Artículo

DE PATRÓN REACTIVO A PROACTIVO

Dr. Josep Mª Fericgla

Cuatro sugerencias para mejorar tu día a día, a día de hoy.

 

I.

Con alguna frecuencia insisto en la necesidad de mantener una actitud y un lenguaje proactivos, evitando ser meramente reactivos a lo que sucede a nuestro alrededor. Y con más motivo dada la situación actual.

Una persona proactiva es alguien que hace que pasen cosas a su alrededor, que busca los recursos necesarios y los ordena de manera adecuada para que resulte lo que la persona busca o necesita. El destino personal se crea con actitudes proactivas.

La magia en la vida existe, y consiste en lograr que suceda lo que yo necesito o lo que quiero, y esto, generalmente, no llueve del cielo sino que es el resultado de actitudes proactivas. La vida y el éxito no avanzan en línea recta, son el resultado de las acciones precedentes. En este sentido, hay personas que aprenden a orientar los recursos de los que disponen, sean muchos o pocos, para que den el resultado buscado.

Luego están las otras personas, las reactivas, que son lo contrario a las proactivas. Las reactivas suelen vivir dormidas y solo se mueven como reacción a un estímulo que les impacta, pero que ya ha pasado. Van por detrás de las circunstancias, las proactivas van por delante. Una persona proactiva repara la pequeña gotera del rincón antes que se convierta en una molestia grave en los días de lluvia. La persona reactiva no ve la gotera, o tal vez sí la ve, pero solo se pone en marcha cuando está lloviendo y descubre la casa inundada por el agua que se filtra por el techo.

Vivir de forma reactiva y mecánica es algo aprendido, lo mismo que vivir de forma proactiva. Son patrones psicológicos que se convierten en palabras, las palabras repetidas se convierten en el carácter de la persona, del carácter deriva la conducta, y la conducta determina el destino. Simplificadamente, así es como labramos nuestro destino.

Vayamos al centro de la cuestión: ¿cómo liberarse del patrón reactivo como manera de ser que domina nuestra vida? Como siempre, con esfuerzo e ideas claras. Hay cuatro pasos que podemos llamar «el esquema de la emancipación» que voy a describir a continuación. Bien, en realidad hay muchos más pasos, y el programa se puede alargar y detallar, o recortar a gusto, pero hoy voy a comentar el esquema de la emancipación en cuatro pasos. Sí, ser simplemente reactivo es un problema.

 

II.

En primer lugar, para liberarse del patrón reactivo hay que tomar consciencia o «darse cuenta». Darse cuenta significa reconocer el problema, para lo cual hay que dejar de negar la dificultad, hay que aceptar el problema y dejar de esconder la cabeza en la arena como dicen que hacen los avestruces ante el peligro —yo nunca lo he visto, pero tampoco suelo frecuentar este tipo de relaciones—.Y para aceptar el problema se requiere aun otro esfuerzo previo que es dejar de quererlo racionalizar. Habitualmente, cuando a alguien se le confronta o se le indica algo negativo, desagradable o problemático de su manera de ser, de actuar o de pensar, suele empezar a soltar las famosas y pesadas frases que comienzan por: «es que…», o «sí, pero…» seguidas de mil aparentes razones que solo suele creer la propia persona para autojustificarse.

Para «darse cuenta» hay que abandonar el pollyanismo, término que se utiliza en psicología para referirse a la sublimación del optimismo, lo que implica que quienes lo sufren son incapaces de ver el lado malo de las cosas, descartando así peligrosamente una parte de la realidad. Se trata de un positivismo exagerado y falso de quien no quiere ver el lado oscuro de la vida, que no tiene nada que ver —y espero que lo entendáis bien— con frenar el avance de la negatividad dentro de uno mismo. Una expresión social actual del pollyanismo es lo que se suele conocer como la New Age, que podemos traducir por la Nueva Bobera.

 

III.

En segundo lugar, cuando nos sentimos atacados en cualquier sentido —los ataques son las situaciones que más despiertan el patrón reactivo—, hay que desactivar la respuesta emocional reactiva que se manifiesta en forma de ira o de miedo. ¿Cómo? Canalizando la potente energía de la rabia hacía la propia defensa —si se trata del caso—, y evitando la introyección de la culpa con pensamientos tipo: «Yo me lo he buscado, me lo merezco por caminar por este lugar». En cambio, cuando uno ha sido atacado hay que poner el foco en la extroyección, en expresarse, en identificar al verdadero culpable de la situación agresiva que me despierta la respuesta emocional reactiva. Es algo muy antiguo, que consiste en entrenarse para convertir al enemigo que me despierta agresividad y violencia, en un mero adversario, lo que me lleva a jugar con astucia para desactivar sus estrategias. En este mismo sentido, para desactivar el patrón reactivo cuando nos sentimos atacados hay que liberarse del automatismo que nos empuja a pretender encarnar a Superman o Superhembra y enfrentarnos como héroes de pacotilla a la situación agresiva. A cambio, es mucho más útil y liberador utilizar el sentido humor.

 

IV.

La tercera facultad o actitud a desarrollar para liberarnos del patrón reactivo —que, como siempre, no es un cambio que se dé de la mañana para la tarde— es la asertividad, el ganarse y cultivar la confianza en uno mismo. Debéis desarrollar actitudes vitales de fuerza interior, de certidumbre en vosotros mismos y en lo Atemporal, tipo: «¡Caramba! Pues, tengo derecho a equivocarme, a cambiar de opinión, a decir ‘no’ cuando así lo siento o cuando me convenga». Para ello, es de gran utilidad practicar el uso de un lenguaje corporal y verbal que sean asertivos, ni pasivos ni agresivos. «Yo soy yo», y ser capaz de transmitirlo con el propio cuerpo.

Todo eso está relacionado con el concepto que uno o una tiene de sí mismo y con la merecida autoestima, pilares ambos que sostienen la actitud asertiva. He hablado de ello en diversas actividades y Encuentros, en el seminario Constrúyete y en el Taller para Aprender a Amar y decir adiós a las personas y las cosas. Los pasos para desarrollar la asertividad, esquemáticamente son: cultivar una imagen positiva y realista de sí mismo; ser capaz de valorarse de manera genuina —cada persona debe valorarse con realismo, por sus propios méritos y habilidades—, aceptando las propias debilidades con tolerancia y compasión; tratar de sentir afecto y cariño hacia uno mismo o una misma; y por último, lo que tanto repito, poner atención y cuidado a las verdaderas necesidades de cada uno, esforzándoos por satisfacerlas a la vez que pensáis en el bien Superior. Ya sabéis la historia del leñador: «Si lo deseas poco y lo necesitas mucho…».

 

V.

Finalmente, en cuarto lugar, hay que sembrar y desarrollar la resiliencia. Es una capacidad maravillosa de la que se habla desde los años sesenta, parecida al temple clásico con ciertos matices que lo diferencian. La resiliencia es la capacidad para adaptarse a las situaciones adversas obteniendo resultados positivos sin decaer, sin doblarse, sin perder de vista los objetivos que nos guían en la vida. En resumen, la resiliencia es la capacidad para afrontar la adversidad sin hundirse. Los psicólogos han observado que las personas resilientes tienen mayor equilibrio emocional frente a las situaciones de estrés, soportan mejor la presión y viven más felices. Hoy día resultan de un valor incalculable las personas resilientes, no se hunden en el desánimo y ayudan a los demás a mantenerse razonablemente centrados. ¿Cómo se desarrolla la resiliencia? Con ternura.

Se han realizado diversos estudios que han puesto de relieve que las personas que han sido tratadas con ternura en su infancia, aunque hay sido por parte un único adulto, tienen muchas posibilidades de desarrollar esta capacidad. Si ya eres un adulto y, naturalmente, no puedes volver atrás, intenta desarrollar la resiliencia con ejercicio físico regular y razonable, con el apoyo de las personas que forman tu círculo más próximo, llevando una dieta equilibrada que te proporcione energía no que te la quite en digestiones difíciles, mejorando la calidad del sueño si aun no has aprendido ni lo más básico, que es descansar, evitando el estrés y el vivir con tensiones, aumentando la autoconfianza, sintiendo verdadera compasión hacia ti mismo y hacia los demás, y finalmente nutriéndote con este alimento energético fundamental que es el apoyo de la familia, de los amigos de verdad, de los vecinos y de los compañeros de trabajo. En definitiva, que se trata de algo que se sabe desde hace milenios, que la resiliencia se despliega con la ternura y el reconocimiento del entorno. De ahí —y no lo digo en broma—, la importancia de que el trato entre amigos y hermanos contenga este ingrediente en grandes proporciones, ternura.

 

Josep MªFericgla

Campus Can Benet Vives, 11-XI-2020

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