otra. Y es cierto, pero solo en parte. A menudo, todo lo que necesita una persona en el océano de soledad en que se hemos convertido nuestra sociedad, es que alguien la escuche con atención y afecto y esto es útil pero no es psicoterapia. No obstante, ello nos conduce a otro factor que sí es el núcleo de todo el asunto: la psicoterapia no es un objeto, como el marco de una ventana o un plato de cerámica que pueda valorarse per se, sino que se trata de una Relación entre dos o más personas, y es esta relación viva, dinámica, compleja, cambiante e imprevisible lo que determina el resultado. Podríamos decir que una psicoterapia es la relación que surge al situarse una persona frente a otra. Una de ellas, con cierto sufrimiento psicológico y la otra con ciertas herramientas que pueden ayudar a la primera a liberarse de su sufrimiento. Las dos personas se ponen de acuerdo para recorrer juntas un pedacito del camino que es la vida de ambas en esta forma de simbiosis, poniendo, una de ellas, sus herramientas y conocimientos al servicio de la otra sin que ello presuponga una superioridad ni inferioridad como seres humanos que buscan la paz y la integridad en su mundo interno.

Hace años, me recomendaron un cierto psicólogo con consulta en Barcelona que decía deslizarse hacia la psique y armonizarla por medio de masajes corporales. Buscaba alivio a una cierta tensión que sufría por aquel entonces y que no conseguía disolver. Llamé a la puerta a la hora convenida y abrió un señor unos diez años más joven que yo, con el pelo liso cortado en forma de cuidada melenita estilo francés años 60, camisa blanca bien planchada, de cuerpo flaco y un poco encorvado como suele representar el imaginario popular a los usureros. Sin mirarme, me cogió la mano derecha a modo de saludo, y me dijo: «Pasa muchacho, pasa» en tono paternalista envuelto en una pretendida simpatía. A la vez, puso su mano izquierda sobre mi hombro haciendo gala de una confianza fuera de lugar. Simplemente no me vio, algo que por experiencia sé que es lo habitual en la mayoría de psicoterapeutas: no «ven» al paciente. Lo miran, en el mejor de los casos, pero no lo ven. A partir de aquel recibimiento carente de empatía, pensé que no había posibilidad de que surgiera una relación terapéutica útil, pero fui a dos sesiones más. Finalmente, dejé de acudir viendo el nulo resultado y a pesar de su insistencia para que continuara con sus sesiones.  

Las respuestas que he encontrado en los manuales al uso a la pregunta de la que surge este texto, suelen comenzar por frases tipo: «Un buen psicoterapeuta debe tener un título profesional (por ejemplo, un título de máster en Psicología o una licenciatura en Psicología Clínica) y una certificación para realizar terapia» o bien: «Asegúrate de que el terapeuta tenga una licencia válida. Esto garantiza que el terapeuta está calificado para ejercer. Investiga sus especialidades» (puede buscar el propio lector o lectora en Internet). De nuevo, ¿un título académico garantiza una praxis terapéutica eficaz? Respuesta, no. No la garantiza. Indica que la persona algo habrá estudiado de psicología para aprobar los exámenes, pero el título solo es un indicio, no asegura nada en cuanto a la calidad y eficacia de la praxis.

Otras respuestas halladas: «El psicoterapeuta también debe tener un buen conocimiento de los tratamientos más modernos y efectivos». El estar en constante formación continuada tampoco es garantía de efectividad, tal vez incluso lo contrario. Creo que no es necesario seguir con más ejemplos.

III.

Cambiemos la orientación de la pregunta, planteándola ahora así: ¿Qué hace? ¿Cómo trabaja? ¿Cómo se relaciona con sus pacientes un buen psicoterapeuta?

Un buen profesional ha de tener la capacidad para ponerse en el lugar de sus pacientes sin dejarse arrastrar por ellos, lo que implica, de nuevo, tener empatía, presencia personal y tener el temple necesario para poner los límites adecuados en todo momento sin autoritarismo. Los pacientes han de sentirse comprendidos y confortables, seguros de que el profesional los acompañará hacia un sano orden interno y que tiene un objetivo claro para el tratamiento.

El factor clave que distingue un buen psicoterapeuta es que ha de ser capaz de percibir o de intuir, de «ver» cómo será el paciente una vez desplegadas sus capacidades. Es decir, una vez su temperamento innato se haya armonizado con su carácter en el contexto en que vive. Ha de percibir al paciente desde el punto de vista del propósito de su existencia, de lo que puede llegar a ser al desarrollarse, no solo analizarlo como consecuencia pasiva de un pasado del que remolca algunas heridas. Comprender cómo será el paciente una vez desplegadas sus capacidades —que ha de ser el fin último de todo tratamiento—, permite al terapeuta orientar la terapia en esa dirección con precisión. A partir de ello, un buen profesional escoge las herramientas o técnicas más adecuadas para aplicar en cada caso: análisis de sueños, terapia catártica, actings reichianos, talleres grupales, uso de psicodislépticos, meditación, masajes, silencio o lo que necesite el paciente en cada etapa del proceso, incluso a riesgo de perderlo como «cliente».

Trabajar con esta orientación a la que denomino Psicoterapia Existencial del Propósito, requiere, naturalmente, que el terapeuta disfrute de una amplia y reflexionada experiencia de la vida, que haya desarrollado una visión profunda del ser humano, incluyendo comprender fenómenos psicológicos y culturales tales como, por ejemplo, que una desviación de las conductas estandarizadas no siempre es algo patológico, hasta puede ser indicio de salud y fuerza mental. También debe incluir en su cosmovisión la dimensión espiritual, dimensión que forma parte esencial del ser humano y que, de no darle un espacio consciente en la vida de la persona como sucede en la actualidad, es fuente de numerosos trastornos.

Un buen psicoterapeuta sabe que las tan habituales adicciones son resultado del encuentro entre tres factores: una persona con carácter adictivo, una sociedad que favorece el carácter frágil y el objeto de la compulsión que puede ser el sexo, la cocaína, los opiáceos, el trabajo, los juegos, la política, las redes sociales, simplemente el consumo sin control y un enorme número de posibles objetos de adicción, pero no por ello el terapeuta demoniza el sexo, el trabajo o el fútbol, de la misma manera que no debería estigmatizar los estimulantes o los relajantes, como las hojas de coca o el opio. No. Esto es cargar las culpas sobre un eslabón al que no le corresponde pero que, en este caso, es el más rentable para la actual y trágica mercantilización del mundo y para los Estados, quienes imprimen un sentido u otro a la vida y a la muerte, según sus intereses.

Desde este punto de vista, y para seguir con el mismo ejemplo, objetivamente hay que considerar toda adicción como una forma específica de comportamiento compulsivo, sin más. Un comportamiento compulsivo es el que realiza una persona, le resulta dañino y lo sabe, pero es incapaz de evitar. La pregunta madura, por tanto, no es: ¿Cómo reconducir esta conducta a base del palo y la zanahoria? —la limitada visión conductista—, sino que la pregunta madura es del tipo: ¿Qué le sucede a esta persona que no puede evitar la compulsión, a pesar del daño que le causa y ella saberlo?

Desde finales del siglo XIX se sabe que las compulsiones son conductas-camuflaje neuróticas, que sirven al sujeto para ocultar y defenderse de un dolor psicológico más insoportable que la propia compulsión. De ello, pues, se infiere que la dirección terapéutica correcta ha de ser buscar la causa del dolor insoportable que origina la adicción y tratar de resolverla. Basándome en mi experiencia, tengo el pleno convencimiento de que la mayoría de las adicciones encubren la angustiante falta de un sentido real y profundo para la vida del sujeto. A veces, la adicción es una defensa de los tormentos causados por un trauma específico —la repetida violación del padre cuando ella era púber, o la presencia constante de una madre invasiva y humillante durante la infancia—, pero la mayor parte de veces, lo que se tapa con la compulsión es el sufrimiento de llevar una vida tensa y sin sentido en una sociedad que no ofrece paradigmas ni experiencias válidas  —como sí lo eran los ritos de paso— para guiar la existencia humana.

Un buen psicoterapeuta ha de ser capaz de ver al paciente en sí mismo, como persona digna, individual y única, a la vez que como miembro de una sociedad que le impregna con unos valores determinados, sean constructivos o humanamente involutivos como el caso del actual mundo google.

La mayor parte de terapias que ofrecen los psiquiatras, psicólogos y psicólogas de hoy, y ya sea que prescriban psicofármacos o que actúen a través de la palabra, son terapias basadas en los trastornos del ego, sin más. No se tiene en cuenta que el ego es un constructo mental artificial, que no es más que una sensación de identidad que perdura en el tiempo y que, fuera de ello, no existe. Así que, cuanto más se centra la atención en el ego, más cuerpo va tomando tal artificialidad y más se va ignorando la dimensión real o esencial de nuestra psique. En consecuencia, el primer paso que da un buen psicoterapeuta es discriminar lo que es real de lo que es imaginario o periférico en el trastorno del paciente. Hay que separar lo esencial e innato —el temperamento—  de lo adquirido  —el carácter y la personalidad— y discernir el origen del sufrimiento y, para ello, un buen psicoterapeuta no necesita estar años psicoanalizando al paciente. Con uno o dos encuentros bien dirigidos suele ser suficiente.

Lo que necesitamos hoy no son personas que cumplan con las obligaciones impuestas por el mundo google, que mantengan sin inmutarse la nada saludable tensión o estrés que genera la vida actual, que sean buenos técnicos y economistas, no, aunque este sea el objetivo de la mayor parte de psicoterapias. Necesitamos personas realizadas, completas, que se amen a sí mismas sin que ello implique una mirada narcisista como la actual, personas de carácter firme que confíen en sí mismas  —confiar y amar son, para mí, actitudes sinónimas—. Estas personas, de forma natural, son seres humanos sanos y compasivos, son personas que reforman y hacen avanzar la sociedad hacia sistemas más armoniosos y humanos. Un buen psicoterapeuta es alguien que encarna estos valores o, como mínimo, trata de caminar hacia ellos ya que son causa y efecto a la vez de un estado de salud mental.

Un buen psicoterapeuta se implica con sus pacientes, con su sufrimiento y su proceso terapéutico. Como profesional, se preocupa por ellos, busca soluciones creativas para cada caso individual y para cada fase del proceso, se informa del contexto en que vive y, si fuera necesario, va más allá del limitado ámbito de la consulta, sin salir de la relación profesional. Si, por ejemplo, un paciente tiene síntomas relacionados con un consumo excesivo de azúcar y el psicoterapeuta se percata de ello, sin pretender asumir el rol de médico dietista, es correcto que explique al paciente las consecuencias de tal dieta con exceso de carbohidratos, que le anime a informarse sobre ello y a realizar cambios en su forma de alimentarse que mejorarán su funcionamiento psicoemocional. Si el psicoterapeuta observa que el paciente vive en un hogar extremadamente desordenado —sabemos que el mundo interior y el exterior se reflejan, si bien el entorno es más reflejo del mundo interno que al revés—, está en su campo de actuación animar al paciente a ordenar y limpiar su hogar, incluso a hacer un programa concreto de acción, invitarlo a buscar ayuda y demás.

Para todo ello, y como he mencionado en líneas anteriores, es imprescindible que el terapeuta cultive la empatía hacia sus pacientes. Sin empatía por parte del terapeuta no hay sanación posible. De la misma manera que sin empatía, no hay profesor que transmita conocimientos a sus alumnos  —máximo les dará información en forma de datos fríos y descontextualizados—, ni político que ejerza una mínima justicia social.

La empatía es la primera y principal aptitud necesaria para todo buen psicoterapeuta. ¿Qué significa «empatía», en este contexto? Significa la participación objetiva, interna y profunda de una persona en los sentimientos, conductas, ideas y demás factores del mundo interno de otra persona. Significa la comprensión íntima de la situación vital e intelectual del otro. S. Freud definió la empatía como la vía que permite la comprensión de la vida psíquica de otro, dando un contenido intelectual a esta forma de conexión. En sentido casi contrario, D.W. Winnicott describió la empatía como una característica inherente a los cuidados maternales, más que como la comprensión intelectual de lo que otro pueda verbalizar. Dos concepciones en apariencia opuestas sin serlo. Para que una persona participe profundamente del mundo interno de otra no es suficiente con entender lo que la otra expresa con palabras, conductas o gestos. Al leer una poesía, no es tan importante lo que dicen las palabras escritas como lo que se transmite entre las palabras, como la complicidad que genera lo no dicho por el poeta pero captado por el lector. En la empatía hay tanto de racional y de mental como de irracional y perceptivo.

IV.

Sigamos con otros aspectos que caracterizan un buen psicoterapeuta.

En las primeras sesiones, si no en la primera, el buen profesional explica al paciente con concisión en qué consiste el tipo de terapia que le ofrece y da respuestas claras a las preguntas que le formula el paciente, sin esconderse en ambigüedades ni en terminología técnica poco comprensible por parte del lego. Le explica el tipo de tareas que le propondrá realizar fuera de la consulta con el fin de que continúe el proceso terapéutico bajo su responsabilidad personal. Este hecho implica que el terapeuta necesita disponer de un amplio abanico de recursos que podemos denominar «heterodoxos», que abarcan desde películas y lecturas para recomendar al paciente de acuerdo a su capacidad de comprensión e intereses, hasta el uso de un sinfín de recursos si son útiles para la curación. En mi praxis, por ejemplo, puedo sugerir a una persona excesivamente racional que vaya montar a caballo una temporada, para que el contacto con la fuerza irracional y el cuerpo sudoroso del animal le ayude a abrirse a la dimensión psíquica sensitiva y primaria; a otra que teme disgustar alimentando un patrón de «tratar siempre de gustar», puedo animarle a acudir durante unos meses a un gimnasio donde practiquen boxeo, a dar y recibir puñetazos entre individuos que van a lo mismo; a un hombre con su parte femenina y creativa bloqueada, puedo proponerle dedicar unas horas semanales a pintar con acuarelas, a que dé forma a lo que surja de su inspiración, o a una mujer con una pulsión negativa hacia la feminidad que acude a la consulta con atuendos masculinos, le prescribo que venga vestida lo más femenina que pueda, con faldas y ojos maquillados, para que se sienta femenina aunque, de momento, tal vez lo conciba como un «traje que el terapeuta me ha pedido que me ponga».

Un buen terapeuta propone objetivos concretos a sus pacientes, les explica y les hace partícipes de los logros que espera ir alcanzando y del tiempo previsible aproximado para que tales objetivos sean realidad y vea mejorada su vida. En este sentido, para mi uso profesional he desarrollado dos métodos de verificación objetiva del avance de los pacientes. Dada la habitual imprecisión de los límites en el mundo subjetivo («me siento un poco mejor», «no sabría decir…») es necesario usar medidas de objetivación del proceso terapéutico, sabiendo que el salto de lo cualitativo a lo cuantitativo siempre es forzosamente rebuscado y, a veces, incluso de dudosa precisión. Además del método que he desarrollado y que no explicaré aquí —no es el contexto adecuado—  uso con frecuencia la Prueba de Valores, o test, Robert S. Hartman. Este recurso axiológico es, en mi opinión, el mejor procedimiento para cartografiar el alma de las personas, para objetivar las dimensiones que han desarrollado de forma saludable y las que tienen bloqueadas.

Un buen psicoterapeuta da libertad al paciente para que abandone la terapia si siente que no mejora o por el motivo que sea, sin tratar de generar sentimientos de culpa, de inferioridad ni de dependencia para mantener el paciente bajo sus redes. Justamente, esta es una de las características habituales de los malos psicoterapeutas. Incluso, un buen profesional, si observa que pasado un tiempo razonable el paciente no mejora por el motivo que sea  —hay una mala transferencia entre ambos, no sintoniza con el método, vive lejos y no puede asistir a las citas que serían necesarias, es un caso que escapa a las capacidades del profesional— el buen terapeuta, tras proponérselo, deriva el paciente a otro profesional que, a criterio del primero, pueda ayudarle. O, en el más extremo de los casos, finaliza la psicoterapia a la vista de la falta de resultados positivos.

De la misma manera que hay malos terapeutas, hay malos pacientes. Son aquellos que no se implican en su propia curación, que asisten a las sesiones para que «un especialista les confirme el diagnóstico de lo que ellos ya saben que tienen», hay pacientes narcisistas que acuden al psicoterapeuta para constituirse en el centro en un nuevo espacio, porque les obliga su entorno y por otras razones. Un buen psicoterapeuta ha de tener la valentía para, tras tratar con todos sus recursos de generar un buen acuerdo terapéutico sin lograrlo, ser capaz de explicar al paciente lo que está sucediendo y acabar con la pérdida de tiempo.

En términos generales, un buen psicoterapeuta tiene una presencia madura y agradable, muestra respeto y despierta confianza en los pacientes. Mira a los ojos cuando les habla o los escucha sin invadirlos y mantiene una buena relación con ellos. Estos aspectos deben entenderse siempre en términos profesionales. Sé de casos  —demasiado frecuentes— en que el terapeuta busca generar una relación informal con los pacientes, de «colegueo», como manera de encubrir la posible confrontación de ellos por su deficiente praxis profesional. En otros casos, hay terapeutas, hombres y mujeres, que acaban incluso manteniendo relaciones sexuales con sus pacientes «para sanar sus traumas» —¿los traumas de quién? cabría preguntar—. Este paso es absolutamente inadmisible e ilegal. Es de todos sabido que, en la privacidad de la consulta y con las confesiones a corazón abierto del paciente que muestra su vulnerabilidad al terapeuta, se suele generar una atmósfera de gran intimidad, complicidad y confianza, sustrato anímico necesario para la psicoterapia. Solo un terapeuta nefasto e irresponsable —si es que se le puede llamar así— lo aprovecha para satisfacer sus pulsiones instintivas, además de cobrar por ello.

Generalizando, esta conducta está relacionada con la algofobia —fobia al dolor— que domina en nuestras sociedades consumistas, autocomplacientes y anestesiadas. Un buen psicoterapeuta debe saber sostener y usar el dolor del paciente y el suyo con fines evolutivos, no debe rehuirlo ni paliarlo antes de haberle encontrado sentido.

El reciente libro de B.-C. Han La sociedad paliativa (2022) comienza con una taxativa frase del filósofo alemán E. Jünger, creador del neologismo «psiconauta». «¡Cuéntame qué es para ti el dolor y te diré quién eres!», enunciado que se puede aplicar a los pacientes, a los terapeutas y al conjunto de la sociedad. La relación que tenemos con el dolor revela el tipo de persona que somos y de sociedad en que vivimos. B.-C. Han afirma que los dolores son señales cifradas que esconden la clave para entender la respectiva sociedad, y que se nos escapa el carácter de «signo en clave» que tiene el dolor si dejamos que solo la medicina se ocupe de él. La algofobia, fobia al dolor, deriva en una anestesia permanente. La actual idiosincrasia paliativa que domina nuestras sociedades carece de valentía para enfrentarse al dolor, resultando que todo es una mera continuación de más de lo mismo porque todo cambio genera dolor y, a la vez, el verdadero dolor es un camino hacia la catarsis y el cambio. Si no se enfrenta el dolor, si no se le sostiene y se le otorga un sentido, no hay posibilidad para cambiar porque el dolor «es realidad». Percibimos la realidad sobretodo en la resistencia que duele. La permanente anestesia de la sociedad paliativa hace que el mundo se vuelva irreal (B.-C. HAN, 2022, págs. 51-52).

La misión de la psicología positiva, la que dicen practicar la mayor parte de dudosos terapeutas, consiste en proporcionar una (falsa) felicidad que está íntimamente ligada a la promesa de un oasis de bienestar permanente mantenido a base de medicamentos. Últimamente, el uso de enteógenos también ha sido capturado y catapultado por la codicia de la industria farmacéutica, siendo así que la crisis generada por el consumo compulsivo de opiáceos en los EEUU  —causa de unas 100.000 muertes al año— no solo es consecuencia de esta codicia criminal, sino que es un ejemplo de la ideología imperante que busca el bienestar permanente, ignorando el dolor. Unos medicamentos que se empleaban como medicinas paliativas para personas con dolor profundo y prolongado, se han convertido en objeto de adicción en personas sanas cada día más narcotizadas.

Olvidamos que el dolor purifica, que al final desemboca en una catarsis liberadora y sanadora. Los talleres basados en el efecto de expansión de la consciencia propulsada por la respiración holorénica, ritos que dirijo cada mes desde hace más de dos décadas, resultan profundamente curativos, en buena parte y justamente, porque los participantes aceptan y conducen el dolor que se abre paso a través de los bloqueos psicosomáticos hasta la explosión catártica, permitiendo a la persona revivir, re-experimentar el origen de su trastorno  —no solo tomar consciencia de ello por medio de la palabra—, reconectando al sujeto con su totalidad, con su «ser natural» en terminología de A. Janov, con su «esencia» en terminología sufí o con su «espíritu de los abismos» en la metafórica terminología junguiana. En cierta ocasión, tras un taller que resultó especialmente impactante para los participantes por las liberadoras explosiones catárticas que hubo, se me acercó uno de ellos, un carialegre hombre norteamericano típico representante de la sociedad de la complacencia y de la positividad, y me explicó que estaba atónito por lo experimentado, que nunca hubiera imaginado que se podía alcanzar la curación profunda a través del dolor, que acababa de descubrir el sentido literal de la frase que siempre había tomado por metafórica, el dolor purifica.

Un buen psicoterapeuta sabe que la actual «obligación de ser feliz» es un engaño del mundo google que cosifica al ser humano, que no debe usarse como objetivo de su trabajo curativo.

La «felicidad», entendida de acuerdo al concepto hoy habitual, es un estado emocional engañoso y vacío, de pretendida alegría que encubre la superficialidad, la escoria y el vacío de la vida de la gente. La verdadera felicidad ni se debe ni se puede buscar ya que es el estado de plenitud que nos regala el Creador de la Vida cuando ocupamos nuestro lugar en el mundo. Esto es lo que debemos tratar de lograr en los pacientes. A veces, ocupar el verdadero lugar que le corresponde a cada uno en el mundo causa alegría y otras veces tristeza o dolor, pero más allá de las emociones asociadas el sujeto se siente íntegro y el regalo es sentirse feliz, pleno, sin el temible desgarro de la duda permanente.

Por otro lado, el dolor, como he indicado parafraseando a B.-Ch. Han, es una señal en clave que permite entender el tipo de sociedad en que vive una persona. Nuestras sociedades, repito, sufren de algofobia, privándonos de la experiencia y de la expresión del dolor a base de consumir analgésicos, de mil técnicas paliativas y de considerar al dolor como algo meramente médico, lo que mantiene a la gente en un estado de anestesia permanente. El dolor es demasiado importante en la esfera psicológica, cultural y espiritual para dejarlo en manos de la medicina. Es esterilizarlo y esterilizarnos. Así pues, un buen psicoterapeuta ha de ser capaz de sostener el dolor del paciente y el suyo propio, llegado el caso, sin ignorarlo ni desviar la mirada.

V.

Para acabar, hablaré escuetamente de lo contrario, de lo que caracteriza un mal psicoterapeuta, se apoye en títulos universitarios o carezca de ellos. Un mal terapeuta es un ejemplo empírico del mundo al revés en que habitamos.

En primer lugar, no suele hablar del futuro, de lo que vendrá, no elabora pronósticos ni concreta objetivos a corto, medio ni largo plazo. Todo queda en brazos de Morfeo y de una misteriosa e imprevisible fluidez.

En una mala psicoterapia todas las sesiones son iguales o muy parecidas, no hay momentos de más tensión alternados con otros de calma, no hay experiencias de abreacción —descarga de la tensión psíquica generada por una experiencia traumática— seguidas de procesos reflexivos de elaboración e integración del material surgido de las profundidades de la psique.

Como he apuntado en líneas anteriores, con frecuencia, un mal terapeuta busca una proximidad emocional y un cierto amiguismo con los pacientes cuyo fin es eludir la responsabilidad profesional en caso de no ser eficaz en tu trabajo o para encubrir su ignorancia, amiguismo que misteriosamente se evapora cuando el paciente deja de acudir a la consulta y de abonar las sesiones.

Los malos psicoterapeutas tienden a intensificar las respuestas emocionales de los pacientes, como si ello, en sí mismo, fuera siempre sanador. No es extraño escuchar frases tipo: «salgo removido de las sesiones» o «¡en tal taller se dan unas removidas tremendas…!». Mala señal. El sentido de estas expresiones se refiere a la exaltación emocional que se produce en la terapia o en el taller, como si fuera algo sublime en sí mismo. No lo es. «¿Qué sacas de estar removido? ¿Has resuelto algún bloqueo o has iluminado con la consciencia algo que ignorabas de ti?». Más bien al contrario, una intensificación emocional arbitraria suele ser el paso previo a un adoctrinamiento, es la forma de actuar de los políticos populistas, de los magnates de las Redes, de las películas baratas y de los malos terapeutas que usan la fácil estimulación emocional para conseguir que el paciente «sienta alguna cosa», en substitución de los cambios más profundos y estables que deberían surgir como resultado de la terapia.

Un mal psicoterapeuta iUn mal psicoterapeuta insiste con numerosos argumentos para mantener atrapado al paciente —al que suelen denominar con el significativo «cliente»—  en la terapia, aunque sea obvio que no hay ninguna mejora. Tal vez, incluso le trata de convencer para que se apunte a sesiones complementarias en las que se toman psicodislépticos —hoy en primera línea de moda— o en las que se realizan otras prácticas, aunque el paciente no lo sienta adecuado para sí o su interior le diga que no es momento para encajar tales saltos.

Muy a menudo, un mal psicoterapeuta se caracteriza también por no tener su atención en el presente, en el ahora, esto y aquí que es el paciente que está frente a él y al proceso que está dirigiendo, sino que su mente está inundada con otros paisajes personales ajenos. Tal vez habla al paciente de teorías psicológicas que no vienen al caso ni aportan nada a su terapia, siendo un mero autobombo de las capacidades —de las que probablemente carece— del terapeuta, o explica sus pretendidos éxitos en el tratamiento de otros pacientes. No está presente. Sé de un caso extremo en que un psicoterapeuta titulado y autoconvertido en instructor, estaba dirigiendo una sesión acompañado por un aprendiz. En determinado momento, puso en manos del alumno primerizo la responsabilidad de seguir con la sesión de psicoterapia mientras el terapeuta se fue al bar de la esquina a comer un bocadillo. Sin comentarios.

Un trazo habitual de los malos terapeutas —y también de muchos que no son tan malos—  es la actitud paternalista. Se sienten superiores al paciente. Aunque sea con sumo disimulo, lo miran por encima del hombro ladeando la cabeza, como quien mira un niño. Paternalismo viene de pater, padre, pero tanto puede sufrir de ello un hombre como una mujer. Paternalista es la persona que necesita sentirse superior a los demás para compensar su pobre autoestima. En su trato con los demás, habitualmente envuelto en buenos y azucarados modales, suele usar un tono infantilizante, de sutil superioridad que, en caso extremo, llega a ser vejatorio e insultante. Repite y explica las cosas más básicas como si hablara con un niño al que se le debe explicar todo. Para que una persona actúe de forma paternalista, las otras han de aceptarlo. Es una partida entre dos individuos con poca estima y confianza hacia sí mismos. Por un lado, el o la paternalista  —entiéndase terapeuta, médico, maestro, coach, policía o el Estado—  trata con superioridad al otro, lo infantiliza, impidiéndole que tome decisiones por sí mismo, que se responsabilice de sus actos y que madure. Por el otro, el sujeto infantilizado  —paciente, alumno, gente que acepta las leyes del gobierno sin cuestionarlas—  se siente protegido por el «papá» o la «mamá» que le indican qué debe y qué no debe hacer. En mi último libro dediqué un capítulo a describir esta forma de relación tan patológica como habitual (Inspiraciones sin tiempo, 2022, pág. 101 y ss.).

Un factor innegociable en las psicoterapias es la absoluta confidencialidad de lo que se habla o sucede en las sesiones. Si un terapeuta, con tono paternalista o en forma de amiguismo, comenta con algún paciente detalles de otros pacientes, aunque no los nombre, es una mala señal.

Finalmente, no es tan solo que un mal psicoterapeuta no ayude a sanar a sus pacientes, sino que constituye un peligro inherente. Un mal terapeuta no es baladí, puede causar estragos. En el menor de los casos, destruye la confianza inicial del paciente en la psicoterapia cerrando un posible camino de sanación que le habría sido útil de haber encontrado un buen psicoterapeuta. No es extraño oír a personas que han estado perdiendo su tiempo y dinero en la consulta de un mal profesional, cosas tipo: «la psicología es una payasada», «eso de la psicoterapia es para tontos, no sirve de nada», «Antes de abrir la boca ya sabía lo que iba a decir el psicólogo y yo le decía lo que quería escuchar, así me dejaba en paz». En casos extremos —de los que soy testigo—  el mal terapeuta puede pontificar soltando diagnósticos terribles sin pruebas y sin la menor sensibilidad  —«tu papá te violó de pequeña, por eso ahora tienes una relación conflictiva con él, lo odias y sufres dolor en los genitales cada vez que intentas hacer el amor»—. El paciente, a falta de otros términos de referencia, cree tal afirmación, pudiendo convertirse en una verdadera tormenta psicológica para el paciente y, a menudo, para su entorno. La chica, reúne toda su fuerza de ánimo y un buen día habla abiertamente con su padre. Le acusa de haberla forzado en su pubertad, de que ello es la causa de su inestabilidad psicológica y le pide explicaciones. El atónito padre lo niega. A la madre, presente en esta violenta confesión familiar, le causa un ataque de histeria o de depresión el pensar que su esposo pudo haber violado a la hija de ambos, y que esto explicaría las continuas desavenencias en el matrimonio. En fin, no es ninguna broma insubstancial el efecto que puede tener sobre una persona la relación con un mal psicoterapeuta.

Última cuestión ¿cómo escoger un buen psicoterapeuta? No hay una respuesta unívoca. Una manera más o menos segura, la de siempre, es preguntando entre los conocidos de confianza si alguien tiene buenas referencias de algún profesional. Si no hay información por este lado, se puede averiguar los años de experiencia del psicoterapeuta al alcance de la persona, averiguar sus honorarios para evitar sorpresas incómodas, y el tipo de psicoterapia que ejerce. No es incorrecto que un paciente decida ir a una sesión en calidad de primer y tentativo contacto con el terapeuta, sin compromiso inicial de continuidad. En mi caso es frecuente y lo agradezco. Por encima de todo, el paciente ha de sentirse cómodo, confiado, respetado, libre de escoger, realmente comprendido por el terapeuta que respira profesionalidad y honestidad y, pasado un tiempo razonable, ha de verificar objetivamente en su vida personal los resultados positivos del tratamiento.

VI.

A modo de epílogo, creo necesario contextualizar lo antecedente. Como he comentado, una información o unos datos solo adquieren verdadero sentido a partir del contexto que los ha generado y que les otorga profundidad y credibilidad. La afirmación de que «las cifras cantan» o de que «los datos hablan por sí mismos» es completamente falsa.

Desde hace 32 años que dedico parte de mi actividad profesional a trabajar como psicoterapeuta. Desde hace 27, concibo y dirijo talleres catárticos, a los que correctamente debería denominar «ritos iniciáticos». Puedo decir que, a la vista de los resultados obtenidos en mis pacientes y participantes en los talleres, son actividades fructíferas, de éxito. Pocas veces debo atender un paciente más de seis u ocho meses para ayudarlo a resolver el trastorno que lo aqueja. Una vez cerrado el periodo de tratamiento  —durante el que aplico un método de psicoterapia existencial, próxima a la psicología humanista transpersonal, recurriendo puntualmente al potencial de los estados expandidos de consciencia—, con frecuencia son los propios ex aquejados los que me piden seguir viéndonos con cierta regularidad para mantener la firmeza y el orden conseguidos en su vida interior e ir aumentando el conocimiento que tienen de sí mismos. Es lo que denomino Diálogos Liberadores —de ansiedad, de confusión, de miedos, dudas y demás. Ya no es psicoterapia. Tener dudas, miedo o confusión forma parte de la vida humana y lo que requiere, a menudo, es un espejo donde mirarse y que devuelva la imagen objetiva, enfocada y serena, y esto no es psicoterapia. Tales Diálogos Liberadores desempeñan la tan necesaria función que antaño cumplía el respetado y juicioso anciano del pequeño pueblo europeo, el chamán andino experimentado en los procesos del alma, la persona espiritual con una mirada amplia y con pericia ante la vida capaz de contextualizar los problemas personales de sus congéneres y ayudarlos a liberarse del malestar anímico. Incluso es la función que cumplía algún sacerdote católico, el marabut musulmán, el sheij sufí o el wea shuar amazónico. No pretendo alinearme con estas respetables figuras, existentes en casi todas las sociedades humanas tradicionales, sino que, mejor o peor, cumplo con esta función que se mutilaría de reducirla a psicoterapia y a la que actualmente no se sabe cómo clasificar, si bien, a veces, viene a denominarse con un ambiguo y confuso anglicismo de moda, coaching. En mi caso no soy coach.

En cuanto a mi formación, y para acabar de contextualizar lo que precede, debo confesar que abandoné la carrera de Psicología a medio cursar el quinto y último año (en mi época de estudiante, las carreras universitarias constaban de cinco años completos, seguidos del doctorado para los que quisieran alcanzar la máxima graduación académica). A pesar de estar a pocos meses de la meta, de acabar la carrera, no pude soportar más sentirme perdiendo la vida entre puñados de neuróticos  —con alguna excepción—, tanto alumnos como profesores de psicología, angustiados y pretenciosos de un inexistente cientifismo, con la mirada paternalista puesta en salvar la vida de los demás cuando lo que necesitaban a voces era que alguien les indicara el camino hacia su propia vida.

El tiempo me ha dado la razón y uno de mis ruegos actuales es que Dios me libre de psicólogos, psiquiatras, asistentes sociales, educadores, coaches y hasta de médicos y de otros colectivos al uso, mayormente atrapados en la fantasía de ordenar el sótano psicológico y la vida de los demás sin haber limpiado antes sus propios sótanos. Son colectivos que considero problemáticos cuya característica psicológica, generalizando, es la «imperiosa necesidad de ser necesitados» para encubrir sus propias carencias reales primarias, como pueda ser no haber recibido suficiente amor de una madre que nutriera afectivamente su infancia o haber carecido del sereno y valiente reconocimiento de un padre que supiera poner justos y saludables límites al púber y al adolescente.

Tras dejar drásticamente de pasearme por aquellos pasillos universitarios, empecé a navegar por la psicología real, por la psicología con alma. Libremente, descubrí la grandiosa y profundísima obra de S. Freud y sobre todo de C.G. Jung —a quien ni se menciona en el programa universitario actual español—. Estudié lo poco que ha quedado de la inspirada obra de W. Reich tras haber sido quemados todos sus libros en dos ocasiones, primero por los nazis por ser judío y más tarde por los norteamericanos, país al que huyó, por defender el comunismo. W. Reich fue un importante e inclasificable investigador al que se ignora por completo en el mundo académico y cuya mutilada obra es urgente recuperar. Tras dejar la carrera de psicología, estudié con avidez a psicoanalistas post junguianos, como R. Johnson y J. Hillman, aprendí psiconeurología y un largo etcétera que incluyó desde psicólogos humanistas como A. Maslow, E. Fromm, A. Janov o V. Frankl hasta inspirados textos de psicología sufí de la mano de sabios como los hermanos Idries y Omar Alí Shah, entre otros numerosos científicos y pensadores. A la vez, me puse sucesivamente en manos de varios psicoterapeutas.

Abandoné la estéril carrera de Psicología, pero no la universidad. El mismo año empecé a estudiar la carrera de Antropología cultural, recién incorporada al plan español de estudios universitarios tras la prohibición a la que el franquismo la había sometido por tratarse de un pensamiento abierto. Me fascinó desde el primer día por su amplitud de miras y porque se acerca al estudio del alma humana desde perspectivas más reales, empíricas y profundas que la psicología convencional  —de nuevo, con alguna excepción. Me sentí alimentándome de un pensamiento saludable y fresco. La Antropología cultural me permitió profundizar en los estados expandidos de la consciencia sin considerarlos una patología, analizarlos desde su papel y función primordial en la historia de la humanidad. Mi vida cambió de tono al llenarla con apasionantes investigaciones de etnología, ritualística, etnobotánica y uso de plantas embriagantes, de experiencias místicas y su importancia cultural, de tradiciones chamánicas de sanación, sistemas simbólicos y un largo etcétera que, además de los autores clásicos, me condujo a leer desde R. Rappaport, V. Turner, P. Furst y M. Eliade hasta P. Radin, E. Cassirer, R.G.Wasson, R. Evans-Schultes y P. Clastres por mencionar solo algunos de los mejores estudiosos, hoy casi olvidados en este «renacimiento psicodélico» que merece mi crítica y decepción. Este así llamado renacimiento, forma parte de la psicología positiva de consumo promovida por el neocapitalismo liberal cuyo objetivo no es más que mantener la humanidad anestesiada, no psicológicamente sana.

Para adelantarme a posibles dudas: esta vez sí, acabé la carrera universitaria, me doctoré en Antropología social y cultural, cursé un doctorado en psicofarmacología y fui conquistando la plaza de profesor en diversas universidades. No obstante, la vida académica  —por lo menos es España—, habitualmente regida por cuestionables amiguismos funcionariales y por una autocomplacencia alejada de la verdad científica, no es mi ideal y, pasados algunos años de profesor, la Universidad y yo nos abandonamos mutuamente. De nuevo, dejé la institución pero no la docencia que sigo ejerciendo a través de la Fundació J.Mª Fericgla y de participar en diversos planes de formación superior. Bien, ahora alguien puede cuestionarme: «¿Cómo se atreve este Fericgla a hablar de buenos y malos psicoterapeutas y de cómo diferenciarlos, si ni tan solo tiene el título de licenciado en psicología?» No, no lo tengo y no voy a responder aquí. El texto precedente es la respuesta.

Con el paso del tiempo he acabado por definirme como etnopsicólogo especializado en trabajar directamente con el inconsciente. Me sumerjo en el inconsciente de mis pacientes y de los grupos a través del análisis de sus sueños, por medio de dibujos proyectivos, usando el prolijo y profundo análisis axiológico creado por R.S. Hartman, analizando sus narraciones, guiando experiencias de expansión de la consciencia propulsadas por enteógenos adecuadamente usados, o bien aplicando la técnica de respiración holorénica. Es decir, me defino como especialista en el estudio y tratamiento de la psique humana entendiéndola en tanto que fenómeno único formado por numerosos estratos y que es objeto y sujeto a la vez del entorno sociocultural que lo configura y que es configurado por las psiques individuales que lo componen. ¿Mi trabajo? Ayudar a poner orden y sentido a la vida de otros.

Además de ello, me defino como investigador y creador de los necesarios ritos de paso actuales para el mundo Occidental.

Dr. Josep Mª Fericgla
Macas, Ecuador, 10 de Enero, 2023

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Próximas actividades de la Fundació J.Mª Fericgla

Taller para DESPERTAR a LA VIDA a TRAVÉS de la MUERTE.

Un verdadero rito de paso actual para expandir la consciencia y aumentar las ganas y la fuerza para vivir. Taller vivencial basado en la Respiración Holorénica, dirigido por Dr. Josep Mª Fericgla y Paula Ribeiro.

📌 Edición nº247 del 3 al 5 de Febrero en Can Benet Vives. Últimas plazas.

📌 Edición nº248 del 3 al 5 de Marzo en Can Benet Vives. Inscripciones abiertas.
https://josepmfericgla.org/actividades/talleres-vivenciales/despertar-a-la-vida/

Más información e inscripciones:
Fundació J.Mª Fericgla
(+34) 937691936

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