
Dr. Josep Mª Fericgla
Campus can Benet Vives
Fundació J.Mª Fericgla
I.
A pesar de que hoy, la inmanencia de la vida digital parece haberlo desvanecido, uno de los anhelos permanentes del ser humano es la búsqueda de la trascendencia o, mejor dicho, de la «experiencia trascendente» como ventana desde la que escudriñar alguna respuesta sólida a las grandes preguntas del ser humano: que hay más allá de la vida material, de dónde venimos al nacer y dónde vamos tras la última expiración, qué sentido tiene la angustia y el dolor.
La trascendencia ha estado tradicionalmente relacionada con los ritos iniciáticos que aportaban orden y sentido rector a la vida colectiva e individual. Así mismo, la experiencia trascendente ha estado relacionada con los Estados Expandidos de Consciencia (EEC) y con los métodos que cada cultura ha establecido para buscar tales experiencias posibles tras «abrir las puertas de la percepción» —en la bella expresión de W. Blake retomada por A. Huxley en su conocido libro—, dentro de un cierto orden útil para el sistema. La experiencia trascendente se ha buscado a través de técnicas místicas que «liberan el alma del cuerpo» por un tiempo —como dijo Rumi en el siglo XIII en referencia a las danzas extáticas de los derviches giróvagos y como afirman los chamanes amerindios y orientales (Bill Porter, 2024, Camino al cielo, encuentros con ermitaños chinos, ed. Tres Portales, Barcelona). La experiencia trascendente se ha buscado a través de largos ayunos ascéticos y yóguicos, de deprivación sensorial, de diversos métodos de hiperventilación que generan estados de hipoxia —tales como los zikr y los hadra sufíes, o de la respiración holorénica— y, especialmente, a través del uso ritual de «enteógenos»[[2]], entre otros numerosos recursos extatogénicos —se ha descrito el uso tradicional de cerca de 200 variedades vegetales psicoactivas enteógenas (Christian Rätsch, 1998, Enzyklopädie der psychoaktiven Pflanzen, AT Verlag, Suiza).
Podríamos referirnos a todo ello como técnicas y procedimientos descubiertos y usados por el ser humano en todas las épocas y regiones de la Tierra en su búsqueda de la experiencia trascendental alimentada por su natural anhelo de una existencia transmundana de plenitud.
Ante esta evidencia permanente, cabe preguntarse ¿para qué busca el ser humano la experiencia trascendente? ¿Todos los recursos extatogénicos se usan con un mismo o parecido fin? Podríamos responder, de forma muy escueta, diciendo que la búsqueda de la experiencia trascendente está relacionada con la capacidad humana de «rememorar», capacidad que encarnaba la diosa griega Mnemósine, diosa de la memoria trascendental, conocedora de los secretos de la belleza y del conocimiento y versada en lo que hay antes del nacimiento y después de la muerte, en la evocación del mundo esencial. A la vez, repito, todo ello está relacionado con la consciencia y con la muerte.
II.
La consciencia de la muerte es la mayor fuente de ansiedad en el ser humano, por ello es el motor más potente que nos impulsa a buscar sentido al camino que es la vida. A lo largo de toda la historia conocida se han desarrollado credos religiosos, prácticas chamánicas, teorías positivistas, expresiones artísticas y otros ámbitos culturales estudiados por la antropología que, expresándolo a través de innumerables sistemas simbólicos, afirman la existencia de un mundo paralelo, de un universo esencial de «energías no colapsadas», como diríamos hoy usando terminología de las ciencias cuánticas.
La experiencia enteógena y la inmersión en el mundo onírico de los arquetipos —en especial, gracias a la colosal aportación de C.G. Jung— nos abre la puerta a otras percepciones que permiten experimentar la realidad tal y como es: eterna. El ser humano tiene una posibilidad natural que le permite escapar del «túnel del yo», en la lúcida expresión de Thomas Metzinger (2018, El túnel del yo. Ciencia de la mente y mito del sujeto, Enclave editorial, Madrid) a través de los EEC y conocer aquello a lo que las tradiciones místicas denominan «la Unidad de todo lo existente» más allá de la división objeto-sujeto. No obstante, durante décadas la ciencia mecanicista ha negado tal existencia independiente, reduciendo la consciencia a un epifenómeno de la materia, a un producto derivado de la actividad cerebral a pesar de los milenios y de las sólidas tradiciones que afirman la existencia de una dimensión consciente o energética que preexiste al reducido margen temporal de la materia, aunque en relación a ella.
Dadas las innumerables evidencias existentes de una consciencia que puede perdurar en el tiempo o más allá de la vida orgánica y que menciono en líneas posteriores, desde el cambio de milenio se ha retomado la investigación científica sobre el efecto y aplicaciones de ciertos enteógenos vetados por absurdas legislaciones nacionales desde la segunda mitad del siglo pasado. Se está investigando especialmente el posible uso de psilocibina, ketamina y ayahuasca para preparar al sujeto ante el momento final de la vida corpórea, además de para otros fines más restringidos a la mera psicoterapia —como si ambas dimensiones existenciales no estuvieran relacionadas.
A tales investigaciones de vanguardia sobre la aplicación de los enteógenos —o «psicodélicos» como se denominan popularmente— caben añadir los interesantes estudios recientes sobre «lucidez terminal» (Alexander Batthyány, 2025, El Umbral, ed. errata naturae, Madrid), sobre los Estados Cercanos a la Muerte o ECM, (Bruce Greyson, 2021, Después de la muerte, ed. Vergara, Argentina) o sobre los xenobots diseñados por la IA (Peter Noble y Alex Pozhitkov, 2024, en web the conversation) [[3]] o la mencionada e interesante investigación del filósofo alemán Th. Metzinger sobre la naturaleza de la consciencia. Estas investigaciones científicas, por mencionar unos pocos ejemplos que me vienen a la memoria y sin despreciar otros, están poniendo sobre la mesa fenómenos empíricos que enlazan la muerte con los EEC y la función de las técnicas extatogénicas descubiertas, desarrolladas y usadas en las tradiciones chamánicas, espirituales y místicas en todo el mundo.
III.
Probablemente, el enteógeno más popularizado actualmente por su relación con los EEC es la ayahuasca, vocablo de origen quichua para referirse a un espécimen vegetal (Banisteriopsis caapi) y, a la vez, a la mixtura psicoactiva que resulta de cocinar este bejuco con otros cuya mezcla produce una sofisticada reacción farmacológica visionaria sorprendentemente parecida a la sucede durante los sueños nocturnos. En una traducción libre del quichua, «ayahuasca» viene a significar «la liana que muestra el mundo de los muertos», o «la liana que acompaña al lugar donde está lo que permanece tras la muerte», enlazando así ambas ideaciones: el efecto del enteógeno y la realidad post-mortem corporal. Para mencionar otro ejemplo, escojo el término «natemª» usado en referencia a la misma mixtura enteógena que en Occidente se conoce como ayahuasca. Natermª es un término del idioma shuar amazónico que podría traducirse por «lo que permite percibir la parte espiritual de los demás» en referencia a las facultades que despierta el consumo de tal mixtura cuyo origen se pierde en la oscuridad de los tiempos pasados.
Cabe afirmar que, en el mundo indígena, en las profundas civilizaciones orientales y en las tradiciones occidentales desde la época helénica hasta inicios del siglo XX, el efecto psicológico y espiritual de los enteógenos, así como del resto de técnicas extatogénicas como la hiperventilación, siempre se ha experimentado dentro de un marco ritual de carácter sagrado y comunitario. Solo es actualmente que se usan tales propulsores naturales o sintéticos con fines principalmente lúdicos, para huir del anómico y angustiante mundo de hoy, no como recurso para expandir la consciencia en la respetable búsqueda de la trascendencia como preparación para la muerte y de una vida espiritualmente más plena, entre otros fines.
Para acabar, cabría apuntar: a) el reconocimiento indiscutible por parte de numerosos científicos de que la consciencia, aunque inexplicable por la ciencia, no está unívocamente ligada al sistema nervioso; b) que, si bien es cierto que hay un sustrato material del que parece depender en gran medida, la consciencia puede existir sin que tal sustrato esté operativo, como demuestran los miles de casos registrados de ECM y de «lucidez terminal» que, probablemente, pueden tratarse de millones; c) también cabe afirmar que las experiencias con enteógenos usado en marcos ritualizados han estado ligadas al conocimiento corporeizado y existencial de la muerte, del más allá. Todo ello apunta a un modelo binario de la consciencia-materia para tratar de comprender el fenómeno, en la línea de la teoría propuesta, entre otros, por John C. Eccles (1994, How the Self Controls Its Brain, Springer, NY; 1992, La evolución del cerebro: creación de la consciencia, Labor, Madrid).
[1] Resumen de la conferencia a impartir por el autor en el curso internacional “La muerte y la consciencia. ¿Qué sucede con la consciencia cuando morimos?”, organizado por Fundación Metta, con inicio en octubre de 2025
[2] «Enteógeno», neologismo para referirse básicamente a las substancias psicoactivas que despiertan la experiencia de la divinidad o experiencia trascendente en sujetos adecuadamente preparados. Viene de la raíz «theos», dios, a la que se añade el prefijo «en» (dentro, en el interior), más el sufijo «gen» (que genera o despierta). Vino a acuñarse en la década de los años 1970 para substituir el erróneo término «alucinógenos». Es completamente incorrecto decir que los místicos y chamanes «toman alucinógenos» para despertar en sí experiencias extáticas o trascendentes. Tampoco es totalmente adecuado decir que toman «psicodélicos».
[3] Un creciente número de investigaciones han observado que, al menos para algunas células, la muerte no es el final, sino que posiblemente sea el comienzo de algo nuevo y totalmente inesperado. Se trata de la ola de estudios sobre una nueva clase de organismos multicelulares diseñados con IA, conocidos como xenobots, que está atrayendo la atención por su aparente autonomía vital. En septiembre de 2024, el Dr. P. Noble, microbiólogo de la Universidad de Alabama, Birmingham, junto con el Dr. A. Pozhitkov, investigador en bioinformática del centro oncológico City of Hope, detallaron esta investigación en el sitio web The Conversation. Los xenobots constituyen una especie de «tercer estado» de vida, en el que las células pueden reorganizarse tras la muerte de un organismo para formar algo nuevo.