EL MIEDO A MORIR ES LA OTRA CARA DEL MIEDO A VIVIR

Dr. Josep Mª Fericgla

Hace un tiempo, un grupo de investigadores de la Universidad Johannes Gutenberg (Alemania) observaron que las personas que saben con precisión cuándo han llegado los últimos momentos de su vida —condenados a muerte y potenciales suicidas— tienden a usar más palabras relacionadas con emociones positivas que en cualquier otro contexto o momento de su vida. Según supone el estudio, el pensamiento positivo nos aleja de la ansiedad que provoca la inminencia de la muerte y la consciencia de que disponemos de poco muy tiempo favorece nuestro amor hacia las personas próximas. En mi opinión, es mucho suponer y es limitar el amor a una especie de autocuidado paliativo psicológico para combatir la ansiedad. 

Lo que sigue son algunos de los mensajes recogidos en la investigación, extraídos de los últimos parlamentos de presos condenados a muerte en Texas:

«Amo a mi familia. Sed fuertes. Cuidaos unos a otros. Sed fuertes. Os quiero. Os quiero. Llegó mi hora. Os quiero. Sed fuertes».

«Estoy en paz […] El odio continúa en este mundo y tiene que parar. Pero yo estoy en paz».

«Me gustaría agradecer a mis padres que han sido mi apoyo en todo momento. Agradezco al pastor Williams por aconsejarme y guiarme. Miro a mi derecha y veo a la familia de [la víctima]. Espero que esto les traiga algo de paz a ellos, a su hijo y a sus seres queridos. Ha sido un día largo. No es el final, es solo el principio».

Al igual que estos ejemplos, los contenidos más habituales que aparecen en las declaraciones de presos justo antes de ser ejecutados, o en las notas dejadas por suicidas, suelen hablar de perdón, de inocencia, de silencio, de amor y aprecio, y de activismo social o político.

El miedo a vivir

Está universalmente aceptado que la consciencia de la propia muerte es la principal fuente de angustia para el ser humano. El instinto de conservación, parece que ya desde las simples amebas, hace que todo ser viviente trate de conservar la vida con sus máximas fuerzas. En este sentido, el temor puede funcionar como un mecanismo muy útil para la preservación de las especies, hasta el punto de que el anhelo del ser humano de vivir eternamente, a menudo le lleva a negar la muerte, dando una oscura connotación de tabú a la transformación natural que implica el hecho de que el cuerpo nazca con la fecha de caducidad.

El temor a la muerte genera estados de ansiedad que dificultan la percepción del final de la vida como un proceso natural. Puede vivirse en forma de miedo al dolor y a sufrir, a la dependencia, a la separación de todo lo que amamos, a perder el control, a lo desconocido… El peor de todos es el miedo al propio miedo, que se vuelve más ciclópeo cuanto más lo esquivamos. 

La vida es una continua danza de nacimiento y muerte, una danza de cambio que experimentamos en forma de decepciones, de cosas que no funcionan, del final del día, del final de una exhalación, de una relación sentimental… Todo está en continuo cambio. La única forma de vivir el momento presente, la única realidad, es aceptar y soltarse a la impermanencia.

Sí, la vida puede estar llena de sufrimiento y podemos enfrentarnos a él, pero aceptarlo activa y conscientemente, actitud que nada tiene que ver con el masoquismo, es una forma de aceptación emocional de la muerte que nos va preparando para un «buen final». Cuando uno cree que las cosas son permanentes se niega a aprender del cambio. Repito, aprender a vivir es aprender a desprenderse, a soltar y a fluir con la Naturaleza, y no son meras palabras sacadas de un mal manual de autoayuda. Concebir la muerte como un proceso universal que se da en toda la naturaleza en forma de morir y renacer, disminuye el temor y facilita la vida y el cambio. 

En este sentido, cuando uno acepta la muerte transforma su actitud ante la vida, es más realista y acaba por descubrir la conexión fundamental entre «el aquí» y «el allí», si se puede así decir. La percepción humana a través de los sentidos comunes es muy limitada, por ello la realidad física nos impide percibir la Totalidad Única que es la existencia del universo exterior e interior, cayendo en la dualidad de hacer una separación entre el yo y el tú, el cuerpo y el espíritu, la vida y la muerte. Convertimos nuestro cuerpo en el centro de nuestro universo y lo asociamos, sin pensar, con nuestra identidad, con nuestro yo, y esa asociación irreflexiva —y falsa— refuerza constantemente la ilusión de que tienen una existencia inseparable. «Yo solo soy mi cuerpo», «¿A sí, sólo eso?», puede preguntarse alguien más. Dejo la respuesta abierta. 

Al morir, la estructura dual bajo la que concebimos el universo se desmorona. Si «nada» es permanente, entonces «todo» es lo que llamamos «vacío» desprovisto de cualquier existencia duradera, estable e inherente. Cuando las cosas se contemplan y comprenden en su verdadera relación, más allá de las formas, no son independientes de las demás, sino que son interdependientes con todo formando parte de la Unidad. Justamente, una buena forma de disolver la humana resistencia a vivir a fondo es encontrarnos cara a cara con la propia vida y con todo lo que implica para cada ser humano en particular ¿A qué me refiero? A lo habitual y conocido, a relajarnos mientras recorremos cada meandro del camino, a relajarnos en ausencia de esperanza, a relajarnos ante la muerte, a no resistirnos al hecho de que las cosas pasan y que todo cambia constantemente. Como afirman los grandes maestros que han guiado la humanidad, para vivir con plenitud hay que soltar las expectativas y vivir el siempre difícil instante presente.

Hay que aprender a morir para aprender a vivir y viceversa

«¿Qué sentido tiene todo eso?», se pueden preguntar algunas personas sin especificar a qué se refieren con «eso».

Una de las preguntas que la gente se hace y que, para mí, es de las más conocidas por las experiencias transpersonales que dirijo desde hace tres décadas, es: «¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Cómo puedo encontrar mi camino?». Y la otra pregunta, que con frecuencia no se formula pero está ahí agazapada, es: «¿Qué es la muerte desde tu punto de vista?». No oculto que desde el año 2004 fundé y dirijo la Escuela de Vida Simultaneidad, un marco y una enseñanza para aprender a vivir y a morir, y no puedo hablar desde otro punto de vista. La Escuela de Vida es heredera del estilo y método vivo de las escuelas clásicas de filosofía y de espiritualidad aplicada de la Grecia helénica y del sufismo del Próximo Oriente, grupos humanos despiertos de donde han surgido las bases de nuestra cultura. 

Alguien dijo una vez que solo hay dos cosas inevitables: pagar impuestos y morir. Desde el punto de vista de la Escuela de Vida no puedo aconsejaros sobre los impuestos, excepto decir que los eludáis legalmente hasta donde sea posible. Hay una diferencia entre eludir y evadir: eludir es legal, evadir es un delito. Estoy intentando recordar si alguno de los maestros espirituales que han orientado la humanidad hacia la paz y la plenitud ha hecho algún comentario sobre los impuestos, pero no me viene ninguna cita a la cabeza. Ruego al lector que tampoco me cite a mí porque probablemente se interpretaría mal, se podría entender como una indicación para cometer algún delito fiscal, y no es eso. 

Por lo que se refiere a la pregunta sobre la vida y a la muerte, es muy amplia y está abierta a muchas interpretaciones, algunas erróneas y otras parciales. Algunas personas creen que una vez que se produce el colapso final y acaba la vida corporal son enterradas en un agujero o incineradas, tal vez alguien rece unas oraciones o lea algo sobre su tumba o frente a la urna de las cenizas y ahí acaba todo. Otras personas creen en la reencarnación o en la resurrección, y según ellas nos reencarnamos en función de lo malos o buenos que hemos sido en vida. De acuerdo con las fuentes más autorizadas sobre las que se basa nuestra Escuela de Vida, y permitidme que de momento no concrete más, la muerte es el final de un proceso energético y, por tanto, una consecuencia directa de la vida. Parece un juego de palabras, pero no lo es porque, según las enseñanzas de la Escuela, la llegada y la marcha de una persona, es decir, el lugar, momento y forma en que nace y en que muere, está predeterminado. 

Hay una diferencia entre «la predeterminación» o duración de la vida, y «el destino» o muerte de las personas, algo que muchos occidentales confunden y mezclan. Personalmente, y según he aprendido de antiguas y sólidas tradiciones en las que me he formado, creo que el curso vital de una persona está pre-determinado. Alguien que ha reflexionado sobre esta afirmación me ha dicho: «Entonces ¿no puedo hacer nada para cambiar este hecho? Nazco, voy de un lugar a otro como un corcho flotando y… ¿No hay nada que pueda hacer para guiar mi existencia?». Este razonamiento no es correcto ni es exacto. Pensad en la analogía del hombre que era ebanista, como mi abuelo.

Mi abuelo ebanista

Es la historia de un hombre que se marcha de su pueblo en busca de prosperidad, de una vida mejor y más plena. Viaja, se detiene en una ciudad y se queda ahí varios meses. Aprende a distinguir las diferentes clases de madera, cómo trabajarlas, utilizarlas y usar las herramientas con mayor eficacia. Pasado un tiempo, ahorra cierta cantidad de dinero y se traslada a otra ciudad donde aprenderá a trabajar con otras maderas nobles, a construir otros muebles y a usar herramientas diferentes. Supongamos que su destino es morir en una ciudad determinada. Bueno, llegará a esa ciudad con los conocimientos acumulados a lo largo de su camino vital. La historia indica que nadie, utilizando su dimensión consciente, puede realizar el tránsito por la vida sin aprender algo de las diferentes circunstancias, situaciones y encuentros por los que pasa, pero uno aprende más si es consciente de ello, avanza con mayor rapidez por la vida, se pierde menos y no se deja atrapar por el desánimo y las fantasías. 

Como otras veces he comentado, tengo el pleno convencimiento de que cada persona y en cada momento de su vida, tiene los problemas que necesita para evolucionar, y vencer el desánimo es uno de ellos. Cuando uno llega a su destino final, que puede ser o no el lugar de su muerte, es una persona mucho más completa. En la Escuela de Vida consideramos que una persona, al hacer su camino por la vida y no importa lo larga o corta que sea, debe aprender de cada encuentro y de cada situación, y ese conocimiento le acompaña siempre. Estamos en el mundo para aprender. «¿Qué lección tiene esta circunstancia concreta para mí?», es la pregunta madura. La medida de la realización y plenitud de cada persona depende de su comportamiento en cada circunstancia, y esto significa aprender y aplicar algunos valores como, por ejemplo, el que estoy describiendo. No se trata de que una persona que haya vivido ochenta años, por definición sea mejor que una que sólo haya vivido cuarenta. Es una cuestión de calidad, no de cantidad. 

Sé que todo esto no responde a la pregunta que se plantea con frecuencia: «¿Por qué algunas personas mueren en la infancia, antes siquiera de llegar a jóvenes, y otras a los 102 años?». No es ésta una pregunta que me haga ni que se plantee en la Escuela porque no tenemos la respuesta. «¿Por qué algunas personas mueren en circunstancias trágicas mientras que otras mueren tranquilamente en la cama?». Esta pregunta tampoco la puedo responder, es mejor hacerla en el marco de las creencias religiosas de cada uno, y yo no soy la persona más adecuada para responder. Lo que a nosotros nos interesa es cómo emplea el tiempo de vida una persona, por muchos o pocos años que vaya a vivir. ¿Cómo utilizar provechosamente el tiempo para gozar y experimentar algo de la plenitud que es alcanzable entre los humanos? Provechosamente significa para ella misma, para su familia, sus amigos y su entorno.

La explicación o indicio real de qué es la muerte o qué sucede cuando morimos podemos encontrarla en una historia del sabio persa Nasrudín, relato que hasta es posible que algunos conozcáis. 

  • Cierto día, Nasrudín regresaba a su casa después de realizar las tareas y oraciones del día. Pasaba por un cementerio cuando vio una sepultura vacía y pensó: “¿Qué se sentirá dentro de una tumba?”. Así que, sin pensarlo dos veces, se introdujo en la sepultura y se acostó. Ahí descubrió que se sentía muy tranquilo, todo estaba en calma. Entretanto, y dado que era un cementerio antiguo, un hombre había llevado sus camellos a pastar entre las tumbas. Al cabo de media hora de estar acostado, Nasrudín salió de la sepultura asustando a los camellos que estaban por allí que se dispersaron por todas partes. El pastor que los cuidaba, enojado, cogió una estaca de madera y golpeó a nuestro Nasrudín hasta hacerle huir del cementerio. Cuando llegó a casa, su esposa —que, como todo el mundo sabe, era tremenda— le preguntó: “¿Por qué llegas tarde? La comida lleva un rato preparada. ¿Qué diablos has estado haciendo?”, a lo que el sabio contestó: “He estado muerto”, y ella replicó asombrada: “¿De verdad?”. “Sí, he estado en una sepultura”. La esposa se quedó sorprendida y replicó: “Bueno, eso sí que es extraordinario, ¿Cómo es estar muerto?”, a lo que Nasrudín respondió: “Es muy tranquilo y silencioso. Las nubes se mueven en el cielo y la calma es total. Sólo hay un problema, si asustas a los camellos te dan una paliza”. 

Esta explicación no expresa con exactitud el punto de vista de la Escuela de Vida ni mi opinión sobre qué es la muerte, excepto en un aspecto muy claro que debería servir de útil indicación. Cito a Maulana Rumi, otro sabio persa —esta vez de carne y hueso— cuya poesía mística, tras siete siglos de su paso por el mundo, sigue siendo la más vendida en la Tierra: 

Una persona no muere realmente hasta que no se la olvida.

Cuando una persona muere, los demás, los que quedan vivos, sienten dolor y aflicción, es normal y razonable. Es humano. Pero las personas deberíamos ser recordadas en circunstancias alegres y, entonces y en cierto sentido, es cuando seguimos todavía vivas. Si el cuerpo humano está destinado a yacer en una tumba y el momento en que la tumba se cierra sobre él significa el fin de esa persona, pues que así sea. Pero en la medida en que su identidad, memoria e integridad se recuerdan esa persona todavía vive. 

Por otro lado, no me gusta usar el término de «muertos». Por rigor prefiero usar el de «ausentes». Cuando nos reunimos, hacemos un brindis «por los amigos ausentes» y todo lo demás. Ausentes significa que no están físicamente presentes. No negamos el hecho de que no volverán a estar nunca presentes, no los colocamos en un pedestal, tal vez no mantenemos conversaciones con ellos porque esto se encontraría fuera del contexto de la realidad que conocemos. Pero mientras los recordemos con simpatía, amor y afecto, identificándolos, su ausencia física es irrelevante. Si revisamos el pasado y las bases sobre las que construimos nuestra realidad psicológica y espiritual, encontraremos que Ibn Arabi, Kabir, Gurdjieff, Rumi, Jung, Einstein, Homero, Leonardo da Vinci o Ouspenski están tan vivos hoy para nosotros como lo estaban cuando se hallaban físicamente presentes. Disponemos de su testimonio, de su magnetismo, libros, enseñanzas, palabras y poesía. Por ello, su ausencia física es casi irrelevante. 

El mejor testimonio que puede dejar una persona a las generaciones venideras es la suma de su sabiduría, bondad y sentimiento de unidad. Citando de nuevo a Rumi:

No busques mi monumento en la tierra, búscame en el corazón de los amigos.

Cuando algún ser querido está ausente lloramos su muerte. Esto es comprensible, normal y humano, pero ¿lloramos por él o por nosotros mismos? Lo hacemos por nosotros, ya no vamos a poder acompañarlo, conversar, comer o tomar café con esa persona y sufrimos una sensación de pérdida.

El momento de morir

Casi todos los días leemos en los periódicos que tal persona ha muerto «antes de tiempo», pero ¿quiénes somos nosotros para juzgar si alguien sufre un «final prematuro»? Esto sí es tener arrogancia. ¿Quién puede decir cuándo le ha de llegar la hora a alguien? De acuerdo, ciertas estadísticas indican un promedio de setenta y ocho años para los hombres, y ochenta y cuatro para las mujeres que siguen la famosa dieta mediterránea. ¿Significa eso que todo el mundo debe vivir hasta esta edad? ¿Qué pasa si una mujer tiene setenta y uno y muere? ¿Debería ser encarcelada? Nadie, excepto el Creador y Fuente de Vida, puede fijar el límite. 

Como decía, la ausencia de amigos deja un vacío, perdemos su compañía y conversación, nos lamentamos y hasta donde es razonable nos sentimos tristes. Pero al mismo tiempo, con fe y convicción, oramos por su alma a las Fuerzas Superiores en las que cada uno cree, si sabemos cómo orar. Y si somos de la creencia de que el fin del cuerpo físico señala el fin de la existencia ¿para qué rezar por su alma? 

En la Escuela de Vida es explícita e incontrovertible la indicación de que se debe rogar por el alma o esencia de los ausentes. Adoptando un punto de vista elemental, si se quiere, para mí está perfectamente claro que, si el cuerpo físico ya no se encuentra presente, el alma tiene que existir todavía en la medida en que la persona se ha esforzado para crearla. Y, de hecho, estudios científicos recientes, como el exhaustivo y ya clásico realizado por el cardiólogo holandés van Pimmel, han puesto de relieve que la consciencia no depende del cuerpo, aunque éste sea el soporte material de la consciencia durante el período de vida terrena. De ahí que la denominación de «ausentes» para referirnos a los muertos sea la más objetiva. 

No hay ninguna prueba incontrovertible de que con la última espiración y la descomposición del cuerpo acabe todo, y tampoco la hay de que nos espere una reencarnación o resurrección. Lo único que podemos afirmar con total certeza es que «ellos y ellas están físicamente ausentes». 

Por consiguiente, si los grandes maestros de la humanidad en su sabiduría —y utilizo la palabra deliberadamente— recomiendan recordarles con amor y orar por aquellos que se encuentran ausentes, eso tiene que significar que el alma de esa persona se beneficiará de esas oraciones. Hagámoslo sin más prejuicios. Podemos entablar numerosos debates filosóficos, análisis y discusiones sobre la primera y segunda esfera de la existencia, sobre el Purgatorio, el Limbo y sobre a qué lado de Dios me tocará estar si rezo más o menos. Durante siglos se han hecho estas preguntas y nadie ha encontrado respuesta. 

La muerte es un acto ligado irremediablemente a la vida y, en general, las personas no saben cómo gestionar ni una cosa ni la otra, tanto si se trata de la muerte propia como de la de un ser querido. Eso se ha evidenciado especialmente durante el año en que, a causa de la pandemia, muchas familias se han visto impedidas de acompañar a sus familiares en los últimos momentos de la vida. 

¿Cómo despedirse? ¿Cómo despedir?

Cuando miramos la muerte, nuestros estudios ponen de evidencia que las personas están creciendo, adaptándose y aprendiendo hasta sus últimos días de vida. Ésta es la paradoja de la muerte: sufrimos un deterioro físico, pero el moribundo puede estar muy vivo, incluso iluminado, emocional y espiritualmente, experiencia que se pone también de evidencia en cada edición que dirijo de los talleres para Despertar a la Vida a través de la Muerte. 

En este sentido, cabe mencionar una interesante investigación realizada por Christopher Kerr, director médico del Hospice and Palliative Care, centro dedicado a enfermos terminales de la Universidad de Buffalo. A partir de entrevistas realizadas a más de mil cuatrocientos pacientes y de otros datos cuantitativos recogidos durante una década, el Dr. Ch. Kerr, que es un hombre prudente, no arriesga ninguna conclusión, pero reflexiona e invita a reflexionar sobre la importancia de estos acontecimientos considerados «fuera de lo común» que humanizan el proceso de morir y dan fe de la extraordinaria resiliencia humana. Ch. Kerr ha comprobado que la mayoría de los enfermos a los que ha tratado en la fase final de su paso por la Tierra suelen ver personas que han amado a otras a lo largo de su vida, estuvieran vivas o muertas. Y este fenómeno incluye, además de las personas amadas, a mascotas y objetos físicos que han sido importantes durante la vida del moribundo. En este sentido, el Dr. Ch. Kerr, observó que, poco antes de morir, muchos de sus pacientes tenían sueños felices y significativos que, según los propios soñadores, eran «más reales que la propia realidad», permitiéndoles interactuar con sus seres queridos ya fallecidos, seres que les ayudaban a reconciliarse con su vida y a realizar una transición fluida y pacífica. 

En referencia a su investigación, en un estilo elegante y compasivo, Ch. Kerr junto a C. Mardorossian, publicaron en 2020 una obra hablando de su larga experiencia, Death is But a Dream: Finding Hope and Meaning at Life’s End (La muerte no es más que un sueño: encontrar esperanza y significado al final de la vida), obra que recoge numerosos casos de enfermos que durante los últimos días de su vida ven y hablan con familiares y amigos que no están físicamente en el hospital (publicado en castellano, Los sueños de los moribundos, ed. Gaia 2021). 

En el texto, repito, se relatan numerosos sueños y visiones que aparecen en los últimos momentos de la vida de algunos pacientes, visiones conmovedoras que ayudan a los pacientes a desarrollar un sentido más auténtico de sí mismos y a reunirse con las personas que han amado y perdido, que les despiertan perdón y paz. Esta obra celebra el profundo significado de la muerte y refleja la capacidad humana de trascender al final de la vida. En palabras del autor: «Pongo de relieve la dicotomía entre una visión medicalizada de la muerte, que ve la muerte como una falla orgánica y un problema a resolver, versus una perspectiva más humanista que ve a la persona en su totalidad y, al hacerlo, también honra lo subjetivo, lo interno y las dimensiones experienciales de morir». Esta visión no solo es más objetiva, sino que contempla a la persona en su totalidad y en el contexto de su vida. Desde este punto de vista, morir implica el cierre de una vida conocida, implica una transformación, no una mera falla orgánica. Podríamos decir que la muerte «no es más que» un cambio drástico en la manera de percibir la realidad y que, como ante todos los cambios profundos, una buena manera de afrontarla es estar preparado para ello.

Dr. Josep Mª Fericgla

Campus Can Benet Vives

10 de abril, 2024

Próximas actividades de la Fundació JosepMª Fericgla

Renovar y cultivar lo masculino y lo femenino dentro de ti:

En el mundo actual se hace necesario recuperar los valores fundamentales que impulsan los factores psicológicos propios de la feminidad y de la masculinidad, tanto en hombres como en mujeres.

Única edición en 2024: 1-5 de mayo

Aprender a amar y a decir adiós a las personas y a las cosas:

Amar es lo más importante del mundo. Cuando desarrollas amor y compasión, cada minuto es un momento de felicidad. El amor es la fuerza más humilde y potente que existe mediante la cual nos ponemos en relación con el mundo y hacemos de éste nuestro mundo.

Única edición en 2024: 11-15 de septiembre

Despertar a la vida a través de la muerte:

Una experiencia espiritual y transpersonal de disolución consciente del ego. El taller facilita una catarsis profunda para descargarse, fluir, regenerarse y sanar. Las personas que pierden el miedo a morir ganan un espacio inmenso para sus vidas, avanzan más rápido y son más saludables.

Próximas ediciones: 28- 30 de junio | 15- 17 de noviembre

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