VIVIR COMO DIGNATARIOS DE ALGO MAYOR

Dr. Josep Mª Fericgla

Soy y me sé un superviviente de otra época. Si los jóvenes actuales encuentran la vida más fácil o más complicada, más agradable o más desdichada que yo en mi juventud no está bien que lo diga porque realmente no lo sé. 
En cierto modo, es evidente que la vida actual, de la misma manera que el vestuario, la sexualidad, la música y la comida, se ha simplificado en extremo si lo comparo con lo que era normal en mi primera juventud. Se ha dado una descomunal transformación que, según se mire, puede parecer un alivio o bien un atormentado vacío. De forma muy resumida, el cambio consiste en que, hoy en día, poquísimos jóvenes, por no decir ninguno, se sienten frente a los demás o incluso frente a sí mismos, como representantes de algo que no sea su propia y limitada individualidad. Su identidad es personal, sin cargar ningún simbolismo o representación de algo más profundo y grave. Es decir, el entusiasmo, el orgullo o el sentimiento que conllevaba representar a esta o aquella institución, país, etnia o incluso familia, por muy fuerte que se sienta hoy el amor hacia la familia, han desaparecido en la mayoría de la gente. En su lugar, quizá sea el sentimiento pasajero y periférico de pertenecer a una tribu urbana adoptando las formas de un grupo musical u otra moda trivial lo que les hace sentirse pertenecientes a tal o cual movimiento estético sin más, ya que ni tan solo se sienten representantes de una clase social como sucedía en la generación anterior. Tal vez, de esta generalización se pueden excluir los miembros de la aristocracia, allí donde aún la hay, o de la casta militar. 
Cuando yo era joven, por ejemplo, tanto mi abuelo como yo nos sentíamos representantes de una nación, la catalana. A la vez, nos sentíamos parte de una familia y éramos conscientes del privilegio de pertenecer a esta nación y a esa familia, así como de la responsabilidad que derivaba de ello. A menudo, resulta que hoy debo insistir para que jóvenes catalanohablantes usen nuestro idioma materno en lugar del castellano, más extendido, o del inglés, más chic por ser el idioma moderno, y cuando les argumento que si nosotros, los catalanes, no defendemos nuestra pobre lengua hablándola y escribiendo en ella nadie lo hará. Lo entienden, pero suelen sorprenderse por mi proceder en tanto que representante de algo mayor, como encarnación viva de una lengua que no es solo la mía, sino que es nuestra sagrada herencia cultural de la que me hago responsable a mi nivel. Creo que posiblemente este modo de experimentar la vida haya desaparecido o se encuentre solo en los museos de antropología.
Sin duda, las viejas formas de vivir —en cualquier caso, hasta dos o tres generaciones anteriores a la mía—, es decir, el vivir según las tradiciones que uno había heredado y se atenía a ellas, es algo que ha se perdido totalmente. Los valores de los que cada persona era representante, de los que era un símbolo vivo, y las tradiciones que los englobaban se han diluido completamente o quedan simples restos muy frágiles y reconvertidos en objetos de consumo folclórico. 
Las tradiciones que daban sentido a la vida y que aglutinaban armoniosamente las personas que las encarnaban, constituían lo que actualmente, tal vez, denominemos un «grupo humano de pertenencia», y han resultado incapaces de resistir la catástrofe de la globalización. De ahí la desesperación de los jóvenes por sentirse miembros de algún grupo, como sea. 
La cuestión que hoy me planteo es si, en algún momento, volverán a surgir valores fuertes bajo otras formas y nombres, si nuestros hijos y nietos, cuando tengan la edad de ser adultos, volverán de nuevo a luchar bajo un escudo, una bandera y unos valores, sea que sea su color, o si serán simples individuos desenraizados llevados por el inconsecuente viento de las modas y del consumismo como los veo hoy.
Por ejemplo, creo que las mujeres de los viejos tiempos, sobre todo las más manifiestas de entre ellas, se sentían representantes de algo más grande, eterno y santo que ellas mismas, gracias a lo cual tenían una fuerza y una importancia —al margen de la personal o individual— que las hacía sentirse orgullosas y dignas, dándoles un gran sentido de responsabilidad en tanto que mujeres. Eran el símbolo de algo sagrado que iba más allá de su individualidad. Ni la arrogancia de las actuales mujeres jóvenes con su «empoderamiento femenino», ni la rigidez vacía de las viejas señoras occidentales del siglo XIX las hacía sentirse dignas de lo que representaban, de la carga simbólica que les otorgaba el destino, de ser portadoras de la Vida. Este papel, en tanto que representantes de algo mucho mayor que ellas, era algo que no sentían por cuenta propia porque carecían de la vanidad personal y del individualismo narcisista que hoy lo inunda todo. Su orgullo «como mujeres» era semejante al que se siente por un escudo nacional o por algo grandioso que uno simboliza. En aquellas épocas, se podía disculpar perfectamente una ofensa personal, pero era imperdonable una afrenta a la Santa Feminidad de la que ellas se sentían representantes. En una bofetada dada a una mujer hasta se podía encontrar cierta gracia, pero jamás a un beso robado. Son muy pocas las jóvenes que, en nuestros días, sienten algún resto de estos valores por mucho que la legalidad actual parezca refrendarlo permitiendo a las mujeres «defender su feminidad» a base de demandas contra los hombres que, según ellas, les faltan al respeto.
A pesar de las múltiples demandas y de la globalización del me too por todo Occidente, creo que hay pocas mujeres jóvenes cuya consciencia y sentido moral les induciría a dar la misma respuesta que su bisabuela, y esto es porque ya no sienten que su feminidad es el punto de gravedad más sagrado de la Naturaleza. El concepto de «honor femenino» ya no tiene para ellas ninguna importancia, ni apenas ningún sentido profundo.
En una de las narraciones de Blicher, mencionada por Karen Blixen que escribió con el seudónimo de Isak Dinesen, explica como el joven noble de Blicher habría elegido la muerte antes que, por ejemplo, colgar su escudo de nobleza del cuello de un cerdo, pero actualmente no creo que encontrase un solo aristócrata en todo el mundo, por lo menos en los países occidentales, que no estuviera dispuesto a ello con la mayor indiferencia moral imaginable si de esta forma salvaba la vida, el dinero de sus amigos o el suyo propio. Resulta que su deber y sus valores más altos ahora están a otro universo.
Por muy bellos y grandiosos que fueran los ideales de aquellos viejos tiempos, los cierto e indudable es que, como se suele decir, la sal ha perdido su sabor. Esto lo prueba el hecho de que son las gentes de segunda división quienes todavía dicen esgrimirlos.
Así, por ejemplo, las mujeres que hacen de su sexo su mayor fuerza y dan a su «virtud femenina» más importancia que a su honor y a su honra puramente humanas, a mi modo de ver, en absoluto pertenecen en los tiempos actuales a la «élite femenina» de la humanidad. Una mujer de los viejos tiempos, así como un hombre de aquellas épocas, antes se comportaba como representante de su género en el sentido arquetípico, que dejarse arrastrar por sus gustos o simples tendencias individuales. Como me comentó en cierta ocasión un anciano indígena amazónico: «un hombre, para ser hombre, debe cuidar de los suyos». Sin más. El valor definitorio de la virilidad en este pueblo, y yo diría que es extensible a toda la humanidad, casi excluye las pretensiones individuales, dando una magnitud atemporal al hecho de «ser hombre». Un hombre cuida de los suyos. Cumplir con ello es lo que le hace hombre, no hay espacio para los caprichos personales. Y, por su lado, la mujer debía dejarse cuidar por su hombre, incluso debía pedirle que la protegiera si era necesario, con ello se cerraba la responsabilidad de ambos. 
De todas formas, y sea como sea, es seguro que la gente actual ha perdido los valores que daban fuerza y peso a sus vidas y que, presumiblemente, en muchas ocasiones les hacían más felices a nivel individual facilitando la convivencia entre las personas. Un matrimonio no era la unión de dos simples individualidades, sino que era la unión cósmica de lo masculino y lo femenino representados por el esposo y la esposa. La consciencia de ser un hombre catalán, o de ser un miembro del honrado gremio de tejedores de cestas o, pongamos por caso, una mujer honesta o una madre de familia, ha servido para que mucha gente se mantenga firme en sus puestos y les ha dado una afortunada sensación de amor propio y de dignidad, al contrario de lo que sucede con los jóvenes de hoy en día que descansan solamente sobre su humana y simple individualidad. No tienen nada más que ofrecer. Se ha perdido la excelencia y la grandeza, conceptos que están en el origen de la dignidad.
Creo que, en gran medida, fue la aceptada santidad e importancia de la familia en su esencia lo que hizo el matrimonio de los viejos tiempos, sino más feliz, por lo menos más llevadero. La joven desposada entregaba a su novio algo infinitamente más que su propio y aislado valor personal, aportaba a su nuevo hogar un aroma eterno —hoy casi inapreciable—, el valor y la dignidad inviolables de la «esposa». Lo equivalente referido al esposo. Y el punto central de su vida en común no estaba tanto en la simpatía o antipatía personal que se despertaban, como en la relación misma entre el hombre y la mujer representantes de algo superior simbolizado, si se quiere y por criticable que sea ideológicamente hoy, por la caja de costura de ella y por la pipa y el periódico de él. Por así decir, los dos se encontraba en su matrimonio como embajadores de dos grandes potencias, nutridos por el reconocimiento y la mutua consciencia de la fuerza universal y los valores que les apoyaban.
La vida conyugal actual, sea que las dos personas se hayan casado o simplemente unido, es entre dos meros individuos humanos —y, a menudo, entre dos meros a secas— sin más contenido. Es una vida que tiene otros valores y otro contenido que el de los viejos tiempos, si es que tiene alguno. Lo que me despierta serias dudas es si resulta posible para la gente en general vivir con algún provecho y profundidad, tanto humana como personalmente, sin que se les haya asignado ningún papel en la vida.
Hace un tiempo pude experimentar lo que he comentado en las líneas anteriores, el hecho de vivir siendo símbolo y representante de algo mayor. Lo cuento y con ello acabaré. Resulta que estaba en mi centro, el campus Can Benet Vives, dirigiendo una edición del taller catártico para Despertar a la vida a través de la muerte, rito iniciático actual que creé hace más de treinta años, cuando se me acercó una señora malhumorada de mediana edad, participante en el taller, para informarme que alguien del taller o del campus le había robado un valioso reloj de pulsera. Que había dejado el reloj en un estuche y que lo había encontrado en un sofá de la entrada abierto y sin la joya dentro. La escuché con calma y le sugerí que buscara bien entre sus cosas. La señora se irritó ante mi calma, supongo que esperaba que me sumara a su búsqueda medio enajenada. Insistió en que alguien del campus o del grupo le había robado el reloj. Le repetí que buscara bien en la sala, por el suelo y en su habitación. Al cabo de un rato regresó, esta vez con su esposo, tensa e insistiendo en lo mismo, que alguien le había robado el reloj y dando una serie de detalles para sustentar su narración. Con mucha calma y firmeza, porque estaba completamente seguro de ello, le dije: «En casa, nadie roba nada. Mi gente no roba. Haga memoria de dónde lo dejó». En aquel momento sentí lo que he tratado de describir en las líneas anteriores. No estaba hablando desde mi simple individualidad, ni tal vez enojado por la insultante insistencia de la mujer, ni evitando que se hablara mal de mis actividades profesionales, no. Sentí la profundidad y la fuerza de enfrentarme a alguien en calidad de representante vivo e impersonal de unos valores y de un colectivo que los asume. En la frase «mi gente no roba, en casa nadie roba», pronunciada desde el corazón, sin atisbo de egocentrismo, con el sano orgullo de saber que todo lo que representa Can Benet Vives y los valores que enarbolamos cada uno de los miembros de este colectivo «soy yo». A través de mi actitud se estaba expresando la digna representación de algo más elevado que mi simple personalidad. 
Como era de esperar, al poco rato, la mujer encontró su valioso reloj en el mismo lugar donde ella lo había ocultado unas horas antes para evitar que se lo sustrajeran. Simplemente lo había olvidado.

Quito, a 25 de enero, 2025

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