Por qué no soy políticamente correcto

¿Políticamente correcto?

No, no lo soy.

 

Josep Mª Fericgla
Dr. en Antropología Cultural

Fundació J.Mª Fericgla
Societat d’Etnopsicologia Aplicada

 

Por lo que escucho y observo a mi alrededor, pocas personas se quedan indiferentes ante mi presencia o en mi compañía. Son frases que respiran pedantería, sí, pero, palabra, es algo que no busco para llamar la atención y sobre lo que reflexiono a menudo. Yo soy yo, y no me preocupan las personas que se nutren con mi presencia, me alegro por ellas y lo agradezco al destino. En cambio, me intranquilizan las que reaccionan al revés, a pesar de que, desde luego, ni soy responsable de las obstinaciones ajenas ni hago nada para endulzarlas o para agravarlas. Soy huraño y a las preguntas tontas contesto con respuestas tontas, sin más.

Hace unos días, mi esposa me soltó: «Si no tuvieras tan mal carácter, te invitarían a impartir más conferencias y te harían entrevistas en más medios, pero tienes una fama malísima. En numerosos ambientes te tienen respeto intelectual, pero hablan mal de ti». ¿Tan mal laurel me precede? «Sí. Eres políticamente incorrecto y eso se paga».

Este escueto comentario no me sentó mal, soy consciente de eso, y no era la primera ocasión que me disparan algo así. Más bien me quedé pensando –de nuevo– sobre el hecho de ser políticamente correcto o incorrecto, y hasta dónde estoy dispuesto a pagar con mi integridad para ser un cortesano más. ¿Se puede ser honesto y razonablemente íntegro y, a la vez, políticamente correcto? Probablemente, pero a mí me resulta difícil. Por ejemplo, a pesar de que trato de ser amable conmigo mismo y con los demás, si no me apetece sonreír a alguien me siento como una puta callejera aparentando cierta alegría para ser políticamente correcto. Resultado, si no lo siento no sonrío, sea quien sea, o sonrío con ironía. Cuando alguien, a modo de saludo, me pregunta cosas tipo: «¿Cómo estás?» o «¿Qué tal?», habitualmente ni respondo. Sé que se espera que diga «bieeeen» sin más, porque es el automatismo convencional y nadie espera que le explique en detalle cómo estoy, qué me duele ni cómo anda mi cuenta corriente, pero para regalar mi atención y gastar mi saliva en un acto vacío, no respondo. Si alguna vez nos topamos en esta vida, querido lector o lectora, no esperes que te pregunte nada de eso, a menos que no sienta verdadero interés en saber cómo estás. Ni esperes que te responda de forma automática, como una máquina de tabaco, porque no lo soy. Distinto es cuando alguien, a modo de saludo, me pregunta por un hecho concreto de mi vida: «¿Cómo tienes el pie izquierdo que tanto te dolía la última vez que nos vimos?». A esto, respondo.

Me gusta tomar el sol, bañarme en la playa y andar desnudo por el jardín y por dentro de mi casa, y no necesito provocar a nadie. Me gusta tomar drogas psicoactivas  –excepto marihuana–, leer hasta altas horas de la noche, vivir y reír en comunidad, y estar en la Naturaleza. Prefiero la independencia laboral, pero llegado el caso, escojo mandar a ser mandado, a pesar de que me he entrenado en ambas habilidades. Me gusta la libertad, las chicas elegantes, las personas inteligentes y la gente soñadora y creativa, me sienta bien meditar dos veces al día y cerrar los ojos otras varias veces para agradecer el instante eterno y escuchar mi corazón.

He conseguido que la mayor parte de lo que pasa a mi alrededor no me afecte. No obstante, hay dos cosas que aun no puedo soportar, dos realidades que me producen una bola de pus en el estómago cuando las tengo frente a mí. Me refiero al dolor ajeno cuando lo es de verdad y a la estupidez humana, a la infinita y variopinta estupidez de la mayoría de los humanos.

Tampoco soporto los banqueros y a otros colectivos de cretinos similares que solo dan crédito a quién no lo necesita y abusan hasta la más cruel ilegitimidad de todo aquel que necesita su apoyo. Como se suele decir, te obsequian un paraguas cuando hace sol y te lo arrebatan cuando se pone a llover.

Me gusta decir la verdad cuando la percibo, aunque pueda no gustar a más de uno. En este sentido, y desde luego que resulta políticamente incorrecto, digo lo que creo ver y lo que pienso de los demás delante de ellos. O bien callo. Pero no digo lo que les gustaría oír a la mayoría si siento que con ello falto a la verdad, incluyendo a jueces y fiscalas que he tenido que soportar en diversas ocasiones. Agradezco que me digan la verdad de lo que se ve en mí desde fuera, aunque me duela: la verdad sana y la mentira mata, y desde luego, las llamadas «mentiras piadosas» me parecen una forma más de estúpida cobardía estrangulante. Por favor, para mí la verdad.

Mi relación ideal con el Estado, en cualquiera de sus formas actuales, se resume en dos frases: ni le pido nada ni le doy nada. Me duele el alma ver tanto parásito humanoide flotando a costa del Estado. Es decir, detesto que innumerables funcionarios inútiles y pensionistas tramposos, vivan gracias a los impuestos que me obligan a pagar y que son el fruto de mi sudor y el de muchos que trabajamos productivamente. No reniego de la solidaridad social, si no que observo demasiados individuos que subsisten a costa del apoyo ajeno sin merecerlo, como bebés pidiendo constantemente la teta de mamá. Por esto, hace una década y medio, me retiré al corazón de un parque natural, lejos del Estado y sus funcionarios, y desde entonces  vivo sumergido en la misma naturaleza que desde hace millones de años que nos regala la vida. Pero no vivo aislado como un anacoreta, no es mi estilo. Cada año vienen más de cuatrocientas personas a pedirme una sugerencia para su vida, que les diga como los veo y cuál creo que es su camino, y la mayoría se marchan agradecidas y dejando un nuevo árbol de amor. A veces, me acusan de ser muy directo y poco diplomático, pero si veo alguien ahogándose no ando con eufemismos, lo agarro por donde puedo y lo saco del agua. Así es en la naturaleza y, creedme, lo más grave que sucedió en el siglo XX fue alejarnos tanto de la naturaleza. Esa es la causa real de la mayor parte de desastres que sufrimos.

No soporto la mediocridad ni la cobardía, dos grotescas hermanas que suelen caminar cogidas de la mano y que se apoyan mutuamente. Y aun lo soporto menos cuando la gente con tales características se dedica a la política o a querer arreglar la vida de los demás. ¡Dios me proteja de psicólogos, psiquiatras, psicoterapeutas ignorantes y coachs de medio pelo! Detesto la ordinariez, tan abundante hoy, que es lo mismo que la imbecilidad. Contrariamente, defiendo la idiotez en su sentido original.

«Ordinario» y ordinariez provienen del latín ordinarius, que venía a significar dentro del orden regular, aburrido y rutinario, y es un vocablo que camina de la mano al de «imbécil» que etimológicamente significaba frágil, sin carácter, pusilánime. En cambio, la palabra «idiota» proviene del griego ιδιωτης–idiotes–, término para referirse a aquel que por encima de todo se ocupa de sus intereses privados. La raíz «idio» significa «propio» y es la misma que la de la palabra «idioma». Interesante. Como gritaba Grudjieff: «¡Vivan los idiotas!», vivan aquellos que se ocupan de sus propios asuntos, de su vida sin dañar a nadie, al contrario de lo que hace la gente ordinaria, cuyas conversaciones casi siempre giran sobre lo que hacen y dejan de hacer los demás. De ahí la basura de revistas que leen, cuyos títulos no recuerdo y cuyo contenido se centra en exponer al mundo las supuestas vidas privadas de otros. ¿A quién, que se ocupe de sí mismo, le interesan los chismorreos de lo que pasa en la casa de unos desconocidos? Solo a los fracasados, ordinarios y aburridos.

Me gusta tirar petardos y tocar la guitarra. No soporto la gente que no se esfuerza por cumplir lo que promete  –la mayoría–, ni los que tienen alma de funcionario gris cuyo lema es «vuelta Ud. mañana», incluyéndose a sí mismos en esta actitud decadente, ya lo haré mañana.

Sé que a medida que envejezco mi cuerpo y mi carácter se hacen más rígidos, es natural: vejez equivale a rigidez. Rigidez física, moral, emocional, ideológica… por ello trato de mantenerme abierto al mundo y, creedme, me pregunto más veces que antes: «¿Y por qué no?». Me lo pregunto más a menudo que: «¿Por qué?», y con más frecuencia de las veces que pretendo saber el porque de algo. A medida que envejezco observo mejor los límites de mis conocimientos y, unas veces me sorprendo de tanto que he leído y olvidado –por ejemplo, releyendo libros que creo que es la primera vez y a medio texto descubro notas mías escritas al margen años atrás y olvidadas–, y otras veces me entristezco de lo poco que realmente sé de nada.   

Es cierto que tengo mal carácter, hasta muy mal carácter, me viene de familia. Pero yo lo tengo a él, no me tiene él a mí. A veces, lo contengo y a veces lo suelto cuando es útil. Por ejemplo, cuando estoy en alguna situación con mediocres que me hacen perder más tiempo del que ya estoy perdiendo con ellos, escuchando como repiten sandeces o cómo pretenden lanzar como propia alguna idea que acaban de pescar de otros. Estos casos, creedme, suelto mi mal carácter y acabo rápido con la estéril situación.

No suelo atender la gente que habla sin pensar y que, además, se ofende si no les dirijo mi atención, como tuvieran derecho oficial a ella. Investigo lo que me despierta interés, no lo que está bien visto. Busco en el mundo lo que necesito y si no lo encuentro, habitualmente lo compongo para mí y luego lo ofrezco a los demás. Os lo confieso, este es el origen de casi todos los talleres, seminarios y cursos que imparto.

Cuando se me pregunta a qué me dedico, respondo según quien pregunta: escritor, empresario, profesor universitario, psicoterapeuta, entrenador espiritual, presidente de una fundación y todo es verdad, pero para la mayoría de gente es excesivamente complicado aceptarlo y me miran mal, como si mintiera. Vaya, no pueden entender que soy alguien complicado, y las personas complicadas tenemos profesiones complicadas, familias complicadas, vidas complicadas y creencias simples pero profundas.   

Me alejo de la gente que opina y juzga sin pensar y que reduce su mundo racional al infantil «me gusta» o «no me gusta». Es la gente que confunde «lo que le gusta» con la verdad, y «lo que no le gusta» con la falsedad. Simples e imbéciles.

Tengo un léxico secreto que me acompaña por la vida. Son mis palabras sagradas de las que he tardado largos años en comprender su significado. Cuando era adolescente me sonaban a vocablos misteriosos e incomprensibles, preguntaba a los adultos y no encontré ninguno que supiera definirlas de una manera convincente. Me refiero a palabras tales como: misericordia, justicia, estar arrobado, amor, la experiencia numinosa o lo Inefable. Con los años he ido comprendiendo con exactitud su sentido y hoy las utilizo sabiendo de qué hablo con total precisión.

Creer en Dios, lo que se dice creer, no creo. Las creencias forman parte de lo que uno no sabe a ciencia cierta y debe “creerlo”. No. Siento en mí la presencia casi permanente de esta Fuerza Inefable de la que tanto hablamos y de la que tan poco sabemos los humanos, y no me avergüenza hablar de ello. El Viejo, como lo llamaba cariñosamente A. Einstein, me acompaña y forma parte de mi experiencia esencial del mundo, tanto como el amor y el respirar. Ya no puedo creer en Él, sino que lo percibo vibrando de manera incuestionable en mi corazón, y me burlo de los teólogos que pasan la vida discutiendo sobre palabras vacías, y de los académicos que cobran por pescar peces muertos. Ambos son como burros que andan por el mundo cargados de libros.

Tengo viejos amigos desde hace más de cuatro décadas, amigos y amigas que saben todo de mí, que conocen mi lado luminoso, el que muestro, y el otro, la cara más oscura, y a pesar de ello y gracias a ello nos amamos. A veces nos sentamos juntos y no tenemos necesidad de hablar, nos sentamos en silencio porque sabemos todo el uno del otro ¿Qué vamos a contarnos? Nos juntamos para acompañarnos en la plenitud de un silencio sagrado que creamos con nuestra presencia. Y a pesar de mi oscuridad, creen en mí, son mis hermanos, y siguen viniendo a mis talleres y leyendo los libros que escribo, y eso me hace sentir más orgulloso que nada en este mundo. Saben todo de mí y siguen creyendo. Solo Dios está más alto que esta sensación de amor fraterno. Y los prefiero a ellos por encima de toda la riqueza material y de todo el poder social del mundo. También por eso soy políticamente incorrecto.

En el otro lado de la balanza está el cinismo, lo peor del ser humano. Un cínico no merece ni el aire que respira, me resulta repugnante. Y la política, la religión y la ciencia están repletas de estos animales amargados de alma mugrienta que se ríen del sufrimiento ajeno.

Tampoco soporto a los oportunistas que acuden a mis talleres y seminarios para copiar lo que hacemos y vender luego sus servicios. No digo que no copiéis, la casi totalidad de nuestras vidas se construye copiando maneras, modas, palabras, estilos, sentimientos, habilidades, posturas, razones… pero hay que copiar entendiendo la función de lo que se hace, copiar estando despiertos, y la mayoría copian sin entender la función, copian solo la forma. Me refiero a los psicoterapeutas que empiezan a llenar el mundo pretendiendo usar técnicas de expansión de consciencia para curar a otros, pero sin haberse lanzando ellos mismos a la experiencia de volar repetidamente por la oscuridad del mundo interior. Son como pilotos a los que diera miedo volar, que se sacan el carnet a través de cursos on-line para pilotar helicópteros y luego pretenden conducirlos con mandos a distancia desde el acolchado y seguro sofá de una sala de simulación. No, un buen piloto se pone al mando de la nave en la nave. Si queréis pilotar experiencias de expansión de consciencia, perfecto, es necesario, pero venid y me pedís que os forme. Lo haré encantado, soy piloto de primera división y tengo el mandato de transmitir lo que me han enseñado y lo que he aprendido por mí mismo, pero no vengáis a copiar formas, es hacer las cosas mal.

Para acabar, amo la belleza, la armonía y las cosas bien hechas, me ocupo de mí y de los míos, siento la presencia de la Fuerza en mi corazón, repito, la llame cada uno como la llame, y me marcharé de este mundo orgulloso de lo que he hecho y construido, de haber dedicado mi vida a lo que siento que es el único objetivo real para estar aquí –ayudarnos unos a otros a vivir mejor–, y sabiendo que habré estado en el mundo sin ser del mundo. Cuando haya muerto, como escribió el famoso poeta persa, no me busquéis en mis libros ni en mis creaciones, buscadme en el corazón de mis amigos.

Y claro, mi esposa querida, me gustaría recibir más invitaciones para impartir conferencias, participar en más congresos internacionales y escribir en revistas de gran tirada pero, por un lado, no estoy seguro de tener tiempo para todo ello y por otro, desde luego, no dejaría nada de lo que hago y que llena el alma para ser políticamente correcto. Pero si alguien, tras aceptarme, quiere invitarme… vamos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *