El paternalismo y el mundo de hoy

EL PATERNALISMO Y EL MUNDO DE HOY

Dr. Josep Mª Fericgla
Societat d’Etnopsicologia Aplicada — Fundació J.Mª Fericgla
Campus Can Benet Vives

I.

Hay actitudes que resultan especialmente fastidiosas y que, por tanto, trato de evitar en mi vida social. Una de ellas es lo que, por usar palabras educadas, llamaré «el tono paternalista». A pesar de la denominación ‘paterno’, la actitud paternalista tanto es esgrimida por hombres como por mujeres y no hay que asociarla automáticamente al nefasto y autoritario patriarcado. No es que defienda el patriarcado entendido de acuerdo al actual y negativo sentido popular, sino que, como antropólogo, por «patriarcado» entiendo un rasgo cultural que se concreta en la filiación familiar a través del padre, característica de numerosas sociedades humanas. Un patriarca puede ser paternalista o no.

En su forma de tratar a los demás, y aunque habitualmente envuelto en buenos modales, las personas paternalistas suelen usar un vejatorio tono infantilizante y de superioridad para relacionarse con su entorno, como sucede con numerosos médicos y enfermeras, políticos, psicoterapeutas de todo pelaje, algunos padres de familia, muchos policías, la mayor parte de sacerdotes y monjas, muchísimos empleados de ONGs (¡que Dios me libre de ellos, versión moderna del recalcitrante cura de antaño!), incluso hay empresas paternalistas y, naturalmente, numerosas personas que tratan de aconsejar y salvar la vida a los demás sin que nadie se lo haya pedido. 

Voy a profundizar un poco más. ¿Qué implica esgrimir una actitud o un tono paternalista? De entrada, digamos que es un estilo de relación interpersonal esencialmente tóxico. Por un lado, una actitud paternalista significa que la persona se relaciona con los que le rodean desde una constante posición protectora y de superioridad. Los mira desde un pedestal que, a diferencia de la prepotencia clásica basada en el desdén, el paternalismo es una conducta más sutil pero no menos irritante para el que no es una criatura necesitada de protección y de guía por parte del autoconsiderado salvador de vidas. Por «paternalista» me refiero, por ejemplo, al perfil de las personas que andan aconsejando a otros a pesar de no habérselo pedido y que, por su lado, no suelen expresar sus necesidades o debilidades. También podemos pensar en esa gente que cuando habla con alguien de una tercera persona siempre está dando a entender que «conoce su íntima realidad psicológica», o, por citar un tercer ejemplo, podemos incluir entre los paternalistas a esos sujetos que, para explicar cualquier cosa a otra persona, le mastican el discurso como si se tratara de un niño, aburriéndola con obviedades que repiten sin ir directamente al grano. También ocurre que, cuando una persona paternalista tiene que ser contundente con alguien, cuando tiene que decir algo que no le va a gustar al otro, da muchos rodeos con el fin de, pobrecito, «suavizar el discurso y no herirlo».

Así pues, y para resumir la definición, podemos acordar que por «paternalismo» se entiende el conjunto de conductas típicas de un padre tradicional al ejercer su autoridad cuando tales comportamientos son aplicados a otro tipo de vínculo, sea de amistad, de trabajo, en política o en otros contextos. Al desplegar su paternalismo, la persona toma decisiones por y para otros de manera que no puedan discutirse ni cuestionarse, a la vez que les «otorga» ciertos permisos y transmite su afecto buscando que la persona infantilizada sienta apego por él. El individuo paternalista interactúa con los demás como si fuesen niños que necesitan de alguien que les dé consejos, les enseñen qué decir y cómo actuar: «Mira ese, pobrecito, está en su casa y nadie lo visita. Si fuera más simpático, como yo, tendría muchas visitas. Debe hablar más con los demás, pero no lo hace porque, pobrecito, tiene tantos problemas que arrastra de la infancia…».

En general, España es un país paternalista que solo saldrá adelante cuando la gente madure y rechace esta recalcitrante actitud dominante y castrante y comience a tomar y a asumir sus propias decisiones, como personas adultas. Y eso es aplicable a todas las naciones que conviven en la Península Ibérica: catalanes, valencianos, vascos, castellanos, andaluces, gallegos y todos los demás. La gente humilde no necesita un presidente y un gobierno paternalistas, sino que les respeten sus derechos. Los jóvenes no necesitan que se les diga cómo actuar y qué drogas pueden consumir y cuales no, si no acceder a una información veraz que les permita decidir sobre su vida. Los inmigrantes de países empobrecidos por el colonialismo no necesitan planes paternalistas acompañados de unos golpecitos en la espalda esperando su agradecimiento, sino que se les dignifique como seres humanos portadores de muchas capacidades útiles para sí mismos y para la sociedad receptora.

II.

El tono paternalista, básicamente nace de una dolorosa baja autoestima en el alma del paternalista. De falta de confianza de la persona paternalista en sí misma. Cuando una persona sufre de baja autoestima, es habitual que desarrolle numerosas estrategias para ocultar esta realidad psíquica de sí misma a sí misma. Es usual que el sujeto active mecanismos para que le protejan de ser consciente de tal sufrimiento: el tono paternalista es uno de ellos.  

Tales estrategias para encubrir la falta de autoestima normalmente son insanas, porque alejan y enajenan a la persona de su verdadera realidad interior, enquistándola en comportamientos que, a la larga, resultan tóxicos para ella misma y para los que la rodean. Una de estas estrategias encubridoras, repito, es el excesivo paternalismo. 

La psicología Transaccional afirma que todo ser humano experimenta diversos «estados del yo», y que uno de ellos es el de Padre Protector que aflora cuando nos relacionamos con alguien desde la postura superior de aquel que siente que debe proteger, cuidar, ayudar y consolar a otros. Naturalmente, es adecuado relacionarnos desde ese estado del yo, o arquetipo del Padre Protector de acuerdo a la psicología junguiana, cuando atendemos a nuestros hijos, en especial cuando son pequeños, incluso cuando estamos con otros adultos que, por ejemplo, están sufriendo una crisis de angustia, alguna necesidad grave o cuando se sienten profundamente confusos. Paternalista es aquella persona en la que su comportamiento habitual se rige por estos parámetros, llegando a engañarse a sí misma, repito, al ser incapaz de reconocer la pobre confianza que tiene en sí misma. Son personas que se han construido un elevado castillo de cristal, intocable, pura fantasía desde la que observan y analizan el mundo. Ahora bien, se trata de individuos psicológicamente vulnerables y fácilmente erosionables, en especial cuando, aquellos a quienes pretenden cuidar o aconsejar, les dirigen algún tipo de retintín. Ya sabemos, eso que escuchamos menos de lo que tocaría: «No te he pedido consejo ni que te metas en mi vida. Haz el favor de dejarme en paz». 

El comportamiento paternalista es ponzoñoso porque, como he dicho anteriormente, el sujeto se engaña a sí mismo y mantiene esa actitud que le impide avanzar en un camino de sano autoconocimiento y de realización individual. Por otro lado, las personas paternalistas crean relaciones de dependencia con aquellas otras que, en sentido opuesto, buscan alguien que continuamente las cuide, las mime, les diga lo que tienen que hacer, alguien que substituya a su querida abuelita que tanto la protegía y atendía. Al final del recorrido, lo que suele cristalizar es una relación de mutua dependencia entre dos personas que sufren de baja autoestima aunque lo expresen de diferente manera. Una se deja guiar, aconsejar y cuidar supliendo así sus carencias emocionales y de personalidad; la otra cuida, guía y aconseja a la primera, lo que le hace sentir fuerte y útil a costa de ocultar su débil realidad psíquica, buscando sobre otros el control que no tiene sobre ella misma y que tampoco quiere o puede reconocer. 

El individuo paternalista, sea hombre o mujer, es aquel que para no asumir la angustia que genera la sensación de falta de sentido y de control sobre su vida, se dedica a «salvar a los demás» cuando, lo que más necesitaría, es salvarse a sí mismo.

Finalmente, cabe añadir que ninguno de nosotros está a salvo de sembrar y regar relaciones de dependencia de este tipo, bien sea como «paternalista» o como «protegido». No está de más que, de vez en cuando, nos paremos a observar si la relación que mantenemos con nuestro entorno es sana, madura y adecuada o bien si estamos proyectando el reflejo de una baja e insana autoestima a base de ayudar y aconsejar a los demás sin que nos lo pidan, buscando su aprobación. Sobre todo, si ese tipo de relaciones suelen ser las habituales en nuestra vida.

III.

Para ejemplarizar lo expuesto voy a describir algunos casos de paternalismo sufridos, probablemente, por muchos de nosotros.  

En primer lugar, me refiero al paternalismo médico como nefasto modelo de relación que se establece en el ámbito sanitario. Básicamente consiste en que el médico —y/o las enfermeras— adopta el papel de padre con poder total y actitud bienhechora, a la vez que el paciente, por su parte, asume el rol de niño obediente, ignorante y frágil. Cada vez es más habitual que los médicos —mal llamados «doctores», ya que el doctorado es un nivel académico, no una profesión— y sus secuaces no se molesten en dar ni la mínima información real, útil y comprensible a los pacientes, en explicarles sobre su dolencia —desde su óptica médica, siempre limitada—  para que sea el propio paciente adulto quien decida sobre su tratamiento. Y la mayoría de pacientes tampoco se interesan por informarse de su dolencia, del tratamiento que les propone el médico, de los efectos secundarios, de otros tratamientos posibles y de todo lo demás referido a su enfermedad. 

También en el campo de los negocios hay numerosas actitudes paternalistas. En este caso, pienso fundamentalmente en el jefe o el dueño de la empresa que asume el papel de padre, otorgando favores, aconsejando o reprendiendo a los empleados como si fueran niños. Por su lado, el trabajador se convierte en una especie de ahijado insensible, en alguien obediente que sigue los consejos de su jefe-progenitor y que intenta cumplir con todo lo que le dice sin aplicar su propia capacidad crítica ni creativa. En estos casos, el patrón intenta ser alguien bondadoso y comprensivo, porque esa es la manera de que el empleado le tenga respeto y afecto, con lo que, por sentimentalismo —en psicología, se denomina «transferencia»—, nunca le fallará.

En el ámbito político, el paternalismo es una forma de camuflar el autoritarismo. Con la excusa de «proteger» a la población tenida por incapaz de decidir por sí misma, el gobierno paternalista recorta las libertades a la gente como haría un padre negando un permiso a su hijo, porque considera que aquello que quiere le resultaría inadecuado. El paternalismo político  —que se denomina «intervencionismo»—, presupone que el pueblo es irreflexivo e inmaduro para responder de sus acciones y decisiones, que es incapaz de decidir sobre diversas cuestiones y que, por tanto, el Estado debe tomar decisiones en su nombre con el argumento de que es lo mejor para la gente,  protegiéndolos así del daño que ellos mismos, desdichados, puedan causarse. Esta forma de paternalismo, en definitiva, consiste en substituir decisiones que debe tomar toda persona libre, responsable y madura por las que toma el gobierno para protegerlo de su «irresponsabilidad». Ciertamente, hay un porcentaje de toda sociedad que permanece en tal estado de inmadurez vitalicia, que vota políticos hoy llamados «populistas» por su exagerado y simple tono paternalista y que su voto tiene el mismo valor que el de las personas que reflexionan sobre las diversas opciones de gobierno que les ofrecen los partidos, pero este es el sistema democrático y, como dijo W. Churchill, la democracia es la necesidad de inclinarse de vez en cuando ante la opinión de los demás. 

Hay numerosos ejemplos actuales del tono paternalista de los gobiernos, situaciones que algunos ciudadanos sufrimos en casi cada esquina: la prohibición de comprar bebidas alcohólicas a partir de cierta hora, la obligatoriedad de llevar atado el cinturón de seguridad en los coches —un adulto sabe los riesgos que tiene usando o no el cinturón y debe decidir por sí mismo, pero el gobierno no nos considera capaces de tomar esa decisión personal y nos obliga a abrocharlo—, la prohibición y hasta criminalización del consumo de ciertas drogas que no son más adictivas que otros fármacos legales de venta en farmacias, los planes educativos gubernamentales inapelables, la obligación de vacunar nuestros hijos una vez demostrada con datos la dudosa eficacia de tales planes sanitarios y, en general, todos los programas gubernamentales que anulan la responsabilidad personal.

Para acabar con los ejemplos sociales actuales, se puede mencionar otro ámbito donde el paternalismo asoma la cabeza en bochornosa desmedida. Me refiero a cómo son tratados los grupos humanos considerados vulnerables. Es habitual que se tenga una imagen de ellos como si fueran gente incapaz, dependiente, poco madura, de ahí que se los suela «ayudar» a través de mecanismos sociales que los dejan sin libertad para tomar decisiones personales —una táctica indeseable que, asombrosamente, genera mucha popularidad al gobernante o a la ONG que la lleva a cabo—. Hace poco, hablando con una persona que trabaja en una ONG dedicada a atender jóvenes inmigrantes sin recursos, literalmente me dijo: «Tengo tres en calle que debo colocar antes del viernes». No entendía de qué hablaba hasta que inferí que la degradante expresión, repetida varias veces, «tengo tres en calle» significaba que había tres jóvenes inmigrantes viviendo y durmiendo en la calle, y que por algún motivo debían encontrar alojamiento con urgencia. «Tengo…», por el amor a Dios, ¿son de tu propiedad esos muchachos? «…tres en calle», como si se trata de paquetes anónimos a los que distribuir sin importar su sensibilidad o interés. 

En este mismo cesto podemos añadir, por ejemplo, las ayudas a madres solteras que suplantan sus decisiones convirtiéndolas en seres humanos pasivos y dependientes que deben esperar —y aceptar sin derecho a queja— los recursos que otros creen que son los mejores para ellas, en lugar de apoyarlas para que actúen por su cuenta y con sus familiares.

En resumen, el paternalismo presupone que las personas, pobres humanos, no conocemos lo que realmente nos conviene para nuestro propio bienestar y realización, ni sabemos cómo lograrlo. Por tanto, que es otra persona —generalmente, un sujeto mórbido con muy baja autoestima— quien debe aconsejarnos y hasta tomar las decisiones por nosotros sin darnos otra opción. 

Vaya. Resulta que algunas personas nos empeñamos en hacernos responsables de nuestros actos, en pensar y decidir por y para nosotros mismos, personas a las que nos sulfura que alguien nos diga lo que tenemos que hacer, decir y hasta pensar argumentando que «es lo mejor para ti» sin habérselo pedido. De todas maneras, a veces resulta incluso divertido escuchar los consejos de otro.

Dr. Josep Ma Fericgla
Can Benet Vives, 28 de julio, 2022

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