Carneros azules del Himalaya y seres humanos

CARNEROS AZULES DEL HIMALAYA
Y SERES HUMANOS

Josep Mª Fericgla
Dr. en Antropología social y cultural
Fundació J.MªF. – Societat Etnopsicologia Aplicada

I.

Desde luego que, hablando en términos generales y visto desde una distancia razonable, los mamíferos son animales maravillosos y bellos por su armoniosa manera de moverse, y por la portentosa perfección y eficacia que encarnan en la cadena evolutiva.

Unos, por ejemplo los carneros azules del Himalaya, se han adaptado a transformar la minúscula y desaborida hierba de alta montaña de la que se alimentan a 5.000 metros de altitud, en la fuente casi única de energía para su compleja existencia. Comiendo la escasa y casi seca vegetación que ramonean al día, consiguen sobrevivir y transformarla en pelo protector, en grasa, huesos, enormes cuernos y músculos, consiguen caminar muchos kilómetros diarios, resistir cómodamente el frío de las gélidas nieves del Himalaya y hasta reproducirse. Desde el punto de vista biológico es hermoso y admirable ver hasta dónde ha llegado la evolución de esta obra del Creador.

Visto desde un nivel espiritual un poquito más elevado –aunque sin perder de vista el meramente biológico–, uno siente tanta tristeza al ver los carneros azules como al ver las vacas suizas o los humanos de cualquier parte. Todos ellos son esclavos dominados por sus instintos ciegos y sus hábitos mecánicos. Ningún carnero puede escapar de las inexorables cadenas que son los instintos que marcan su existencia. Ya sabemos como es su vida: huyendo de los depredadores todo el invierno; llega la primavera, se activan las hormonas sexuales, los machos empiezan a golpearse la cabeza unos a otros sin compasión hasta que el macho dominante derrota al resto y monta a los carneros hembra, que se ponen en posición adecuada y levantan la colita para abrir paso y facilitar la penetración del macho dominante de la temporada.

Si habláramos el agudo idioma de los carneros azules, gchí, gchí, gchí…descubriríamos que los machos están seguros de tener numerosos «motivos personales» para descalabrarse entre ellos, y que están ofendidísimos los unos con los otros por vete a saber que motivo. Cada carnero macho tiene su razón, que siempre es importantísima, para dar cornadas al vecino. Jamás encontraríamos un carnero azul que se contara su propia historia y nos dijera algo así: «No sé que me pasa. Cuando llega cada primavera dentro de mí se despierta una necesidad imparable de levantarme sobre las patas traseras y descargar mi fuerza contra los demás machos. Sé que lo hago, pero no quisiera seguir así porque me duele y hago daño a mis hermanos, simplemente me sucedey no puedo hacer nada para evitarlo». Jamás lo encontraremos.

Algo similar se observa entre los perros doméstico. El comportamiento es ligeramente distinto y hasta parece haber una selección consciente de pareja, un tierno enamoramiento primaveral entre la perra en celo y el macho canino que, tras competir con los demás perros, la monta. Simplemente, hay una relativa selección por parte de la hembra en celo del macho que unirá sus espermatozoides con sus óvulos, como pasa entre los carneros y entre los humanos. Desde luego que la especie canina actúa de manera diferente a la de los carneros azules del Himalaya y no se golpean con sus tremendos cuernos porque no tienen –sería muy extraño ver dos perros dándose cabezazos– pero los machos caninos se muerden con sus colmillos y son igual y totalmente esclavos de su naturaleza instintiva.

De ahí que, conociendo sus engranajes y sus automatismos, sea tan simple conducir una manada de carneros, de vacas o un perro hacia el lugar que el pastor desea. Y los animales lo siguen con total entrega y felicidad. Hasta podríamos decir que, desde su nivel de consciencia, se sienten libres en sus decisiones. Es probable que las vacas se sientan felices cuando las sacan en grupo a pasear con el camión… para llevarlas al matadero.

Entre los humanos, la mecanicidad es similar. Más compleja porque hay más piezas en el autómata, pero no por ello deja de ser un mero automatismo  –o un mero,  a secas. Esta es la tragedia y la grandeza del ser humano. La tragedia es que la humanidad repite una y otra vez los mismos patrones destructivos de conducta ciega e irracional. Son como carneros bípedos.

La muchacha que ha tenido un padre que, vamos a suponer, la ha maltratado y la ha manipulado emocionalmente, es casi seguro que de mujer buscará y se abrirá de piernas ante hombres maltratadores y mentirosos. Luego lo sufrirá, se quejará, puede ser que llegue a tomar consciencia momentánea de su forma de escoger pareja y de cómo ella misma es la causa de su dolor. Tal vez llegue a contarse su propia historia, a buscar un psicoterapeuta o un entrenador personal que la ayude a escapar de este patrón destructivo pero, casi inevitablemente, una vez pasado el dolor del maltrato y haya respirado un poco de aire libre y de calma, caerá de nuevo en el mismo automatismo repitiendo comportamientos. Buscará un hombre que la maltrate y se unirá a él, hasta que el propio dolor le haga levantar de nuevo la cabeza de la situación neurótica que ella misma ha buscado, la empuje a explicarse de nuevo su propia historia… Y así irá repitiendo el recorrido por esta cadena, una y otra vez, sin salir del círculo. Se han hecho varias películas y se han escrito numerosas novelas con este argumento de fondo.

Supongamos que esta vez es un chico que tiene una madre rígida, fría y exigente, una madre que no le da el afecto y la ternura que necesitamos de pequeños para crecer relajada y armoniosamente. Resulta que la madre del muchacho  –sin poder hacer otra cosa porque ésta es su ciega mecanicidad–, no lo miracomo a un ser humano con una esencia individual sino que solo lo usa para quedar bien delante de vecinas y amigas  –ya que lo que necesita la madre es aprobación social. Me refiero a eso tan típico de: «¿Habéis visto qué elegante viste MI hijo y qué bien educado que es MI hijo? Porque YO lo visto y YO le educo ¡A ver niño, saluda a la vecina! Dale un beso como TU MAMÁ te ha enseñado que hacen los niños educados». Por otro lado, el padre se pasa el día trabajando fuera y cuando llega por la noche a casa no tiene ni energía ni ganas para regalar quince minutos de atención de calidad y ternura al hijo. Tampoco lo ve, ni lo reconoce. Al crecer, el chico va desarrollando automatismos psicológicos que lo empujan a trabajar tenso, irracional y compulsivamente, a sentirse con miedo y angustiado, y a temer las mujeres en su intimidad. No sabe lo que le sucede, pero acaba cada día agotado de tanta tensión y nota una clara falta de libido. Entonces acusa a todas las mujeres de ser manipuladoras y de aprovecharse de él.

Si el muchacho fuera capaz de detenerse en su actividad obsesiva, relajarse, reflexionar y explicarse su propia historia, tal vez se le revelaría algo importante. Descubriría que lo que le pasa es que está buscando ciegamente la atención de mamá que nunca lo mirócomo a un ser humano con vida propia; tal vez descubriría que está haciendo cosas sin parar hasta agotarsebuscando inútilmente que su mamá lo vea. Aunque ella ya no esté, el chico ya hecho hombre, sigue buscando su atención pero, al igual que los carneros, los perros y las vacas, actúa automáticamente, sin saber la causa real y creyendo que tiene motivos propios muy serios que justifican su vida dedicada al trabajo obsesivo y agotador.

No hay que enfadarse con esas personas porque afirman cosas que no responden a la verdad ni a la realidad, o porque hacen cosas que van en su propia contra, tales como votar a dictadores que los van a tiranizar, repetir relaciones íntimas con hombres maltratadores –si es una mujer– o casarse con un mujer que lo va a manejar como una marioneta a su antojo  –si es un hombre. Ningún ser humano razonable se enfada con los carneros azules ni con una máquina porque se estropea en medio de la jornada laboral, cuando ya se sabía que estaba oxidada. No tiene sentido enfadarse con una máquina porque se rompe ni con un carnero porque propina mazazos con sus tremendos cuernos a otro macho en época de celo. No hay voluntad real de actuar así, simplemente lo hacen, la acción pasa a través de ellos. En el caso de los carneros, las vacas y los perros, uno puede enseñarles a actuar en contra de sus condicionamientos, a no morderse ni golpearse por mucho que el instinto sexual les azuce o  –mejor dicho–, más bien se les puede atemorizar con castigos si actúan así, pero todo ser racional sabe que, a la mínima, actuarán de nuevo siguiendo sus automatismos, esa es su realidad. Es inevitable, son esclavos de su realidad intrínseca.

En el caso de los humanos es la misma secuencia a la que hay que añadir a los simples impulsos instintivos los condicionamientos culturales, familiares, religiosos, morales, estéticos, políticos, generacionales y médicos. Pero existe una ventanita por donde escapar de esta jaula hacia la libertad y la plenitud de la existencia. Si no fuera por esta ventanita, la vida humana, con el inmenso potencial desarrollo de la consciencia que nos ha sido otorgado, no valdría la pena. De hecho, la vida de la mayoría de humanos no vale más que la de un carnero azul del Himalaya, de una vaca suiza o del perro del vecino porque no aprovechan en lo mínimo la ventanita que nos ha sido puesta delante por lo Eterno. Muchos, ni saben que está ahí, frente a ellos.

II.

Alguna vez, la gente siente la necesidad de escapar de la árida, penosa y aburrida vida de autómata que lleva. Habitualmente siente esta necesidad en los momentos de cambio y de catástrofe vital: en la adolescencia, en la crisis de mitad de la vida a los 40 años, en la entrada a la tercera parte de la vida, cuando experimentan la muerte muy cerca y en algún otro momento en que la angustia de llevar una vida de esclavo les atenaza el cuello y no los deja respirar. Entonces sienten la necesidad de hacer algopara salir del callejón oscuro por el que transcurre su camino. A veces, se mueven y buscan la ventanita hacia la felicidad y la luz. A veces, abandonan antes de empezar la búsqueda y embotan más la poca sensibilidad que les quedaba. 

Cuando se esfuerzan por buscar la salida, las personas descubren que todo empieza con la dolorosa necesidad de encontrar un sentido verdadero a la absurda rutina de sus vidas vacías. Descubren que hay que moverse con decisión para salir de la exigua maqueta del mundo en que habitan y, acto seguido… empiezan a contarse su propia historia. Es decir, empiezan a reflexionar sobre sí mismos. Este es el primer paso hacia la vida real, contarse honesta y desapasionadamente uno mismo su propia historia.

Luego, pueden escoger un camino u otro para evolucionar hacia consciencias superiores donde reside la Libertad, la Belleza, el Amor y la Plenitud. Pero descubren también que esta tarea, la única por la que vale la pena esforzarse hasta entregar la vida misma, les exige un esfuerzo diario. No valen medias dosis; o todo o nada.

Ciertas personas se lanzan al Camino que han encontrado, sufren indecisiones e inseguridades, las vencen, les surgen nuevas dudas, las resuelven y siguen avanzando por la ventanita que, cada vez, y a medida que el sujeto se trabaja por dentro va aumentando de tamaño. Su vida va adquiriendo sentido y orientación.

Otras personas  –la mayoría– una vez han intuido los vientos frescos que hay más allá del mundo mecánico; una vez que han olido lo que significa la verdadera fraternidad entre personas conscientes; una vez que han dejado de sufrir, así sea por un solo minuto, el oscurantismo de una vida encadenada al sexo, al miedo, a la codicia y a la compulsión creen que ya son Seres libres. Creen que pueden amar. Acto seguido, sumidos en la fantasía espiritualo en el ahora ya sé quien soy, se olvidan del Camino y de sí mismos, y dejan de esforzarse cayendo de nuevo es una existencia dominada por instintos y condicionamientos inconscientes. Repiten lo que hacían, y este es la situación más peligrosa del recorrido.

Esas gentes dormidas, que han olido o imaginado la libertad, se creen realmente salvadas del dolor de los cabezazos del carnero en celo, se suponen libres de llevar una vida accidental marcada por factores incontrolables por ellos, hablan como si estuvieran fuera del muro. Su boca pronuncia palabras vacías que han aprendido durante el camino como si las entendieran, y ya no buscan más. ¿Nunca más? Bueno, a veces, al cabo de un tiempo y ahogados de nuevo por la mecanicidad, repiten los tres pasos iniciales del recorrido, una y otra vez. Pero no salen de este bucle de sopor.

Alguien curioso puede preguntarse: ¿Cuáles son estos tres pasos que mucha gente repite una y otra vez? Lo explico de nuevo.

Primera fase del proceso. La persona sufre el dolor y el desasosiego por falta «de ese algo» que llena y da sentido a la vida. Difusamente se da cuenta de su carencia y la sufre, aunque no sabe definirlo. Percibe que nada de lo que le ofrece el mundo ordinario en el que está sumergido puede ayudarle, que hay que buscar en latitudes lejanas, a la vez que algo de su interior le dice que «están muy cerca de aquí». La persona, ahora convertida en buscador, adivina la existencia de algo más permanente y amoroso, más real, y decide moverse para buscarlo. Este es el primer paso, sentir la carencia de «ese algo vital» y comenzar la búsqueda.

 Segunda fase del proceso. La persona emprende la búsqueda de «ese algo más real» que le falta. Si tiene suerte, encuentra la puerta –siempre angosta, si es verdadera– a alguna tradición sagrada, a un terapeuta con una visión profunda y real del ser humano o a un guía que le muestra el Trabajo a realizar.

La segunda fase comienza cuando el buscador se pone a Trabajar sobre sí mismo para evolucionar y desarrollar su consciencia a niveles superiores. Así es como inicia una terapia, aprender a meditar de la mano de un entrenador, o bien se incorpora a algún colectivo –siempre imprescindible– que sigue un método religioso real, una vía espiritual viva o el tipo de tradición práctica con la que la persona tiene la suerte de encontrarse. ¿Qué se hace tras estas puertas? Casi siempre lo mismo, porque es una actividad con un sentido perenne aunque varíe la forma y las apariencias externas. Se enseñan métodos para crear un espacio interno libre de condicionamientos externos, un espacio imprescindible donde percibir y albergar «ese algo» que nos completa y que muchos perciben como lo más importante del proceso para desplegarnos hacia niveles superiores de la existencia. Tras estas puertas se medita, se medita y se estudia. La persona empieza a estudiar y a practicar lo que G. Gurdjieff llamaba el Recuerdo del Sí, los cristianos lo denominan la búsqueda de la Gracia Divina, los budistas el desarrollo del Testigo y, así, en cada tradición se denomina de una u otra manera, pero siempre tiene un único y mismo fin: comenzar por explicarse uno mismo su propia historia con ecuanimidad.

El Recuerdo del sí u Observación de uno mismo, consiste en dirigir una parte de la propia atención hacia uno mismo, en todo momento y lugar. Consiste en reconocer, sin juzgar, las reacciones mecánicas de carnero azul o de perro del vecino que dominan mi conducta y mis sentidos. Consiste en descubrir y aceptar que casi nada de lo que realizo lo hago por propia y real decisión; que casi todo sucede a través de mí, de la misma manera que la especie de los carneros azules del Himalaya se reproducen a través de cada animal individual, sin que cada macho ni cada hembra hayan tomado decisión alguna sobre los cabezazos a propinar para dirimir quién será el padre, o para levantar ellas su colita facilitando la fecundación. Simplemente proceden así, condicionados por los impulsos que les mueven; los instintos pasan a través de ellos para el mantenimiento de la especie sin que cada animal decida nada. Son sujetos pasivos a los que algo sucedeporque transcurre a través de ellos, no porque ellos lo decidan real y libremente. El mundo cristiano tiene la expresión: «Dios mío, hágase tu voluntad» para referirse al abandono consciente a las fuerzas superiores sobre las que los humanos nada podemos hacer, excepto emerger por la ventanita y observarlo.

Hace un tiempo, una amiga historiadora, estuvo revisando meticulosamente los acontecimientos previos a la segunda Guerra Mundial, buscando con tesón la “clave” que tal vez hubiera impedido la muerte de sesenta y dos millones de seres humanos. Descubrió que no hubo ninguna decisión ni ningún hecho determinante. Nadie quería esa indescriptible atrocidad por segunda vez en un mismo siglo, nadie, pero… sucedió. Y sucedió a pesar de que las personas con alguna responsabilidad no paraban de repetir que no habría otra Guerra Mundial. Aun recordaban con pánico la I Guerra Mundial del 1914 al 1918. Había acabado solo veinte años antes. Pero en el 1939 se declaró la II Gran Guerra. Esta historiadora, inteligente y ecuánime, observó que, en realidad, no hubo una voluntad bélica, nadie quería, sino que fue el resultado de una pequeña decisión de un bando, otra decisión sin mayor importancia del bando contrario, sin que ninguno de ambos decretos fueran suficiente, ni de lejos, para declarar el conflicto, luego otra pequeña decisión de unos, seguida de otra de los otros y así, sin voluntad de nadie, se fue tejiendo una red de acontecimientos que desembocaron en la II Gran Guerra. Sucedió más allá de la voluntad de los pobres humanos, tanto si eran soldados rasos como altos comandantes.

III.

Para escapar por la ventanita, el primer enemigo a vencer es el sueño que nos impide reconocer la insubstancialidad de nuestras vidas, vencer la fantasía de que «yo soy un individuo libre y dueño de mis reacciones». Eso forma una parte importante del sueño humano mismo.

Con el tiempo llega el gran y verdadero esfuerzo: mantener la consciencia despierta y no perder de vista el objetivo de liberarse de la mecanicidad –así sea cinco minutos al día. La mayor parte de gente  –y creedme, esto es lo trágico–  van al terapeuta o empiezan a meditar porque se sienten verdaderamente mal, angustiados, descentrados, deprimidos, con un trastorno límite de personalidad. Y tienen razón para estarlo. Tras unos meses o unos pocos años de esfuerzo, el sujeto comienza a emerger del sopor en el que vivía, empieza a sentirse un poco más sentible, despierto y libre, empieza a tomar consciencia de los automatismos que rigen sus reacciones y, generalmente, se queda atónito al descubrir cómo ha vivido hasta el momento creyendo que era libre y consciente. Cuando uno vive dormido no puede ni imaginar el brillo de los colores reales. La diferencia vendría a ser como estar viendo una película sobre una pantalla de cine que tiene la cortina cerrada, cuando uno vive en el sopor, o que tiene la cortina abierta y se ve lo que sucede en el film, cuando va despertando.  

Lo habitual es que, llegado a este punto, la mayoría abandone el esfuerzo diario para liberarse de la vida de autómata. «Ya estoy bien, ya no repito tal o cual conducta compulsiva. Bien, todo brilla y estoy alegre. Soy otro». Mera fantasía de cinco céntimos.

A menudo me siento desazonado cuando, tras ayudar durante meses o años a alguna persona a despertar del sopor de su vida mecánica, a tomar consciencia del origen de su conducta compulsiva, a vivir en el inicio de un estado de luz y de libertad para que pueda crear realidad, no simplemente para que las cosas pasen por él, el individuo se cansa y decide abandonar, cayendo de nuevo en manos sus automatismos ciegos. El sendero que conduce a la liberación, a la transformacióncomo se repite a menudo en estos tiempos de palabras dudosas, es un camino que exige mucho esfuerzo, mucha suerte y mucho tesón y autodisciplina. Es un camino regado por la perseverancia y alejado de los éxitos rápidos y de las sensaciones intensas de película de acción.

El segundo paso, pues, consiste en permanecer en el camino escogido durante mucho tiempo, en vencer las dudas y las propias resistencias al Trabajo, en ir viendo como crece el árbol que es uno mismo, milímetro a milímetro, sin desfallecer. En esforzarse sin esperar resultados rápidos. O simplemente sin esperar nada.

La mayoría de la gente se aburre, decide pasar de esta segunda fase a la tercera y abandonan el camino o la enseñanza por falta de interés. Esta es una prueba universal que nos pone el destino. «Esto se repite, no saco nada de nuevo, vaya aburrimiento». Ya veo.

Una vez que han abandonado el cultivo de su mundo interno o, peor aun, que han decidido adaptar el método o la doctrina a sus condicionados gustos personales, la gente se sume de nuevo en una existencia mecánica. Sigue ahí de nuevo hasta que el sinsentido les ahoga y empiezan a buscar otra oferta, la encuentran, practican un tiempo hasta que se aburren y… así pasan la vida. No es más que otro automatismo inconsciente. Es como si el carnero azul del Himalaya cambiara de prado donde pastar y creyera que, con eso, ya no es un carnero, se ha transformado en… ¿un águila real? ¿en un leopardo de las nieves? ¿en el rey de Nepal?

Hay que mantener la atención relajada pero permanentemente despierta sobre uno mismo, observar las reacciones mecánicas que constituyen mi manera de ser, intuir dónde queda mi ser real bajo el edificio de tenaces automatismos que nos dejan a merced de fuerzas externas, de los instintos o del pasado.

Como decía, algunos días me punza la espalda al observar, una y otra vez, personas cercanas, incluso miembros activos de la Escuela de Vida Simultaneidad que, tras haber despertado ligeramente, tras haber intuido la intensidad y la libertad de la Realidad y la energía de la Fraternidad, se dejan caer de nuevo en los patrones mecánicos y estériles que los esclavizaban. Dejan de esforzarse y vuelven a las mismas conductas oscuras de antaño. Vuelven al quejumbreo permanente.

Transformar un pequeño hábito cuesta muchísimo, es de los cambios más difíciles en la vida de un humano. Por eso cuesta tanto alcanzar el éxito en algo en apariencia simple como dejar de fumar, dejar de tomar alcohol o cambiar la forma de vestir o la dieta. Si un pequeño hábito exige tanta atención y esfuerzo, ¡qué no exigirá tratar de cambiar la manera de ser! Por eso, tratar de escapar por la ventanita es posible y es nuestro único y real objetivo, si bien a la vez es un camino de titanes. Mejorar un poco cada día nos hace superiores y libres, nos va alejando de las cornadas del carnero azul del Himalaya, de las vacas suizas y del perro del vecino, para ir abriendo el tamaño de la ventana por donde pasar hacia una vida con sentido, viva, despierta y real.

Este camino exige esfuerzo y disciplina sin fisuras, requiere una entrega total, nada de medias dosis y un camino claro y definido. Cierto es que no es fácil ni está al alcance de todo el mundo, pero es viable y es la única salida a una vida atrapada por el quejumbreo constante del carnero y la vaca. De ahí que, todas las verdaderas tradiciones, escuelas, métodos y filosofías que apuntan hacia el despertar, pueden ser más o menos flexibles pero jamás admiten en sus líneas a bobos, turistas ni insubstanciales. 

La ventaja que tiene el haber olido en alguna ocasión el mundo real, caso que la persona caiga en el olvido y la pereza, es que, si consigue despertar de nuevo y lanzarse a un segundo intento de atravesar la ventanita, esta vez el individuo suele tener más fuerza y decisión que a la primera. Es la decisión renovada la que recibe mayor apoyo del universo.

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