Conocerse a uno mismo

CONOCERSE A UNO MISMO

Josep Mª Fericgla

Can Benet Vives, marzo 2019

El proceso de conocerse a uno mismo, que implica primero autoobservación y luego la práctica del Recuerdo del Sí, empieza con cosas sencillas y se va complicando progresivamente. Al principio de empezar a Observarnos honestamente solo nos damos cuenta que no controlamos el mundo que nos rodea, aunque antes lo hubiéramos llegado a pensar. Fuera, llueve, anochece o sale el sol cuando quiere, no cuando yo decido.

Más tarde, nos vamos dando cuenta que tampoco controlamos lo que pasa dentro de nuestro cuerpo. No controlo lo que hace mi páncreas, ni controlo si me sube o baja la presión, ni cuánto me crecen las uñas y el cabello cada semana. Finalmente, acabamos por descubrir que ni tan solo gobernamos lo que pasa dentro de nuestra mente ni en nuestro cerebro, aunque parezcan el centro rector de nuestra vida. Tampoco puedo decirles a las neuronas cuándo deben activarse ni a las emociones en qué momento deben surgir o dejarme en calma. Para acabar, hemos de aceptar que tampoco controlamos nuestros deseos, ni tan solo las reacciones a tales deseos. Nada.

Ir aceptando todo esto, nos ayuda a dejar la inmadurez de creerse el centro del universo y a ser menos obsesivos con nuestras opiniones, pensamientos y deseos. No tenemos libre elección en referencia a lo que ocurre por dentro de nosotros, como ilusamente pensábamos de adolescentes. En cambio, sí hay manera de liberarnos un rato de la tiranía de nuestro mundo interno, y esa es la primera lección que aprendemos en la Escola de Vida a la que pertenezco: a educar nuestras meras reacciones mecánicas y, con ello, diferenciarlas de la esencia interna y a aprendemos a focalizarnos en nuestro propio y verdadero destino.

La gente da tanta importancia a sus deseos que constantemente intentan modular el mundo de acuerdo a ellos. Como sabemos, siguiendo sus más profundos anhelos, los pobres humanos han pisado las dos caras de la luna, el siglo pasado declararon dos guerras mundiales en las que murieron unos cien millones de seres humanos y ahora están acabando con el ecosistema. Es decir, se están suicidando en masa.

Si entendemos y aceptáramos sinceramente que nuestros deseos no son manifestaciones de libre elección, sino que son el producto de ciertas reacciones bioquímicas y de ciertas asociaciones que nos han venido dadas por la cultura y por la familia en la que nos hemos socializado –factores que también están fuera de nuestro control–, tal vez no nos preocuparíamos tanto por satisfacer nuestros deseos. Hay que reconocer que es mucho mejor entendernos a nosotros mismos y a nuestros deseos incontrolados que intentar hacer realidad cualquier fantasía que nos venga a la mente.

Así pues, para entendernos a nosotros mismos hay un paso crucial que se debe dar: reconocer que el pequeño «yo», o ego, es una historia de ficción que los intrincados mecanismos de nuestra mente están constantemente fabricando, reescribiendo y actualizando. Dentro de nuestra psique hay un narrador maravilloso y permanente que nos explica quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos y qué está pasando ahora mismo conmigo. Ese «yo» actúa como hacen los asesores que tienen los políticos: les explican las últimas convulsiones y movimientos sociales y, al igual que los asesores, el «yo» se equivoca constantemente pero nunca lo reconoce. O casi nunca, puesto que lo único que quiere permanecer ahí y, a veces, hasta es capaz de decir la verdad si peligra su cargo en los pocos casos graves que pueda haber.

Y de la misma manera que los gobiernos crean los mitos nacionales con banderas, íconos que presentan como salvadores de la patria, sacrificios y desfiles militares, mi máquina interna de propaganda crea un mito personal a partir de recuerdos muy valiosos y de traumas dolorosos que, a menudo, tienen poco de realidad. Es lo que llamamos la autoimagen.

En la Era del Facebook y del Instagram se puede ver este proceso de creación de mitos colectivos y de autoimágenes con más claridad que nunca antes, porque una parte del proceso se ha externalizado, ha pasado de la mente humana a los ordenadores. Como explica Hariri en su último libro, es fascinante –y espantoso a la vez–  ver como las personas se pasan incontables horas creando y embelleciendo un «yo» perfecto  –perfecto de acuerdo a sus preferencias también implantadas. Solo que ahora la imagen es on-line, la ven fuera de sí mismos, mientras que antes debía imaginarla. La gente se queda fascinada por su propia creación y la confunden con la verdad de sí mismos.

Hace poco leí un artículo de Ray Williams sobre los mecanismos psicológicos por medio de los cuales Facebook incrementa la baja autoestima, el narcisismo y la angustia en sus seguidores. En una sociedad saludable, creo que meterían a los directivos de esta empresa a la cárcel por peligro público.

Es lo que todos sabemos: unas vacaciones en familia suelen estar marcadas por los fastidiosos atascos de circulación, por pequeñas peleas y los silencios tensos entre padres e hijos, por malas caras a la hora de escoger donde comer, pero tales vacaciones se convierten en una colección de fotos de paisajes paradisíacos, caras sonrientes y cenas maravillosas. Pero la verdad es que el 99% de lo que realmente experimentamos en nuestra vida nunca pasa a formar parte de la historia del pequeño «yo».

Es especialmente notable  –y ha sido muy estudiado– el hecho de que nuestro ego, o «yo de fantasía» tiende a ser básicamente visual, a pesar de que nuestras experiencias, en realidad, son corpóreas. En la fantasía vemos con los ojos de nuestra mente o con la pantalla del ordenador, y nos visualizamos a nosotros mismos en una increíble playa tropical, con el mar azulísimo de fondo, un cóctel de coco en una mano y una sonrisa enorme en la cara. ¡Ah! y con el otro brazo cogiendo a nuestra pareja por la cintura. Estamos en el paraíso. Lo que no aparece en la imagen es el molesto tábano picándome la pierna, el ardor de estómago que sufro por haber comido anoche con exceso de picante para disimular el mal sabor del pescado pasado, ni la tensión en la mandíbula por mantener esa sonrisa fingida ya que, cinco minutos antes de la foto, me había peleado con mi pareja. Si pudiéramos saber lo que la gente está realmente sintiendo mientras se hacen esas fotos que luego cuelga en su película de World Disney personal, sería realmente divertido y siniestro a la vez.

Por todo eso, si de verdad quieres conocerte y comprenderte a ti mismo o a ti misma no deberías identificarte nunca con la imagen que des en Facebook o en Instagram. Nunca identifiquéis esa imagen con vuestra historia interna, con vuestra vida real. En lugar de eso, debemos aprender a observar el fluir del cuerpo y de la mente, las emociones y la conexión con el entorno. Al observaros, veréis aparecer y desaparecer emociones y pensamientos, veréis nacer deseos intensos sin motivo y sin que hayáis dado la orden de que surjan, como si fueran vientos que soplan de aquí y de allá y os enredan el cabello hasta convertirse en «lo más valioso y deseable para mí». Nada de todo ello es real, solo son historias.

De la misma manera que no somos el viento, tampoco somos los enredos del cabello movido por el viento, ni somos las emociones que surgen y se esfuman, ni los pensamientos y deseos que experimentamos, y, naturalmente, tampoco somos la historia azucarada que cada uno se cuenta más tarde sobre si mismo. Experimentamos todas estas sensaciones y muchas más, pero no las controlamos, no las poseemos y no somos parte de ellas, a menos que las asumamos como «nuestra realidad».

La gente, a veces, se pregunta: «¿Quién soy?» y espera a que alguien le explique una historia, sea su psicoterapeuta, un líder religioso, un político, su pareja o sus padres, o un director de cine. Y la primera cosa que hay que saber es que tú no eres ninguna historia.

Hay que confiar en nosotros mismos, ¿no es cierto? O eso nos dicen los modelos a la autoayuda. La verdad es que esto también suena al cuento de Ábrete Sésamo o a una película infantil pasada de moda, porque en la vida real no sucede lo mismo. La mayoría casi ni nos conocemos a nosotros mismos, y la gente en general aun mucho menos, por eso, cuando la gente trata de escucharse, en realidad es presa fácil de las manipulaciones externas ¿Cómo va uno a confiar en sí mismo en estas condiciones?

La voz que oímos dentro de nuestra cabeza nunca ha sido muy fiable porque siempre ha reflejado la propaganda del Estado, las verdades eternas defendidas por una u otra religión, los anuncios comerciales y no digamos ya cuando lo que oímos es el resultado directo de los errores bioquímicos de nuestro propio sistema. A medida que avance más y mejore la biotecnología y el aprendizaje automático, será más fácil manipular las emociones y los deseos más recónditos de la gente. Cuando esto llegue, y estamos muy muy cerca, será más peligroso que nunca escuchar el corazón. Cuando la Pepsi Cola, Amazon, Baidu (el google chino) y Facebook sepan como tirar de los hilos de nuestro corazón y apretar los botones de nuestro cerebro, ¿podremos discriminar entre nuestro Yo esencial y lo que sus expertos en marketing nos hayan metido dentro?

Para tener éxito en esta heroica e imprescindible tarea de discriminar entre «quién soy yo» y la «historia de mí que han metido en mi mente», es necesario Trabajar mucho. Trabajar para llegar a conocer nuestro «sistema operativo» lo mejor posible. Saber qué somos, qué esperamos de la vida y qué espera la vida de nosotros exige aprender a escucharse antes que escuchar lo que otros dicen de mí o para mí. El consejo más antiguo de todos los consejos sabios, «conócete y cuida de ti mismo», hoy es más vital que nunca. Durante miles de años, los filósofos, poetas, místicos y maestros de la humanidad han exhortado a la gente a conocerse a sí misma, pero este consejo, repito, no ha sido nunca tan urgente como hoy porque, a diferencia de los tiempos de Lao Tse, de Rumi, de Kabir o de Sócrates, ahora tenemos serios competidores para conocernos. ¿Qué, quiénes son tales competidores?

Nuestros nuevos vecinos en la intimidad: Amazon, Facebook, Baidu, el Corte Inglés, Instagram, Google y un ejército más que están compitiendo entre ellos para meterse dentro de nuestra mente, del cuerpo y emociones, para hackearnos, como se dice hoy con este vocablo intraducible, hasta convertirnos en sus esclavos y convencernos para entregarles voluntaria y hasta gustosamente nuestra energía vital. No quieren entrar y falsificar nuestra cuenta bancaria, no, sino que nos quieren a nosotros mismos. Quieren falsificar nuestro sistema operativo orgánico y nuestra mente. Hasta ahora vivíamos una Era en la que se hackeaban los ordenadores, pero ahora esto no es ni la mitad de la película ya que estamos en la Era en que se hackean humanos.

Los famosos algoritmos nos están vigilando en todo momento: ahora mismo mientras escribo en mi ordenador, más tarde cuando llame a través del teléfono móvil, mañana cuando compre algo a través de Amazon, cuando busque información sobre un arco nuevo para tirar flechas o cuando pague un restaurante con la tarjeta de crédito. Los algoritmos vigilan dónde vamos, qué compramos, dónde y con quién nos reunimos. No es broma. Y, si lo permites, además monitorizan tus pasos y la distancia que caminas cada día, tus pulsaciones cardíacas y tu forma de respirar y hasta de dormir. La mayor parte de la gente está feliz por llevar adheridos a su cuerpo medidores de sus constantes vitales, consultan por internet los platos que van a comer o buscan pareja o amantes a través de portales que les indican con quién tiene más probabilidades de éxito amoroso. Así, por ejemplo y si no me falla la memoria, el último modelo de teléfono móvil Samsung se anuncia como capaz de reconocer 100.000 platos de comida diferentes solo con que enfoques el plato con la cámara, y decide si te conviene o no tal manjar, de acuerdo a tu peso, edad, constantes vitales y demás características de tu cuerpo que has dado al Big Data, y que probablemente tu mismo desconoces.

Los algoritmos se basan en el Big Data, en gigantescas bases de datos sobre cada uno de nosotros, a las que alimentan y de las que extraen otros datos nutriendo automáticamente la llamada Inteligencia Artificial –IA–  para conocernos mejor. Y una vez estos algoritmos te conozcan más que te conoces a ti mismo, pueden manipularte y controlarte, y no se podrá hacer mucho para evitarlo. Es la entrada a Matrix. A fin de cuentas, es solo una cuestión empírica y de comodidad: si los algoritmos entienden mejor que uno mismo lo que me pasa por dentro, pues las personas les transfieren la autoridad sobre sí mismas. La mayoría de la gente ya ha empezado a hacerlo poniéndose en manos de un programa para que les busque pareja, para que les diga qué prendas de ropa le sientan mejor, qué libros y músicas le interesan más, cuál es la dieta más adecuada para su cuerpo, qué tipo de ejercicio físico debe hacer, a qué hora levantarse o a quién es más interesante votar para que gobierne.

La verdad es que podría ser perfectamente feliz cediendo toda la autoridad sobre mi vida a algunos algoritmos y confiando en que, lo que decidan, será lo mejor para mí y para el resto de la humanidad. Solo hay que relajarse y disfrutar del viaje, no hay que hacer nada, los algoritmos se encargan de todo.

Pero si queremos conservar el control de nuestra vida personal y sobre el futuro de la humanidad es necesario ir más rápido que los algoritmos, más rápido que Amazon y que los gobiernos que los usan, y conocernos a nosotros mismos antes que lo hagan ellos y nos digan cómo somos y qué deseamos.

Y, como siempre ha sucedido, si queremos caminar rápidos en esta época que nos lo exige más que nunca, no podemos cargar demasiado equipaje. Hay que dejar atrás las ilusiones, fantasías, creencias y hábitos, pesan excesivamente, y hay que acercarse de nuevo a la Vieja Realidad, siempre sanadora e imprevisible.

La mejor manera que ha descubierto el ser humano para estar cerca de lo que realmente sucede, para escapar –así sea a ratitos– de la historia ficticia que cada uno se explica y cree, es meditando. Ya sabéis, ahora inhalo, ahora exhalo, ahora siento una tensión en mi pierna derecha y no busco explicación ni la juzgo, solo observo la tensión en mi pierna a la vez que siento el aire penetrando en mi cuerpo. A los pocos minutos –o solo segundos–, mi atención se aleja de la realidad y alimenta de nuevo mi autoimagen. Empiezo a contarme otra historia sobre lo maravilloso que soy meditando dos veces al día. Bien, no pasa nada, me observo de nuevo en esta actividad de contarme una historia y esta es ahora mi realidad: contador de historias. De nuevo, dejo la historia y me fijo en lo único real: inhalo, retengo y exhalo el aire. Observo las emociones que aparecen y desaparecen de mi mundo interno, los pensamientos sin sentido que van y vienen. Me doy cuenta que yo no soy ni la historia ni lo que entra y sale de ella. Sigo meditando. Me sigo observando, acordándome de mí y descubriendo quién y cómo soy.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *