El mundo de la insubstancialidad

EL MUNDO DE LA INSUBSTANCIALIDAD

Dr. Josep Mª Fericgla
Societat d’Etnopsicologia Aplicada
Fundació J.Mª Fericgla
2-I-2019

Existe un mundo, a menos de mil kilómetros de aquí, marcado por la insubstancialidad. Es un mundo insípido donde las cosas carecen de intensidad y de sabor, o lo tienen en muy poca medida. Y no solo la comida es incolora, sino que también la gente es aburrida, ñoña y sin presencia, carece de integridad y de temple, esas maravillosas capacidades humanas que tanto cultivaban los pueblos indígenas a los que esta misma gente insubstancial admira e idealiza, a la vez que aplaude al ver cómo van siendo domesticados y reducidos a mera atracción de feria para entretenimiento turístico de ese mismo mundo insubstancial.

Es un mundo donde la mayor parte de la gente, así como la casi totalidad de sus conversaciones, de las cosas que hacen y, en especial, del cómo las hacen, carece de interés  –a menos que uno tenga curiosidad como antropólogo o como psiquiatra. Podríamos decir que, en muchos casos, son actitudes pueriles y hasta necias. Es un mundo anodino donde, con alguna escasa excepción, incluso las conferencias doctas y los discursos políticos más elevados son mera charlatanería, ruido de palabras vacías envueltas en una nube de apatía, de zampoñacomo dicen los castellanos.

Tal vez, lo que más caracteriza este mundo insubstancial que está a menos de mil kilómetros de aquí, es que la gente no se compromete con eso que llaman «sus valores». Prometen cosas que no cumplen y no se sienten mal por ello, incluso se ríen de sus debilidades. Dicen apreciar y defender algunos valores como, por ejemplo, solidaridad, igualdad, espiritualidad, belleza, armonía, justicia y paz pero a la hora de la acción están mucho más ocupados en el champú embellecedor de su cabello, en divertirse fácilmente el fin de semana o en buscar una prenda de vestir en las rebajas de los grandes almacenes  –llenos de productos para papanatas–, se preocupan más de este tipo de cosas que de hacer las cosas bien o defender «sus valores».

En este mundo de insignificancia, la gente quiere hacer y decir lo que le da la gana, y además espera que los demás los aplaudan. Por eso son tan suspicaces y se ofenden a la mínima que no les gusta algo, pero tampoco llegan a hacer nada para evitarlo ya que su deporte habitual es el quejumbreo en grupo o en solitario, no la acción reparadora.

La mayor parte de objetos y de experiencias que tanto valoran los insubstanciales –y por las que pagan mucho– son meras imitaciones. Es el mundo del «como si fuera… pero no», nada es real. Una puerta parece de recia y sólida madera de roble americano, pero cuando se la golpea uno descubre que es plástico vacío imitando madera; aquella bebida de moda que se anuncia como «naturalmente refrescante», pero si uno la cata verifica que es agua de grifo radiada, llena de edulcorantes y que, además de no refrescar, deja en la boca un pegajoso sabor de aspartamo que incita a consumir otra botella de lo mismo; las relaciones humanas también son del tipo «como si fuera… pero no», no son reales. Uno llama amigo a alguien conocido por internet del que no se sabe más que lo que quiere mostrar en la pantalla, otra plaga que nutre la insubstancialidad. La gente recibe información a través de las redes sociales, es una información que parece de suma importancia, y así reaccionan los simples, pero en muchos casos es algo solo válido en el momento y, aun así, sin importancia, pero que empuja a ignorar la profundidad y la temporalidad de la vida. En la sociedad de los insubstanciales todo parece tener importancia si aparece en la pantallita del mero instante, perdiéndose de vista que las situaciones, los objetos y los conocimientos tienen una historia y que surgen de un origen que se debe conocer para poderlos evaluar y valorar en toda su profundidad e importancia. El peso de la Historia que da profundidad y enraíza la vida, se ha volatizado. No obstante, no viven en un presente consciente, como propugnan las grandes tradiciones sagradas, sino que vuelan de una nube de fantasía vacía a otra. Incluso, muchos insubstanciales, practican algo parecido a la meditación milenaria, solo que la han rebautizado como mindfullness porque en inglés suena mejor (no olvidemos la frivolidad que acompaña la insubstancialidad) aunque también es algo banal por lo que meditar, orar o hacer yoga, en lugar de hundirlos saludablemente en la realidad, les alimenta el narcisismo y las vanas ilusiones. Sí, hay numerosos sujetos que se hacen denominar psicoterapeutas, guías espirituales, o asesores personales  –de nuevo rebautizado con un término anglo, coaching– que son tan superficiales como sus clientes o pacientes.   

En estos ámbitos de la insubstancialidad, hay quien se atreve a usar vocablos y frases de gran calado, como “sagrado”, “divinidad”, “arquetipos” o “trascendencia”, pero hay algo que chirría en el oído interno cuando estas palabras son pronunciadas o escritas por la gente pueril. ¿Por qué pierden su enorme peso si suenan igual? Podría alargarme en este punto, pero lo principal es que son palabras con varios niveles de contenido y captarlos depende del contexto, de la sensibilidad de la persona y del tono con que son pronunciadas. Exacto, por factores informales que escapan a los necios. No transmite lo mismo, por ejemplo, decirle a alguien lentamente y en voz tenue acompañada de una respiración profunda, «te amo», mirando a la persona amada a los ojos, que decírselo con el tono, velocidad y textura de voz de un presentador radiofónico de noticias deportivas. Eso es lo que sucede con los insubstanciales cuando se atreven a usar tales vocablos. Por otro lado, está el factor temporalidad. Las palabras y los pensamientos importantes solo pueden ser usados en el momento adecuado para transmitir su contenido solemne; fuera de él pierden sentido. Es lo que sucede con la gente simple cuando aprende de memoria frases o aforismos que suenan a algo profundo, pero que los sueltan fuera del tiempo adecuado. Se nota a la legua que son un caso más del «como si… pero no». Sucede porque, entre otras cosas, la gente insubstancial casi nunca está en el presente, vive fuera del tiempo real, está con la mente y el corazón en el futuro o en el pasado, en la irrealidad, nunca en el presente que es lo único que existe. A ello se debe, en buena parte, que sus conversaciones carezcan de interés: no versan sobre nada real y suelen repetir lo mismo una y otra vez. Total…

Esta sociedad valora como una gran cosa lo que llaman experiencias. El mercado se llena de productos anunciados como fuente de experiencias excepcionales: “conducir este coche te producirá una experiencia incomparable”, “esta chaqueta es para ti, experimenta ser alguien único”, “suscríbete a tal revista de viajes y te sentirás en los lugares que muestran las fotos”. Lo que ocurre es que tales experiencias son tan insubstanciales como la gente que paga por ellas; son aburrimientos programados, algo así como un “picotear con final seguro”, sin el menor interés real.

La vida en esta sociedad es como las películas norteamericanas: a los diez minutos se adivina como acabará la película, por eso son tan aburridas.

En el mundo insubstancial no hay el menor espacio para la aventura real, ya que la vida real implica riesgo, azar, incertidumbre y dificultades reales a las que vencer con esfuerzo real. La vida real implica ponerse en manos de los hados y, con ello, poner en juego la vida misma. La gente insubstancial nunca pone en juego su vida en defensa de «sus valores», entre otras cosas porque sus Estados se lo prohíben y ellos obedecen. Por ello, su existencia es similar a la de una simple carpa de acuario ya que, como lo interesante y lo profundo de la vida de los humanos está en relación directa con lo que arriesgan, resulta que cuánto menos arriesgan más apatía e insignificancia inunda su paso por el mundo. 

Estos vanos sujetos compran experiencias de todo tipo, desde aventuras exóticas hasta visiones místicas, y han convertido el mundo entero en un vulgar y trivial supermercado de sensaciones y de creencias fáciles con final tosco y previsible. La gente insípida busca «comprar experiencias», no «tener vivencias». Y dado que lo que nos acerca a la trascendencia, a Dios si uno es creyente, son las vivencias y no las experiencias, se quedan en la mera superficie creyendo que están sondeando las inmensas profundidades de la existencia, pero, como dice mi buen amigo Pep Bernadas: «Hay mucha gente con aspecto de estar de vuelta de todo, que aún no han ido a ninguna parte».

La única emoción real que vive la gente insubstancial es el miedo. Por eso, los gobiernos les manejan dócilmente a través del miedo. Tienen miedo de casi todo: de no quedar bien ante los demás, de que les roben, del castigo que las leyes imponen para casi todo lo que implica actuar libremente, de las enfermedades más nimias y del dolor físico –ante el dolor moral y espiritual están insensibilizados: forma parte de la insubstancialidad–. Tienen miedo a vivir y a morir, a amar sin límites, a la independencia y al compromiso real. Por ello, casi todo lo tienen asegurado en unas compañías que les cobran para mantenerles en la más absoluta insubstancialidad e irresponsabilidad: aseguran sus casas, su salud, sus propiedades, sus viajes, su trabajo, sus pretendidas experiencias, su cuerpo y su cabello, su vida y su alma tras la muerte. Así es como, si bien la irresponsabilidad forma parte fundamental del mundo de los insubstanciales, a menudo cumplen lo pactado por miedo. Parecen responsables, pero no. Actúan por miedo, no por sentido del compromiso adquirido.

Otra de las características del mundo trivial es la tensión. La tensión, la sonrisa vacía y el ruido constante. La gente sobrevive en permanente tensión, sin tener consciencia de ello ni del enorme dispendio energético que supone para sus cuerpos y sus almas. A falta de fuerza interior, se sostienen por la tensión periférica. Son como árboles que carecen de cuerpo leñoso en el interior del tronco, de los haces leñosos que los hacen fibrosos, flexibles y resistentes para sostener tormentas, a la vez que les nutre desde las raíces más profundas hasta el extremo de las hojas más altas. La gente insubstancial es como un bosque de árboles que solo tienen corteza y es la mera corteza lo que los sostiene. De ahí la permanente tensión porque no hay fuerza interior. Son como esculturas vacías de hojalata que pueden parecer sólidas vistas desde fuera pero que al menor golpe se abollan.

Por ello la gente insubstancial busca ambientes ruidosos, incluso cuando quieren conversar, para tapar su vacío interior. El silencio les resulta excesivamente difícil de sostener porque pone en evidencia su tensión y su falta de contenido, y para disimularlo, además del ruido constante, mantienen una sonrisa casi permanente en sus labios. Parecen amables con todo el mundo, pero no es una amabilidad real, solo hay que rascarles un poco la corteza para que se sientan ofendidos y se olviden de su sonrisa. Esta mueca permanente que imita las sonrisas solo es una defensa para evitar que les confronten, y así poder permanecer en su sopor vital permanente. Por eso, en casos extremos, esa gente incluso emite una risita vacía y compulsiva tras cada frase que pronuncia: es un conocido mecanismo para aligerar la tensión excesiva. Sí, son mecanismos naturales de autorregulación: cuando una persona está baja de energía vital se recarga bostezando, y cuando sufre un exceso de tensión la descarga riendo.   

Los habitantes de este mundo viven dormidos, aunque actúan como si estuvieran despiertos y fueran conscientes de sus actos. Pero no lo son. Su existencia transcurre en un balancearse en los hábitos más insubstanciales, bañados en el humo de la marihuana, en el brillo mortífero del alcohol, en las drogas que usan a diario para poder dormir sin soñar y, especialmente, en los mensajes e imágenes que les llegan a través de las pantallitas que llenan sus vidas: teléfono móvil, tablet, ordenador, televisión…

A menudo, se les puede observar sentados al lado de aquellos a los que llaman “sus amigos” o “su pareja”, en silencio y cada uno mirando y escuchando su teléfono móvil, totalmente desconectado de la realidad contextual en la que están ellos y sus amigos. Curiosamente, la gente insubstancial llama “estar conectado” a centrar toda su atención y su vida al mundo virtual que aparece en la pantallita que sostiene delante de sus ojos, cuando, en realidad, eso es estar “desconectado” de la realidad física, emocional, sensorial y social en la que viven.

Hay muchas más características del mundo insubstancial que podría ir desgranando. Por ejemplo, que denominan “amor” a la mera dependencia emocional o sexual; que crean compañías a las que llaman ONGs, a través de las que pretendidamente ayudan a los necesitados del mundo, si bien en la mayor parte de los casos, el 80% o más del dinero que los simples y los Estados dan a estas ONGs se queda en la propia entidad, con lo que, en realidad, se trata de estrategias para generar puestos laborales entre los propios insubstanciales y, a la vez, calmarse si quedaba alguna mala consciencia de verse viviendo en la opulencia sabiendo que más de la mitad de la humanidad sufre verdadera hambre a pesar de la sobreproducción de alimentos, alimentos que se incineran por miles de toneladas cada año para mantener el precio de mercado. Otra característica de este mundo que está a menos de mil kilómetros de aquí, es que, con sorprendente frecuencia, la gente apoya a candidatos políticos que, si consiguen las riendas del poder, les quitan pedazos de libertad, les exigen pagar más impuestos, y les recortan derechos sociales y laborales que sus ancestros habían tardado varias generaciones de lucha social para conseguirlos. Es completamente absurdo apoyar a tu propio carcelero, pero así funcionan esos pobres humanos. Es decir, carecen de la menor capacidad para agradecer lo que han recibido y para esforzarse por aumentar su libertad y su bienestar colectivo.

El consumismo extremado es la filosofía  –si es que se puede denominar así– que domina cada rincón de la vida de los insubstanciales y esperan a que todo les baje del cielo sin esforzarse, con solo pagar. Por ejemplo, no tienen la menor idea del esfuerzo humano que hay detrás de algo tan aparentemente simple como abrir un grifo y que mane agua limpia y potable en la cocina de casa. Solo saben que una garrafa de cinco o diez litros de agua natural les cuesta una cantidad nimia de dinero en el supermercado de la esquina e ignoran que, de toda el agua de la Tierra, solo el 0,025% es potable, y tal ignorancia buscada les permite malgastar este precioso y escaso elemento vital sin mayor consideración.

Este mundo insubstancial, patoso e insulso no está lejos. Lo veo a diario a mi alrededor y me pregunto si habrá alguna salida a todo ello. No voy a caer en la falsa idea de que “todo lo pasado fue mejor”, hay evidencias objetivas de que no es así, y en mi propia historia personal no volvería atrás. Me refiero al océano de miedo, apatía, tontería, infantilismo e irresponsabilidad que me envuelve y me ahoga. Me refiero a la evaporación de unos límites sensatos que ordenen la existencia de forma sana, y a la ausencia de los dos sentidos más importantes: el sentido común y el sentido del humor.

Desarrollar una cierta sensatez, armonía y hondura vitales depende, a grandes rasgos, de la educación que recibimos y del ambiente que nos rodea. A su vez, la educación y el proceso de socialización dependen, en parte, de los planes de cada gobierno para su país, y el gobierno es elegido por la masa de votantes que, a su vez, constituye la casi totalidad del mundo insubstancial que me rodea. ¿Por donde empezar?

Esta observación y reflexión no son nuevas. En alguno de los lúcidos escritos que nos dejó L. A. Séneca, hace dos mil años, aconsejaba que «si quieres ser feliz y no sabes cómo, observa hacia dónde va la masa y tú ves en dirección contraria», citado de memoria. 

Tal vez sea la única vía, alejarme de los insubstanciales para que no me atosiguen pero, para ello, no voy a encerrarme en una cueva porque quisiera aportar algo de útil y dejar el mundo un poquito mejor de como lo he encontrado. Solo un poquito, mi presupuesto tampoco da para más. En todo caso, la desesperanza es uno de los peores enemigos de la humanidad y no voy a permitir que me atrape, cada día sale de nuevo el sol y lo aprovecharé.  

Quisiera proponer alguna salida a la insubstancialidad –o tal vez debería decir «alguna curación»– que despertara la sonrisa pero no se me ocurre nada heroico, eficaz ni realista. He aprendido que por mucho que se piense algo maduro, los memos tienen una incomparable habilidad para transformarlo dentro de sus cabezas en una nueva estupidez de consumo, e incluso pueden atacar a quien les proponga la mejora. La mayor esperanza es que los pueriles lleguen a entender la profundidad de que «no hay más que lo que hay» y maduren. Con eso, tan aparentemente simple, tal vez mejoraría el mundo.   

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