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DE LO QUE ESTÁ HABLANDO EL MUNDO

Dr. Josep Mª Fericgla

En todo el mundo no se habla de otra cosa. Exacto, del coronavirus. De la pandemia, de los estados de alerta declarados por los gobiernos para cerrar ciudades y países enteros para detener el avance del virus. Ante este panorama que está despertando numerosas histerias, me gustaría compartir con vosotros una mirada positiva y calmada sobre el tema. He dicho «positiva», no fantasiosa.

No obstante, y en primer lugar, debo confesar que no acabo de entender los motivos reales que hay tras semejante despliegue global. Desde luego, lo que se está haciendo es infinitamente exagerado y desproporcionado en relación a la gravedad del tema. ¿Qué estará tapando esta situación? No lo sé y probablemente nunca lo llegue a saber.

En este sentido, si miramos los datos de situaciones similares, por ejemplo, la epidemia de gripe que llena los hospitales occidentales con la llegada anual del frío hibernal, creo que no hay justificación para tratar el coronavirus como se está haciendo. Según datos de expertos epidemiólogos, no de políticos, el coronavirus se despliega en un 5% de las personas infectadas. El otro 95% se infectan y luego sanan sin darse ni cuenta, o con una ligera molestia. Es de suponer que este 95% es el índice de personas que tienen un sistema inmunitario razonablemente eficaz que se encarga de neutralizar todo intento de invadir el cuerpo por parte de virus y bacterias. El coronavirus resulta mortal para un promedio del 0,2 % de los infectados, la mayoría de los cuales son personas con enfermedades previas o muy ancianas. Sinceramente, la pasa anual de gripe es mucho más mortal y peligrosa en todos los términos. En España se calcula que hubo unos 15.000 muertos relacionados con la gripe en la temporada 2017-18, y no se organiza el despliegue que estamos viendo a causa de los 250 muertos que ha habido a día de hoy en Italia, el país europeo con más víctimas.

No quiero decir que no sean necesarias estas medidas extremas, casi de estado de guerra, para frenar la expansión de la pandemia, solo que cuando uno empieza a tener el colmillo retorcido por la edad, naturalmente piensa más allá de lo que se ve o nos pretenden enseñar. Uno se plantea preguntas. ¿A quién está beneficiando la pandemia? De entrada, salta a la vista, a los políticos de derechas y de ultra derecha que se están fregando las manos de felicidad ante el paisaje en que la gente está asustada, calladita y se encierra en su casa; ante el hecho de impermeabilizar fronteras y acabar con los derechos humanos que amparan a millones de refugiados y emigrantes que sufren como almas errantes por la faz de la Tierra; y ante la posibilidad de despedir miles de trabajadores al cerrar sus empresas —sin el menor problema— a causa de la pandemia.

Tampoco quiero insinuar que esta infinita barbaridad haya sido provocada por tales grupos, pero sí que se están aprovechando de ello y ya veremos en qué acaba. Bien, estos días se comentan muchas cosas, pero los datos son éstos.

A pesar de la terrible situación mundial, hay varias caras positivas del coronavirus que son las que quiero compartir.

Por un lado, se están dando muestras de solidaridad como nunca había visto. Por ejemplo en Catalunya, mi tierra, desde ayer que, por decreto, se impide el acceso y la salida de diversos pueblos y pequeñas ciudades —sí, los han cerrado literalmente para evitar la propagación del contagio—, resulta que numerosos estudiantes a los que han cerrado las universidades se han auto organizado para atender personas que viven solas, especialmente ancianas y niños.

Es muy saludable que el coronavirus nos esté obligando a pensar en términos colectivos, porque el «sálvese quien pueda» con la pandemia no funciona. Una querida amiga me ha contado que quería viajar de Lisboa a Londres para visitar unas amigas y que, de pronto, se dio cuenta que, al regresar, tendría que aislarse los famosos 14 días de cuarentena para no poner en riesgo la salud de su padre, un anciano de 92 años que está siguiendo un tratamiento para el cáncer a causa de lo cual no puede sufrir ni un mero resfriado de tan débil que tiene su sistema inmunitario. De pronto, esta amiga se percató que el problema no sería que ella enfermara del virus, sino que el problema estaría en que lo transmitiera a su progenitor. En consecuencia, anuló su viaje.

Para la población joven, esta infección resulta poco grave y, gracias a ella, probablemente hay numerosos jóvenes que están descubriendo el afecto y las necesidades de sus mayores (repito que la tasa de mortandad del coronavirus hasta los 40 años es casi igual a la de la gripe común: el 0,2% comparado con el 0,1% de la gripe; para la población de 40 a 50 años es del 0,4%; para la gente de 50 a 60 años es 1,3%; mientras que para la gente de 60 a 70 años se dispara hasta el 3,6%, de 70 a 80 años llega al 8%, y para los mayores de 80 años alcanza un calamitoso 14,8%). Ahora son los jóvenes quienes tienen la responsabilidad de cuidar la salud de los ancianos, en una especie de escalera generacional, no enfermando ellos mismos. El mensaje vendría a ser del tipo: «Mis hijos deben protegerme a mí, y yo debo proteger a mi padre», entendiendo que tal protección consiste en lavarse las manos con frecuencia, mantener cierta distancia de los demás y evitar viajes que no sean realmente esenciales. Esta lección de solidaridad intergeneracional es un cambio muy saludable que se debe al coronavirus.

Por otro lado, siento una atmósfera casi espiritual —de momento— en las calles, donde la humildad que deriva de la consciencia de que todos somos pobres humanos a merced de las Fuerzas Superiores de la Naturaleza, está ocupando el lugar de la fatua vanidad de quien cree tenerlo todo controlado en su calidad de «rey del universo».

En tercer lugar, cada día está cambiando el panorama de lo que pasa y de lo que puede llegar a suceder. Lo imprevisible está llamando a la puerta y es algo real, está aquí, no solo es una idea repetida a lo largo de la historia de la necesidad de vivir en el presente, en el ahora y aquí. Esta permanente imprevisibilidad está haciendo despertar a numerosas personas que vivían dormidas creyendo que todo está bajo mando, que el Estado nos protege y que la vida es previsible y nunca acaba. El cierre de casi todas las empresas del continente europeo, de espectáculos, universidades, tiendas y escuelas está impulsando la experiencia de usar el tiempo para estar y ser, no para hacer sin parar, obsesivamente, a lo que está tan acostumbrada la población occidental.

Por otro lado más, se está desarrollando un sentido de responsabilidad personal como ninguna campaña había conseguido. Ayer reí escuchando por radio como explicaban que los hospitales catalanes, en contra de lo previsto, están con mucha menos gente que nunca antes, las salas de espera están casi vacías. Si uno no está realmente enfermo, no va al hospital por miedo a infectarse. Y no solo por miedo. Me está admirando la madurez de la mayoría de respuestas individuales que se observan.

La madre Naturaleza también debe sentirse agradecida al virus de la corona por lo que está implicando de reducir el consumo absurdo y los transportes innecesarios, menos CO2, menos ruidos callejeros, menos humos y todo lo demás, a la vez que se toma consciencia de que el éxito en esta batalla global contra la pandemia depende de cada aportación individual. Sin la menor duda, ahora todos y todas nos sentimos más humanos, más habitantes de un único planeta, más protagonistas del proceso de mundialización, y esto tiene una cara muy positiva de cara a proteger nuestro planeta, el único que tenemos.

D. Trump, presidente de los EEUU, como una más de las estupideces que suele rebuznar, ayer afirmó que «el virus es extranjero» y que va a cerrar las fronteras de los EEUU a viajeros de la vieja Europa y de la vieja China. OK mister, pero el coronavirus no discrimina entre nacionalidades y fronteras, entre ricos ni pobres ni entre blancos y negros, va para donde va y listo.

Finalmente, y por primera vez desde que tengo memoria, los políticos están escuchando a los científicos y son los expertos en epidemiología los que están dictando las indicaciones a seguir para atajar la pandemia.

Éstas son algunas de las buenas noticias derivadas del coronavirus, pero habrá más, como también de malas, naturalmente.

14 de marzo, 2020
Can Benet Vives,
Campus cerrado para respetar las normas gubernamentales contra la difusión de la pandemia

 

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