Final en 3 actos de una cultura amazónica

Dr. Josep Mª Fericgla

Macas, Ecuador, 9 de enero de 2018

 

Hace más de 20 años que siento el pueblo shuar de la Amazonía ecuatoriana como mi tercera familia. He escrito varios libros sobre su cultura. Aunque a menudo me crispan, entiendo su manera de pensar y de actuar —o eso creo—, que es la de un pueblo que ha sido cazador-recolector durante miles de años y sigue actuando como tal. He apadrinado púberes que ya son madres de familia y he sido testigo, paso a paso, de la evolución y el desastre al que los ha llevado el contacto irreversible con la cultura occidental.

Parece que nadie está escribiendo sobre ello, y parece que nadie esté demasiado interesado en el final agónico de estos pueblos amazónicos y andinos, excepto ellos mismos. Son la imagen de la dolorosa decadencia y desesperación humana hacia la que, según olfateo, vamos todos encaminados a una velocidad u otra. Y como las decisiones que se toman, a menudo son aberrantes aunque políticamente correctas, nadie tiene nada que decir sobre lo que está sucediendo.

 

—I—

 

Hasta los años 1940-60, los pueblos shuar, achuara, huaorani y quichua eran etnias seguras y orgullosas de sí mismas que habitaban en territorio amazónico del Ecuador y del Perú. Eran pueblos valientes, herederos de un profundo conocimiento ancestral que les permitía vivir razonablemente felices en el seno más recóndito de la selva o en el piedemonte andino aprovechando los inacabables recursos naturales. Conocían las secretas costumbres de cada animal, las aplicaciones de cada planta en beneficio humano y hablaban con los espíritus de la selva a través de sus sueños nocturnos, de las visiones de ayahuasca y de los tremendos efectos de las Brugmansias, cuya sabia consumían en momentos clave y para curar sus heridas. Sus mitos eran majestuosos y les explicaban el origen del universo y de sus costumbres. Vivían en casi permanente vendetta inter e intratribal y esa era la manera de mostrar su valor, de socializarse y de defender a los suyos. Tenían clara la cruel ley de la selva: si mato, mato; si muero, muero y, a menudo, matar o morir dependía de una reacción medio segundo más rápida que la del enemigo. La hacían suya y reían de casi todo rodando por el suelo de las carcajadas.

Hasta ese momento no lejano de la historia, eran los verdaderos señores de la selva. Los shuar, por ejemplo, vivían en forma seminómada cambiando de choza cada 8 o 10 años, cada vez que se pudría la que habitaban o cuando estaban medio agotados los recursos hortícolas de su entorno inmediato. ¿Que el huerto ya no rinde al completo? No hay problema, quemamos la choza, cargamos los pocos utensilios que tenemos, nos trasladamos unos kilómetros más al Este donde vive algún pariente amigable, buscamos un rincón protegido y con agua, construimos allí una cabaña, abrimos una nueva huerta en medio de la selva y continuamos con una vida tejida a base de gozo, de lucha con los enemigos, de astucia en la cacería, de criar a los numerosos hijos, de visiones místicas de la selva, de respetar la vida y de mucha, mucha risa. Si cada familia shuar o achuara podía disponer de entre 80 y 120 hectáreas de selva para explotar cinegéticamente, todo iba bien.

En aquellas décadas de los años 1940-60 empezaron a llegar colonos a sus tierras indígenas, y a instalarse en ellas. Venían de la sierra, de los Andes, y para ellos la selva amazónica era un lugar inmenso, oscuro, misterioso, peligroso y lleno de posibilidades para enriquecerse. Al principio, eran los colonos quienes dependían de los indígenas: aprendieron de ellos a moverse por la jungla y a cazar para sobrevivir, a cultivar huertos tropicales y a curar sus heridas con los recursos naturales. A los indígenas shuar, achuara y a algunos grupos quichuas hasta les resultaban simpáticos aquellos individuos de piel blanca, barbudos y más brutos en sus modales que las mulas que usaban para cargar. Algunos colonos incluso se vestían con los atuendos indígenas y aprendían su idioma.

Pero poco a poco, fueron llegando más y más hombres barbudos, de piel blanca y con pocos y malos modales. Se fueron asentando donde querían y empezaron a dejar de respetar los territorios indígenas, a molestar a sus mujeres y a matar a los hombres que se oponían a su avance. La cosa fue cambiando de color. Los indígenas shuar se empezaron a oponer con violencia a la colonización y, para su desdicha, pronto descubrieron que con aquellos tipos mestizos llegaban soldados y policías a detener a los indígenas que les causaban algún mal, pero que a los colonos no les pasaba absolutamente nada si herían, maltrataban o mataban a un indígena de piel olivácea. La impunidad y las armas de fuego amparaban a los recién llegados frente a las tradiciones, las cerbatanas y los machetes de los indígenas. En pocos años, los quichuas, shuar y achuara empezaron a conocer el pánico ante la posibilidad de que la policía de los colonos los detuviera y los encarcelara. No entendían nada de lo que significa un juicio, ni eso que llamaban derechos civiles, ni un abogado de oficio, ni testigos, nada… Solo que, si defendían sus territorios o sus familias ante el avance de los colonos y herían o mataban a alguno, les solía ocurrir lo más temible que podía imaginar un individuo nómada cuya tradición de cazador se remonta a milenios atrás: que lo encierren en una mazmorra pequeña y oscura, rodeado de sujetos que hablan un idioma extraño y cuyas costumbres y alimentos son, como mínimo, repugnantes a los ojos del indígena. Los shuar preferían la lucha cuerpo a cuerpo, incluso con la inferioridad de su armamento, a que los encerraran. Son valientes guerreros no cobardes gallináceas. Así que si un indígena hería o mataban un colono tenía que huir selva a dentro hasta perderse. También surgió un sentimiento nuevo que antes nunca habían sentido bajo su piel: la envidia. El contacto con los misioneros y los colonos despertó este estado del alma tan destructivo e inexistente entre ellos ya que, antes, todos tenían lo mismo, y si alguien quería más —la choza de mayor tamaño, tres cerbatanas— sólo dependía de su esfuerzo personal. Así que los indígenas se volvieron envidiosos.

Los colonos siguieron desembarcando más y más durante los años 1970-90, y hasta la actualidad. Empezaron a construir sus casas al estilo occidental —no al estilo de las chozas indígenas de paja, como al principio—; trajeron sus costumbres y se hizo patente un creciente menosprecio hacia el mundo indígena que les había acogido hasta unas décadas antes. Y, para colmo, el Estado al que los shuar y achuara acababan de descubrir que pertenecen y que les otorga derechos, se mostraba de acuerdo en que los colonos se quedaran con los territorios que les iban quitando. Los indígenas descubrieron la importancia de unos papeles que decían: “Esta tierra, desde aquí hasta allí, es de Fulano de Tal”, al que llamaban Título de Propiedad, y si un indígena pretendía ocuparla porque hasta poco antes era una tierra libre o había sido de su familia, el colono lo expulsaba o le pegaba un tiro. Sin más.

 

—II—

 

En aquella década de 1960-70 hubo un valiente y astuto misionero salesiano de origen austríaco, Juan Ch., que con un esfuerzo inimaginable consiguió agrupar a los ariscos y escurridizos indígenas y crear la federación shuar y achuara, y los convenció para que se sedentarizaran parcialmente. Impulsó la creación de centros indígenas repartidos por la selva y consiguió que el gobierno financiara una escuelita y un pequeño puesto de salud en cada uno, y consiguió que el grupo indígena que se iba a beneficiar de ello hiciera las tareas de limpiar un claro en medio de la selva y de mantenerlo. Incluso consiguió que el gobierno reconociera las tierras que tradicionalmente habían ocupado las diversas etnias con un título de propiedad genérico a nombre de la federación indígena. De esta manera, acabó temporalmente la ocupación de colonos en territorio shuar y achuara.

Este fue el primer cambio en la vida tradicional de los indígenas de la alta Amazonía ecuatoriana. Dejaron de ser nómadas selváticos para agruparse en función del territorio que tenía adjudicado cada centro: quietos eran más agradables y fáciles de controlar por parte del gobierno y de los misioneros. El llano que cada grupo había abierto en la espesura y donde el gobierno construyó humildes chozas de madera con tejado de zinc a modo de escuelas, se convirtió en el lugar de encuentro de los ‘socios’ que formaban cada centro. Habitualmente, los miembros de cada centro eran grupos de hermanos o de familiares próximos que así constituían una agrupación más allá de la consanguínea.

No es que tales centros en el interior de la jungla constituidos por la escuela y el punto de salud funcionaran bien desde el modelo de las prácticas habituales en Occidente, lo que se buscaba, pero cumplían una función clara en el inicio del proceso de occidentalización que ha durado tres generaciones. Muchas escuelas recibían 10 ó 15 alumnos de diversas edades atendidos por un único maestro que llegaba tras caminar varias horas por la selva. No había demasiado control ni sobre la calidad de la enseñanza ni sobre el horario que cumplía el docente, pero tales centros se convirtieron en un referente indígena y los muchachos, como mínimo, aprendían a descifrar las letras y las cuatro reglas de aritmética.

Fue entonces cuando empezó a haber discrepancias entre los propios indígenas. Mientras la mayoría de ellos aceptaba los beneficios del trato con Occidente al que llamaban ‘progreso’ y ‘civilización’ (misiones, escolarización, servicio médico, ropa, ONG’s diversas, pistas de aterrizaje de avionetas) otros indígenas eran partidarios de no aceptar nada de los blancos y de encerrarse más en sus territorios y tradiciones. A pesar de todo ello, en realidad hubo muy pocos indígenas que entendieron la idiosincrasia occidental. A primera vista, parece que los grupos locales se organizaban de forma asamblearia e igualitaria, pero en realidad el individuo más astuto seguía cazando más, sólo que ahora de las dádivas de los blancos. Hay excepciones, pero lo habitual aun hoy es que si un indígena es nombrado representante de su grupo, a la hora de negociar con el poder blanco intenta por todos los medios sacar beneficios para él en lugar de para el grupo, quiere vender al negociador la artesanía que ha hecho su esposa antes de sentarse a pactar en nombre de todos… De ahí que sea tan caótico negociar con el mundo indígena: cuando el dirigente de un organismo occidental ha conseguido llegar a un acuerdo con un representante indígena, no es inhabitual que a la siguiente reunión aparezca otro indígena con otros intereses personales y haya que volver a empezar.

Hace unos pocos años, y valga de ejemplo de cómo funciona la mentalidad del cazador, para ayudar a un anciano shuar con problemas de movilidad, convine con un amigo que financiaríamos una pequeña tienda de comestibles a la entrada de su casa que, a su vez, está en la entrada del poblado en el que vive el anciano. Todo perfecto. Encargamos los muebles, dirigimos el montaje de la tienda y llenamos las estanterías de productos para vender. Finalmente, le explicamos la mecánica del comercio —tenía vender lo que pusimos en su tiendecita para arrancar la actividad; con el dinero obtenido, compraría más comestibles para volver a vender, y se quedaría con un pequeño margen de beneficio— y abrió la tienda. Sucedió que las estanterías se iban vaciando sin reemplazar lo vendido. Le repetimos la manera de actuar y él, que no tiene nada de tonto, lo entendía bien pero las estanterías estaban cada día más vacías. ¿Qué sucedía? Que el anciano indígena abría la puerta de su casa-tienda a las 5 de la madrugada y cuando había vendido algo, cerraba, así fueran las 7 de la mañana, y con el dinero de lo poco vendido se iba al pueblo cercano a disfrutarlo hasta que se quedaba de nuevo con los bolsillos vacíos. Esa es la mentalidad del cazador nato.

A esto se suma el propio caos del hombre blanco. En un cierto momento, para poner otro ejemplo, un grupo indígena se sienta a negociar con los miembros de una orden de misioneros católicos que, desde su caritativa superioridad, les indican lo que tienen que hacer y lo que no si quieren recibir medicamentos, ropa y educación para sus hijos, y salvar su alma. Les guste o no, los indígenas lo entienden y aceptan: el hombre blanco quiere esto de nosotros, que vayamos a sus ritos religiosos, que no nos matemos, que llevemos nuestros hijos a su misión para que recen como ellos… A la semana siguiente, los indígenas reciben la visita un grupo de misioneros protestantes y las dan otras instrucciones diferentes sobre la conducta que deben tener, menospreciando a su vez a los católicos de la semana anterior. Días más tarde aterriza en su centro selvático un pequeño regimiento de policías que les dan otras órdenes seguidas de amenazas si no cumplen. Al cabo de unos días más, llegan los representantes de una empresa minera o de una petrolera y les ofrecen y exigen otros tratos, regalos y más amenazas. Luego aparecen los chicos de una ONG que les dan nuevas indicaciones, a menudo contrarias a las anteriores… Para los indígenas, todos son ‘hombre blanco’ ya que todos hablan en nombre de la civilización y del progreso ¿A quién hay que hacer caso ya que cada uno dice cosas distintas y hasta opuestas? El caos está garantizado.

 

—III—

 

Pasaron los años y el mundo indígena se adaptó a esta forma de vida, a llevar a sus hijos a las escuelas y a las misiones que se iban estableciendo en el seno del mundo selvático o andino. Siguieron cazando, pero mucho menos o nada. Entre otras cosas, porque los animales se iban retirando ante el avance del ruido del mundo occidental, los ríos se iban quedando estériles a causa de los detritus químicos de las madereras y de la minería y porque, un buen día, supieron de una nueva ley gubernamental que les prohibía tener carabinas de caza y hasta sus cerbatanas tradicionales. Ya no podrían cazar más. También se les prohibió usar barbasco para pescar. El barbasco es una raíz tuberosa que los shuar, quichuas y achuara machacaban y, desde tiempos inmemoriales, tiraban al río en aguas arremansadas para envenenar los peces y atraparlos sin dificultad. El barbasco aturdía a los peces y no causaba ninguna intoxicación en las personas que comían esos pescados. Al serles prohibido el uso natural y tradicional de barbasco, los indígenas han empezado a usar herbicidas industriales para envenenar los peces de los ríos y poderlos atrapar. ¿Resultado? Que ahora matan muchos más peces, intoxican las aguas y los propios indígenas resultan envenenados y con agudos dolores digestivos al comer los peces pescados con herbicidas.

Debido a las nuevas leyes y a la nueva medicina, la demografía se disparó y pronto ya no hubo territorios vírgenes donde instalarse. Los shuar y los achuara dejaron de ser los dueños e imbatibles señores de la selva. Un elevado porcentaje seguía viviendo dentro, pero los indígenas que podían empezaron a salir a trabajar fuera, aunque mantenían fuertes lazos con sus familiares del interior y, en todo caso, ahora estaban sometidos a las leyes de los blancos: ya no podían matarse para defender a lo suyos.

Llegó el cambio de milenio. Con él hubo un nuevo vuelco en la vida selvática que dio al traste definitivo con lo que quedaba de real en el mundo tradicional indígena. Los blancos del Ecuador habían votado un nuevo gobierno y éste, sin consultar a los indígenas, decidió eliminar las escuelitas y los pequeños puntos de salud repartidos por la selva, espacios que ya se habían convertido en el centro neurálgico de la vida indígena. El nuevo gobierno decidió construir grandes instituciones de educación infantil y grandes servicios de salud concentrados en unos pocos lugares. El progreso, decían… Esto obligó a los indígenas a abandonar de nuevo su estilo de vida. Los nuevos servicios del Estado están a horas, o a días, de camino de los centros selváticos donde vivían los indígenas desde hacía ya una o dos generaciones, y ahora es obligatorio escolarizar a los pequeños. Es una barbaridad, pero como resulta que el gobierno dedica fondos a la salud de los nativos y les construye escuelas según los estándares internacionales, y como resulta que los indígenas no saben ponerse de acuerdo para ofrecer propuestas consensuadas porque no es su mundo, todo parece estar bien. Excepto que está mal.

Este cambio impuesto hace una década obligó a los shuar, achuara y quechuas que aun vivían en la selva a dejar definitivamente sus territorios ancestrales y a vivir en los suburbios más lumpen de las pequeñas ciudades donde se construyeron los hospitales y las grandes escuelas masificadas para atender miles de niños. En algunos casos, estas grandes instalaciones gubernamentales incluso se han edificado en lugares apartados que resultan de difícil acceso para todos. Tanto absurdo junto es difícil de imaginar.

Este nuevo cambio del milenio llevó a los indígenas amazónicos a perder lo poco que les quedaba de sus valores tradicionales reales, y a aceptar los trabajos peor pagados y que nunca habían hecho para sobrevivir, básicamente como peones de la construcción ellos, y ellas…

Ahora son seres humanos que viven en la más inimaginable miseria, que han de pedir caridad para poder comer y para comprar los medicamentos que les recetan en los nuevos y modernos servicios de salud, puesto que los eficaces remedios naturales de la selva quedan demasiado lejos en muchos sentidos o han sido olvidados. Hay indígenas que reciben una pequeña paga del gobierno y, cuando cobran, acuden de inmediato a emborracharse hasta caer redondos al suelo. Olvidar, olvidar… el sinsentido de su vida actual.

Algún anciano que conozco, muy anciano, de los que se socializaron en sus valores originales y aún sobrevive, ha soportado este segundo proceso de desarraigo gracias a que ha podido permanecer en su casa de madera y a que los fuertes valores indígenas que asumió de pequeño aun le dan firmeza y estabilidad para mirar de frente. Además de ser ya muy anciano y no tener otra expectativa que esperar una buena muerte. Los más jóvenes no han tenido esta suerte.

Hace poco, uno de tantos indígenas forzados a vivir a la occidental, se acercó a un miembro de una ONG con quien había tenido algún trato, y abrumado por la tristeza y el dolor le pidió 20 dólares: “…para comprar un pequeño ataúd donde enterrar a mi hijito que acaba de morir. Se lo pido a usted porque no conozco a nadie más”.

 

—IV—

 

Pasa el tiempo, y ha cambiado de nuevo el gobierno del país. El equipo actual ha querido rectificar el etnocidio causado por el anterior, pero… ya es tarde. No se puede regresar a la situación de hace 20 años. Los indígenas lo han perdido todo ¿Dónde van a regresar? El gobierno, como señal de progreso, abrió carreteras por todas partes acabando con el aislamiento de muchas regiones de la selva, con la cacería, con la vida en los ríos.

Para redondear la situación, la propiedad comunitaria del territorio que protegía a los indígenas de la depredación inmobiliaria, y que, como mínimo y a regañadientes, les garantizada un espacio donde vivir, se empezó a derrumbar en los años 1990-2000. Las leyes cambiaron y hoy se permite a los indígenas vender individualmente sus terrenos, que ahora compran los colonos sin mayor problema. Ese es el final del final. He visto lugares que, tan solos dos décadas atrás, eran puro territorio shuar protegido por las leyes, y que hoy están habitados por mestizos incluso por extranjeros que han comprado esas tierras a los indígenas. El proceso es conocido: el indígena vende sus tierras porque necesita dinero, con ello puede llevar sus hijos al colegio pero se queda sin lugar donde vivir ni donde cultivar una simple huerta de subsistencia. Mientras el dinero le dura sobrevive en algún pueblo, pero falto de tradición en la gestión monetaria, va vaciando su billetera hasta que… se queda sin nada.

Demasiadas decisiones inhumanas —por usar un término educado— tomadas desde irresponsables despachos de irresponsables políticos y funcionarios del Estado, o de ONGs más interesadas en sobrevivir ellas que en ayudar a mejorar las cosas, aunque no todas funcionan así. En antropología lo denominamos etnocidio, aunque otros lo denominan progreso, proceso de modernización o acción políticamente correcta porque está dentro de lo establecido por la ley.

Y lo más grave —para mí—, es que con tanta vida artificial, falsa, virtual, arbitraria y estéril, tengo la sensación que la mayoría de la gente ha olvidado por completo qué implica la vida real, qué implica vivir con entusiasmo, qué implica estar comprometido con la existencia que nos ha sido dada y que el verdadero camino para lograr un mundo más armonioso exige el esfuerzo de todos. No estoy en contra del progreso, entre otras cosas porque el cambio es lo único permanente y porque, como antropólogo e historiador, sé perfectamente que todo cambio suele conllevar la destrucción del sistema vigente hasta el momento, pero me pregunto con frecuencia: “Progreso… sí, pero depende ¿De qué progreso hablamos?”.

No tengo demasiadas esperanzas a que dentro de otra generación haya el mínimo rastro del mundo, idiosincrasia y valores indígenas como los he conocido, o simplemente del mundo indígena más allá de algún elemento para turistas y vacío de contenido. A pesar de ello, sí confío en que estos pueblos sepan soportar el grave desarraigo y el sufrimiento actual y que puedan adaptarse a nuevas formas de vida occidentales. De momento, su herencia quedará en el uso de la ayahuasca que se ha extendido ya por todo Occidente y, aunque la mayoría de gente que consume ni saben el origen de esta mixtura visionaria y sanadora, el origen siempre permanece.

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Silvia Orozco Baena dice:

    Primero quiero felicitarte por tan maravilloso escrito.
    Es el resumen más “aterrizado” que leído acerca de la decadencia de la humanidad. Segundo; no soy antropóloga, pero si observadora; y me he dado cuenta que la cultura aboriginal, era nuestra verdadera civilización.
    Por alguna razón que desconozco, “alguien” decidió que la vida feliz que teníamos como indígenas debía desaparecer y a cambio nos implantó esta “vida” donde solo somos actores tristes de un drama que no disfrutamos.

  2. creoenlautopia dice:

    Penoso de verdad todo ésto. Luego se hacen películas como Avatar que básicamente relata, a su manera, todo lo que aquí explica Josep Maria, y triunfan de forma bestial, sin reparar nadie en que todo eso está pasando en el mundo real.
    Nos hemos desconectado tanto de las cosas que nos emocionamos más en el cine que fuera de él.

  3. Desde la distàcia experiemento l’anyorança d’una saviesa que no he pogut abastar.
    Moltes gràcies

  4. alejandero dice:

    esto esta orquestado por un sistema de control que quiere esclavos y quiere un planeta de turistas y consumidores donde unos poderosos se reparten los recursos y donde la consicienca esta dormida

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