Mi clínica para la esbeltez

MI CLíNICA PARA LA ESBELTEZ

Hace años, cuando aún tenía la cabeza densamente poblada de cabello oscuro y en la barba no brillaba ni una sola cana, fundé una empresa. La empresa se llamaba «Slender you», “Adelgázate” o, más literalmente, “esbeltéate”, es decir, conquista la esbeltez, la de tu cuerpo, ahí nadie hablaba del alma. Como podéis inferir, era un centro para adelgazar, un centro de belleza. Un lugar donde las mujeres y, todo hay que decirlo en mi favor, también algunos hombres, venían a perder peso y a embellecer sus cuerpos. No solo venían a adelgazar, sino que venían buscando que sus cuerpos fueran más hermosos. En mi centro Slender you se ofrecían aparatos de gimnasia pasiva, tratamientos con cremas, acupuntura, dietas personificadas, geles adelgazantes, servicio de masajes de todas las tradiciones posibles y hasta un tipo de gimnasia para las personas que tienen el corazón delicado y no pueden hacer ejercicio activo.

Fundé el centro de belleza Slender you en Vic, una rica capital de provincias. Vic es una pequeña ciudad catalana donde el nivel de vida es alto, de los más altos de España, donde había muchas chicas y mujeres, y también algunos hombres, de entre 30 y 55 años, justo la edad en que mucha gente busca mantener su cuerpo atractivo y presumir de ello. Vic era el lugar perfecto al que aportar mis novedosas técnicas de adelgazamiento y de gimnasia pasiva a cambio de llenar mis bolsillos con su dinero.

Una vez todo estuvo organizado, busqué varios profesionales para que hicieran los masajes, trataran a los clientes con medicina china, aplicaran los métodos de geles fríos para adelgazar y, especialmente, contraté a dos chicas guapísimas, inteligentes, distinguidas, llenas de curvas atractivas y elegantes –y no haré la broma que estáis pensando– para que estuvieran en la recepción, atendieran a los clientes y sirvieran de modelo a las mujeres sobre lo que conseguirían viniendo a Slender you. Además, serían un buen reclamo para los hombres presumidos de Vic y alrededores.

El negocio en sí, con sinceridad, fue un desastre. Poco después de inaugurarlo descubrí que la belleza corporal ajena no es mi vocación. Resultó que las distinguidas chicas de la recepción estaban más interesadas en cazar un novio rico que en atender el negocio, que el médico chino solo pensaba en llevarse la clientela del distinguido Slender you a su consulta privada donde les sacaba más dinero que en mi centro, y que las especialistas en gimnasia pasiva cobraban a escondidas comisiones a los clientes para tenerles usando las máquinas más tiempo que el fijado. Fue un pequeño descalabro del que aprendí ciertas cosas importantes.

Cuando empezó a correr la voz sobre las maravillas de mi centro, y en igual medida, empezaron a aterrizar vendedores de los más inimaginables tratamientos de belleza. Con total sentido de mi responsabilidad profesional –y para tratar de mejorar en algo mi aspecto físico–, ponía cara de experto en métodos de belleza de los mejores salones de Nueva York y Tokio, escuchaba a los vendedores y les exigía que dejaran muestras, que más tarde yo probaba con sumo interés, aunque sin demasiada esperanza de mejorar nada de mi aspecto.

En cierta ocasión, me di cuenta que el mismo vendedor, un hombre de mediana edad, aspecto elegante y mirada inteligente, venía cada cuatro o cinco meses a ofrecer un tratamiento diferente, y le pregunté:
– Parece que cambia usted de empresa cada poco tiempo, ¿cómo es eso?
– No, en realidad no cambio de empresa, sino que cambio el método que vendo para adelgazar -me respondió el hombre.
– ¿No son eficaces sus métodos? -le pregunté de nuevo.
– Sí, todos funcionan más o menos bien. Desde luego, unos mejor que otros, pero todos adelgazan. Lo que sucede es que mantengo su clientela porque de aumentar, no aumentará, pero le ayudo a que no disminuya. De esta manera, yo cuido su negocio y usted cuida el mío. El único método para adelgazar de verdad es comer la mitad y hacer el doble de ejercicio físico, pero, claro, esto no da ganancias.
– ¿Por qué dice usted que no conseguiré aumentar mi clientela? Justo es lo que quiero y por eso compro sus constantes novedades -le respondí.
– Se nota que es usted nuevo en el negocio -me dijo el vendedor sonriendo-. En todo momento hay los mismos gordos y las mismas gordas, hay el mismo número de gente que dice que quiere adelgazar. Cuando se miran en el espejo y se ven muy antiestéticos empiezan un tratamiento, especialmente en esta época del año antes de empezar a ir a la playa. A los diez o quince días han adelgazado un poco, se miran al espejo de nuevo y entonces se dicen: «¡Sí! he mejorado mi silueta, genial». Pero ocurre que, con una excusa u otra, se abandonan un poco porque todo método es exigente. Pasa un tiempo, abandonan un poco más el procedimiento escogido y que están pagando, y así unas semanas más hasta que se cansan definitivamente y se olvidan -me explicó el vendedor.
– Ah, ya veo ¿Que solución les puedo ofrecer? -le pregunté.
– Siempre hay el mismo número de gordos. Créame. Si quiere mantenerlos como clientes, cada cierto tiempo debe cambiar el método que les ofrece y lo comprarán lo nuevo. No se dan cuenta que no les funciona ningún tratamiento porque no lo mantienen, pero de ser, siempre son los mismos clientes que van rotando.

No os voy a contar como acabó mi maravilloso centro Slender you, así que cada uno puede poner el final que prefiera.

La historia de los gordos que van cambiando de tratamiento cada cierto tiempo, y que constantemente inician un nuevo método para adelgazar pero que nunca llegan a perder peso es la misma historia de la vida humana. Creo que fue Gurdjieff quien dijo que la mayoría de vidas humanas se resumen en un puñado de octavas –de proyectos– inacabadas.

Este mismo proceso sucede con la vida interior. La gente siente la necesidad de cambiar algo, descubre un camino, lo escoge con entusiasmo, anda algunos pasos, se cansa o se aburre y lentamente lo va abandonando hasta que lo deja por completo olvidando su objetivo. Pasa un tiempo, sienten de nuevo la necesidad, buscan otro método, lo compran, empiezan a practicarlo, pasa un tiempo, se cansan…

Si queréis mejorar vuestra vida, significa que queréis cambiar o transformar algo. A una persona que se siente totalmente feliz, confortable y con una vida regalada ni se le ocurre querer cambiar nada. Cuando se tiene un buen coche que funciona de maravilla nadie lo lleva al mecánico, ¿Para qué? Lo máximo que puede conseguir es que se lo estropeen.

Las actividades que dirijo son para personas insatisfechas, para personas que quieren algo más de su vida, no para la gente que está cansada de lo que tiene. La gente que pide cultivar su mundo interno porque está cansada de sí misma, es como los gordos que acudían a mi empresa en Vic, estaban cansados de su poca esbeltez, pero realmente no querían cambiar ni mejorar. La gente que sí quiere mejorar su cuerpo, va a un gimnasio o se afilia a un club deportivo con verdaderas exigencias, y con la práctica diaria y al cabo de un buen tiempo les cambia realmente la forma de su cuerpo. En este sentido, mis actividades y la Escuela de Vida que animo son un club deportivo de élite no un centro de belleza. Los que aceptáis el compromiso del Trabajo interior es porque queréis acercaros más al Creador e influir sobre vuestro propio destino, queréis acelerar vuestra evolución personal y hacer lo que sea mejor para todos los seres vivos. Eso significa esfuerzo, práctica diaria, proximidad a la Fuente, generosidad, consciencia y seguir el método que propone el entrenador para movernos de lugar.

En caso contrario, uno puede gastar su dinero en libros de autoayuda y leerlos alternativamente con la revista «Hola», «Diez Minutos»y similares. Es lo que hacían mis clientes cuando se les proponía un cambio de dieta, lo mantenían una semana tras la cual regresaban a sus hábitos culinarios anteriores. Lo más difícil para un ser humano es cambiar cualquiera de sus automatismos una vez establecidos. Ya sabéis el camino, adelante.

Josep Mª Fericgla

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