¿Cómo morir libre y ligero? El último viaje de Aldous Huxley

¿CÓMO MORIR LIBRE Y LIGERO?

EL ÚLTIMO VIAJE DE ALDOUS HUXLEY

Dr. Josep Mª Fericgla

 

Aldous Huxley (1894–1963) está considerado uno de los novelistas y ensayistas más notables e inspirados del siglo XX. Obras como Un mundo feliz,Las puertas de la percepción, Cielo e infiernoo La isla, han dejado su huella imperecedera tratando de temas universales tan recurrentes como la condición humana, el saber, la libertad, el autoconocimiento y la felicidad, expresados a través del prisma que otorgan las sustancias enteógenas o visionarias y la sabiduría perenne.

En 1960, Huxley fue diagnosticado de cáncer de laringe y, poco a poco, su salud fue decayendo hasta que, en noviembre de 1963 y ya en su lecho de muerte, sabiéndose en los últimos momentos de vida, pidió a su esposa Laura que le administrara el famoso enteógeno LSD-25 por vía intravenosa, a lo que ella accedió.

Por su lado, el doctor Albert Hofmann, químicodescubridor de la LSDe íntimo amigo de A. Huxley, dio algunos detalles de la transición de Huxley en una tertulia organizada por la TVE, en 1992.

 

“Cuando estaba en el lecho de muerte -no hay que olvidar que padeció un cáncer muy doloroso- ya no era capaz de hablar, y escribió unas notas para que las leyera su mujer indicando «0,1 miligramos de LSD». Su mujer sabía lo que significaba. Le preparó la inyección y él murió en paz. Esta experiencia tenía algo de conmovedor porque, con este acto, Huxley mostraba que lo que él había descrito en su obra como un literato, como filósofo, era algo que él estaba dispuesto a vivir en su propia vida.”

 

Esta última apreciación de A. Hofmann ilustra la importancia de las circunstancias que rodearon el momento de la muerte de A. Huxley. Ante la proximidad del óbito, muchos buscan el alivio de las ideas cómodas y de las promesas de un más alláredentor, aún en contra de lo que profesaron y demostraron en vida. A. Huxley, en cambio, fue un psiconauta que vivió y murió en armonía con sus convicciones, murió libre y ligero.

Por su lado, Laura Huxley, violinista y segunda esposa de Huxley, escribió un libro entrañable sobre su vida con el escritor, (Este momento sin tiempo, Laura Archea Huxley, Ardora ed. 1999), y en otro escrito conmovedorrelató los días previos y el momento de la muerte de Aldous. Lo hizo en una carta que envió a su hermano Julian, documento que hasta ahora sólo estaba en inglés. Dada la indudable importancia que tiene un documento como este para la construcción de la cultura enteógena y como modelo de integridad humana, la reproducimos íntegramente.

6233 Mulholland Highway

Los Angeles 28, California
8 de diciembre de 1963

 

Queridos Julian y Juliette:

Hay tanto que quiero contaros sobre la última semana de vida de Aldous y particularmente sobre el último día. Lo que sucedió no sólo es importante para nosotros, sus cercanos y amados, sino que es casi una conclusión, aún mejor, una continuación de su propio trabajo. Por lo tanto, es de importancia para la gente en general.

Primero que todo debo confirmarte, con completa y subjetiva certeza, que Aldous no había considerado conscientemente que podría morir, hasta el día mismo que murió. Inconscientemente estaba todo allí y seréis capaces de verlo por vosotros mismos, porque tengo grabadas muchas de las observaciones de Aldous desde el 15 hasta el 22 de noviembre, y sé que deberíamos estar todos inmensamente agradecidos por estas cintas. Aldous nunca tuvo la voluntad de dejar de escribir, por lo tanto, dictaba o hacía notas en una grabadora. Usaba un dictógrafo solo que para leer poesía o pasajes de literatura; las escuchaba en sus momentos de quietud, por la noche, cuando estaba por irse a dormir. He tenido una grabadora por años y traté de usarla con él en varias oportunidades, pero era demasiado voluminosa, y particularmente ahora que siempre estábamos en la habitación. En la cama tenía tanto equipo de hospital a su alrededor (hablamos de comprar una pequeña, pero el mercado de aquí está inundado de grabadoras transistor y la mayoría son muy malas. No tuve tiempo de verlo y quedó como una de esas cosas, entre tantas otras, que íbamos a hacer).

Al comienzo de noviembre, cuando Aldous estaba en el hospital, fue mi cumpleaños, así que Jinny  echó un vistazo con detenimiento a todas las máquinas y me presentó la mejor, una pequeña y fácil de manejar, prácticamente imperceptible. Después de haber practicado con ella unos días, se la mostré a Aldous que estuvo muy complacido, y del 15 de noviembre en adelante la usamos un poco cada día grabando sus sueños y notas para futuros escritos.

El período del 15 al 22 de noviembre marcó, a mi parecer, un período de intensa actividad mental para Aldous. Habíamos disminuido poco a poco los tranquilizantes, había estado tomando cuatro veces al día una droga llamada Esperina que es análoga, según entiendo, a la Torazina. La disminuimos prácticamente a cero. Solo usamos analgésicos como Percodan y un poco de Amitol, y algo para la náusea. También tomó unas pocas inyecciones de 1/2 cc de Dilaudid, un derivado de la morfina que le produjo muchos sueños, algunos de los cuales los escucharán en la cinta. El doctor dice que es una pequeña ingesta de morfina.

Ahora, para retomar mi punto inicial, en estos sueños como también a veces en su conversación, parecía obvio y transparente que inconscientemente él sabía que iba a morir, pero ni una sola vez llegó a hablarlo conscientemente. Esto no tuvo nada que ver con la idea que sus amigos alegaban, de que quería evitar decírmelo. No era eso, porque Aldous nunca fue capaz de fingir, de decir una mentira, era constitucionalmente incapaz de mentir y si hubiese querido pasar de mí, podría haber hablado con Jinny.

Durante los últimos dos meses le di prácticamente a diario una oportunidad, una apertura para hablar sobre la muerte, y por supuesto esta apertura la podía tomar de dos formas: hacia la vida o hacia la muerte. Leímos todo el manual del doctor Leary basado en el Libro Tibetano de Los Muertos. Él pudo haber dicho, incluso bromeando «no olvides recordarme sus comentarios», en cambio solo se enfocó en la manera que el doctor Leary llevaba a cabo sus sesiones de LSD y como traía a la gente, que no estaba muerta, de vuelta aquí, a esta vida, después de la sesión. Es cierto que a veces dijo frases como: «Si logro salir de esto…», conectándolo con sus nuevas ideas para escribir, y se preguntaba cuándo y si tendría fuerzas para trabajar. Su mente estaba muy activa y parece que este Dilaudid estimuló una nueva capa que no había sido avivada en él con frecuencia.

La noche antes de morir -jueves por la noche- alrededor de las ocho de la noche, de repente, le vino una idea. «Cariño -dijo-, me parece que me estoy imponiendo sobre Jinny. Teniendo a alguien así de enfermo en casa con dos niños, es realmente una imposición». Jinny estaba fuera de casa en aquel momento, y le dije: «Bien, cuando regrese le contaré sobre esto, será para reírnos». «No -dijo él con inusual insistencia- deberíamos hacer algo al respecto». «Bueno -respondí con ligereza-.  De acuerdo, levántate, vamos a dar un paseo». «No -dijo él-, esto es serio. Debemos pensarlo. Todas estas enfermeras en casa… Lo que podríamos hacer es, podríamos alquilar otro departamento para este período. Solo por este período». Estaba muy claro lo que quería decir, estaba inequívocamente claro. Pensó que podría estar enfermo otras tres o cuatro semanas más, y luego podría volver y comenzar de nuevo su vida normal. El hecho de recomenzar su vida normal se dio bastante a menudo. En las últimas tres o cuatro semanas se quedó impactado varias veces por su debilidad, especialmente cuando se dio cuenta de cuánto había perdido y de cuánto le llevaría ser normal de nuevo.

Ese jueves por la noche había hecho énfasis con una inusual energía en mudarnos a otro departamento, pero unos minutos después y durante toda la tarde, sentí que caía en picado, estaba perdiendo terreno rápidamente. Comer le era imposible. Solo había tomado unas pocas cucharadas de líquido y de puré. De hecho, cada vez que tomaba algo le provocaba tos. El jueves por la noche llamé al Dr. Bernstein y le conté que el pulso era bastante alto: 140, tenía un poco de fiebre y toda la vibra era de inmanencia de muerte. Tanto la enfermera como el doctor dijeron que no pensaban que este fuera el caso, pero que, si así lo quería, el doctor podría venir a verlo esa noche. Entonces volví a la habitación de Aldous y decidimos darle una inyección de Dilaudid. Era alrededor de las nueve de la noche y se fue a dormir, por lo que le dije al doctor que viniera a la mañana siguiente. Aldous durmió más o menos hasta las dos de la madrugada y entonces recibió otra inyección. Lo vi otra vez a las seis y media de la mañana. De nuevo, sentí que la vida se le estaba yendo, algo estaba mal, más de lo usual aunque no sabía exactamente qué, y un poco más tarde envié un telegrama a ti, a Matthew, a Ellen y a mi hermana. Alrededor de las nueve de la mañana Aldous comenzó a estar agitado, incómodo y realmente desesperado. Quería que lo moviera todo el tiempo. Nada le venía bien. El Dr. Bernstein vino en ese momento y decidió aplicarle una inyección que ya le había dado antes, algo que se aplica de manera intravenosa muy lentamente. Lleva cinco minutos aplicar la inyección, y es una droga que dilata los tubos bronquiales de manera que la respiración sea más fácil.

La vez anterior, esta droga lo incomodó, debió haber sido tres viernes antes de ese día, cuando tuvo la crisis sobre la que te escribí, pero en aquel momento le ayudó. En esta ocasión fue terrible: no podía expresarse pero se sentía fatal, nada estaba bien, ninguna posición era la correcta. Intenté preguntarle qué le ocurría. Tuvo dificultad para hablar, pero logró decir: «Tan solo intentar decírtelo lo hace peor». Quería que lo moviera todo el tiempo –«Muéveme», «mueve mis piernas», «mueve mis brazos» «mis brazos», «mueve la cama». Tenía una de esas camas de hospital con botones que se movía hacia abajo y hacia arriba en la cabecera y los pies, e incesantemente lo tenía de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba apretando los botones. Hicimos esto de nuevo y de alguna manera pareció darle un poco de alivio, pero fue realmente muy poco.

De repente, debían ser las diez de la noche, que ya apenas podía hablar y dijo que quería una pizarra para escribir y, por primera, vez escribió: «Si muero» y dio una instrucción para su testamento. Yo sabía lo que quería decir. Como te conté, había firmado su testamento una semana antes. Y en este testamento había una transferencia de un seguro de vida de mí para Matthew. Habíamos hablado de conseguir estos papeles de la transferencia que la compañía de seguros recién había enviado y que, de hecho, habían llegado en un correo especial unos pocos minutos antes. Escribir era muy, muy difícil para él. Rosalind y el Dr. Bernstein estaban allí, intentando entender que es lo que quería. Le dije: «¿Quieres decir que quieres asegurarte de que el seguro de vida sea transferido de mí a Matthew?», a lo que Aldous respondió «Sí». Entonces le dije: «Los papeles para la transferencia acaban de llegar, si quieres firmarlos puedes hacerlo, pero no es necesario porque ya lo hiciste legal en tu testamento». Lanzó un suspiro de alivio por no tener que firmar.

«Si muero», esa era la primera vez que decía esto con respecto al AHORA. Supe y sentí que por vez primera estaba mirando este hecho de frente. Cerca de media hora antes yo había llamado a Sidney Cohen, un psiquiatra que ha sido uno de los líderes en el uso de la LSD, y le pregunté si alguna vez había dado LSD a un hombre en esta condición. Dijo que sólo lo había hecho dos veces, en uno de los casos había traído una especie de reconciliación con la muerte, y en el otro caso no había observado ninguna diferencia.

Le pregunté si me aconsejaba dársela a Aldous en su condición. Le conté como se lo había ofrecido varias veces en los últimos dos meses, y que él siempre dijo que esperaría hasta estar mejor para tomar el LSD. El Dr. Cohen dijo: «No lo sé, no lo creo ¿Tú qué piensas?», y yo respondí: «No lo sé, ¿Debería ofrecérsela?». Él siguió: «Yo se la ofrecería de una manera muy indirecta, sólo di ‘¿Qué piensas sobre tomar LSD de nuevo en algún momento?’». Esta vaga respuesta fue la común entre los pocos trabajadores en este campo a los cuales consulté: «¿Darías LSD in extremis?». LA ISLA es la única referencia de la que tengo conocimiento. Debo haber hablado con Sidney Cohen cuando eran cerca de las nueve y media. La condición de Aldous se había tornado físicamente tan dolorosa y oscura, y estaba tan agitado que no podía decir lo que necesitaba, y yo no podía entenderle.

En cierto momento, dijo algo que nadie ha podido explicarme, dijo: «¿Quién está comiendo de mi plato?». No supe lo que esto significaba y aún hoy no lo sé. Entonces le pregunté el sentido. Aldous logró hacer una mueca de sonrisa y dijo: «Oh, no importa, solo es una broma». Más tarde, sintiendo mi necesidad de hacer algo al respecto, de una manera agónica me dijo: «En este punto hay tan poco que compartir…». Entonces supe que sabía que se estaba yendo. Sin embargo, esta incapacidad para expresarse era solo muscular, su cerebro estaba claro y, de hecho, siento que estaba en un pico de actividad.No sé con exactitud qué hora era cunado pidió su pizarra y escribió: «Prueba LSD 100 intramuscular». A pesar de que como ves en la copia fotostática no estaba muy claro, sé que esto era lo que quería decir. Le pedí que lo confirmara y de repente algo se me hizo muy claro. Supe que estábamos juntos de nuevo después de estas tortuosas charlas de los últimos dos meses. Supe lo que había que hacer. Fui rápidamente hacia la alacena de la otra habitación, donde estaba el Dr. Bernstein, en la TV acababan de anunciar el asesinato de Kennedy. Tomé la LSD y dije: «Voy a ponerle una inyección de LSD, la ha pedido». El doctor tuvo un momento de agitación, ya conoces muy bien la molestia respecto a esta droga en la mente médica, y dijo: «De acuerdo, llegados a este punto ¿cuál es la diferencia?». Sin importar lo que hubiese dicho ninguna autoridad,ni siquiera un ejército de autoridades podría haberme detenido entonces, fui a la habitación de Aldous con la ampolla de LSD y preparé una jeringa. El doctor me preguntó si quería que le aplicase la inyección él, tal vez porque vio que mis manos estaban temblando. Su pregunta me hizo consciente de mis manos y respondí: «No, yo debo hacer esto». Me aquieté, y mientras le apliqué la inyección mis manos estuvieron firmes. Entonces, de alguna manera, llegó un gran alivio para ambos.

Creo que eran las once y veinte de la noche cuando le apliqué la inyección de 100 microgramos.

Me senté cerca de su cama y dije: «Cariño, tal vez en un rato tomaré LSD contigo. ¿Te gustaría que tomará también en un rato?». Dije un rato porque no tenía idea de cuándo debería o podría tomarla. De hecho, a día de hoy aun no he podido tomar por las condiciones de mi entorno. Aldous me dijo: «Sí». Debemos recordar que para entonces hablaba muy poco. Entonces le pregunté: «¿Te gustaría que también Matthew tomara LSD contigo?», y dijo que sí, «¿Y qué tal Ellen?», «Sí». Mencioné dos o tres personas más que habían estado trabajando con LSD y él dijo: «No, no, basta, basta». Entonces le dije: «¿Qué te parece Jinny?», y él dijo: «Sí», con énfasis. Estuvimos en silencio. Únicamente me senté allí en silencio por un rato. Aldous no estaba tan agitado físicamente. De alguna manera, sentí que él sabía, que ambos sabíamos lo que estábamos haciendo, y esto siempre ha sido un gran alivio para Aldous.

Lo he visto muy molesto por momentos durante su enfermedad hasta que supo qué iba a hacer. Incluso si era una operación o unos rayos X, cambiaba drásticamente. Lo embargaba una enorme sensación de alivio, y no se preocupaba en absoluto al respecto, decía: «Hagámoslo, vayamos a por ello» y se sentía un hombre liberado. Ahora tenía la misma sensación, una decisión había sido tomada, él tomó la decisión rápidamente. De repente, había aceptado el hecho de la muerte, había tomado moksha, la medicina en la cual creía. Estaba haciendo lo que él había escrito en LA ISLA, y yo tenía la sensación de que estaba interesado, aliviado y tranquilo.

Pasada media hora, la expresión de su cara comenzó a cambiar un poco. Le pregunté si sentía el efecto de la LSD, y dijo que no. Sin embargo, creo que algo había comenzado a pasar. Esa era una de las características de Aldous: siempre retrasaba el reconocer el efecto de alguna medicina, incluso cuando el efecto estaba ahí con certeza; a menos que el efecto fuera muy, muy fuerte decía que no. La expresión de su rostro comenzaba a parecerse a las otras veces en que había tomado la medicina moksha, cuando le venía esta expresión de completa dicha y amor. Ese no era el caso ahora, pero hubo un cambio en comparación a como había estado su rostro dos horas antes. Dejé pasar otra media hora, y decidí aplicarle otros 100 mg. Le dije que lo iba a hacer y él accedió. Le apliqué otra inyección y comencé a hablarle. Para entonces, estaba bastante tranquilo y sus piernas se estaban enfriando, se podían ver las zonas cianóticas color púrpura subiendo cada vez más. Comencé a hablarle, diciendo: «Libre y ligero». Algunas de estas palabras se las estuve diciendo las últimas semanas por la noche antes de dormir, y ahora lo decía con más convicción, de manera más intensa.

«Ve, ve, suéltate cariño, adelante y hacia arriba. Estás yendo hacia adelante y arriba, estás yendo hacia la luz. Voluntaria y conscientemente estás yendo, voluntaria y conscientemente, y estás haciendo esto de manera hermosa. Estás haciendo esto de una manera tan hermosa –vas hacia la luz, estás yendo hacia un amor mayor, vas hacia adelante y arriba. Es tan fácil, es tan hermoso. Lo estás haciendo de una manera tan hermosa, tan sencilla. Libre y ligero. Hacia adelante y hacia arriba. Vas hacia el amor de María, con mi amor. Vas hacia un amor más grande, más grande que cualquiera que hayas conocido. Estás yendo hacia lo mejor, al amor más grande y es sencillo, es tan sencillo y lo estás haciendo de una manera tan hermosa».

Creo haber comenzado a hablarle, debe haber sido alrededor de la una o dos de la mañana. Me era muy difícil controlar el paso del tiempo. La enfermera estaba en la habitación, al igual que Rosalind, Jinny y dos médicos, el Dr. Knight y el Dr. Cutler. Estaban un poco alejados de la cama. Yo estaba cerca de sus oídos y espero haber hablado de manera clara y que lo haya comprendido. Le pregunté una vez: «¿Me escuchas?», y apretó mi mano. Me estaba escuchando. Estuve tentada a hacer preguntas, pero por la mañana me había rogado que no hiciera más preguntas, y la sensación general era que todo estaba bien. No me atreví a preguntar, ni a perturbarlo y esa fue la única pregunta que hice. Tal vez debí haber hecho más preguntas, pero no lo hice.

Más tarde, repetí la misma pregunta, pero la mano ya no se movió. Ahora, desde las dos de la madrugada hasta el momento en que murió, que fue a las cinco y veinte, hubo completa paz excepto por un momento. Eso debe haber sido alrededor de las tres y media o cuatro de la madrugada, cuando vi el principio de la lucha en su labio inferior. Su labio inferior comenzó a moverse como si forcejeara por el aire. Entonces di las instrucciones, ahora incluso con más fuerza: «Es sencillo y lo estás haciendo de una manera hermosa, voluntaria y conscientemente, en completa consciencia, en completa consciencia, cariño, estás yendo hacia la luz». Y repetí estas palabras u otras similares durante las siguientes tres o cuatro horas. De vez en cuando, me sobrepasaban mis propias emociones. Cuando sucedía me iba de la cama dos o tres minutos y regresaba cuando podía dejar de lado mis emociones. La contracción de su labio inferior duró sólo un poco, y pareció responder completamente a lo que le estaba diciendo. «Tranquilo, relajado, estás haciendo esto voluntariamente, consciente y de manera hermosa, estás yendo hacia adelante y arriba, libre y ligero, hacia adelante y arriba hacia la luz, hacia la luz y hacia el completo amor».La contracción de labio cesó, la respiración se tornó cada vez más lenta, no había el más absoluto indicio de contracción ni de lucha. Simplemente la respiración se tornó cada vez más y más lenta, y a las cinco y veinte la respiración se detuvo.

En la mañana anterior, me habían advertido que tal vez podrían haber unas convulsiones perturbadoras hacia el final o alguna clase de contracción en los pulmones, y ruidos. La gente había estado intentando prepararme para las horribles reacciones físicas que probablemente ocurrirían. Nada de eso sucedió. De hecho, el cese de la respiración en absoluto fue un drama, porque sucedió de una manera tan lenta y tan suave, como una pieza musical acabando en un sempre piu piano dolcemente. Tuve la sensación de que la última hora de respiración era solo el reflejo condicionado del cuerpo que había estado acostumbrado a hacer esto los últimos 69 años, millones y millones de veces. No hubo la sensación de que, con el último aliento, el espíritu se hubiera ido. Se había estado yendo suavemente durante las últimas cuatro horas. En la habitación, durante las últimas cuatro horas estuvieron dos doctores, Jinny, la enfermera, Rosalind Roger Gopal, ya sabes que ella es gran amiga de Krishnamurti, y la directora del colegio en Ojai por el que Aldous hizo tanto. No parecieron haber escuchado lo que yo estaba diciendo. Pensé que había estado hablando lo suficientemente alto, pero ellos dijeron que no escucharon nada. Rosalind y Jinny, de vez en cuanto se acercaban a la cama y cogían la mano de Aldous.Estas cinco personas dijeron que fue la muerte más serena y más hermosa imaginable. Ambos doctores y la enfermera comentaron que nunca habían visto a una persona en similares condiciones físicas, irse sin dolor y sin lucha.

Nunca sabremos si todo esto es real o si no son más que nuestras ilusiones, pero ciertamente todos los indicios externos y la sensación interna indican que fue hermoso, pacífico y sencillo.

Ahora, después de haber estado estos días sola y menos bombardeada por los sentimientos de otras personas, se me hace cada vez más claro el significado de este último día, y cada vez más importante. Aldous estuvo, creo yo -ciertamente, yo sí que lo estuve- consternado por el hecho de que lo que escribió en LA ISLA no fuera tomado seriamente. Fue tomada como una obra de ciencia ficción, cuando no lo era porque cada una de las maneras de vivir que describía en LA ISLAno era producto de su fantasía, sino algo que había sido llevado a cabo en algunos lugares y a veces hasta en nuestra vida diaria. Si se llegase a saber la manera en la que Aldous murió, podría despertar en las personas la consciencia de que, no solo éste, sino otros hechos descritos enLA ISLA son posibles, aquí y ahora. Ver a Aldous preguntando por la medicina mokshaen su lecho de muerte es una confirmación de su obra, y como tal no solo es de importancia para nosotros sino para todo el mundo. Ciertamente, algunas personas dirán que fue un drogadicto toda su vida y que acabó como uno más, pero también lo ha sido a lo largo de la historia el hecho de que los Huxleys detienen la ignorancia, antes de que la ignorancia logre detener a los Huxleys.

Incluso después de nuestra correspondencia sobre el tema, tuve muchas dudas sobre contarle a Aldous sobre su condición. No parecía justo que, después de todo lo que había escrito y hablado sobre la muerte, le hubiese dejado marcharse sin saberlo. Y él tenía plena confianza en mí. Puede que haya dado por sentado que se le acercaba la muerte y que, aunque yo no se lo hubiera dicho, él sabía que lo ayudaría. Es por ello que mi alivio, tras su repentino despertar y su rápido ajuste a la situación, es inmenso. ¿No sentís vosotros lo mismo? ¿Debe su forma de morir quedar para nosotros, solo para nuestro alivio y consolación? ¿O deberían beneficiarse de esto también otras personas? ¿Cómo lo sentís?

 

Esta carta familiar de Laura Huxley revela el proceso y el momento de la muerte del genial escritor, y no solo muestra la imperturbable integridad de su esposo, sino que, y esto añade un valor universal, muestra el camino para dejarse llevar por la muerte. Dicho a través de diferentes simbolismos culturales, las grandes religiones occidentales y orientales afirman una misma realidad: en el momento de morir debemos estar serenos, no dejarnos atrapar por ninguna emoción ni recuerdo, debemos sentirnos en paz con el mundo y con nosotros mismos, estado al que el cristianismo denomina en Gracia de Dios, y caminar ligeros hacia la luz, hacia el Nirvana, Yanna, Shangri-La o Paraíso, depende de la tradición.

 

 

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