Artículo

 

ÚLTIMO DÍA DE AGOSTO

Dr. Josep Mª Fericgla

I.

Hace un rato que ha amanecido y esta mañana llega dominante y calma. Hay un silencio desconcertante y familiar que, a la vez, tiene algo de esencia sagrada. Me sosiega caminar por el bosque sin rumbo mientras el sol, a su eterno ritmo diario y con una luz clarísima, va usurpando el espacio a la oscuridad, metro a metro, y alumbra con vida renovada cada vertiente, cada árbol y cada curva del camino.  

Anoche llovió con ganas, la tierra está empapada y, con el silencio, se respira un penetrante estado de agradecimiento. El mundo vegetal perfila una sonrisa en cada una de sus hojas y de sus ramas, es el gozo de sentir rezumando el agua caída generosamente. Ha sido un aguacero continuo, regular, sin grandes estallidos tormentosos de los que rompen ramas y arrasan márgenes. No. Ha estado lloviendo casi toda la noche con gotas gruesas, como dedotes de agua que repiquetean sobre los tejados con un sonido grave, envolviéndonos en una cálida sensación de estar suspendidos fuera del tiempo y sumergiéndonos en un sueño feliz y entrañable. Es de las pocas y agradables sensaciones acústicas que hemos compartido todos los humanos durante milenios: el acogedor repiqueteo de la lluvia nocturna sobre el tejado húmedo, sea éste de paja, de barro, de tejas, de zinc o de cemento.

Camino apacible y lentamente. Estoy con la atención en el presente y siento bajo mis pies cada paso sumergido en el sigiloso baño de bosque que me ofrezco para comenzar este último día del mes de agosto de 2020 y agradecer mi vida a la Vida. Empiezo esta jornada con el corazón y la sensibilidad abiertos a lo que Naturaleza, siempre magnánima, quiera ofrecer a mis sentidos. Como puedo, aparto mis pensamientos de lo que debo hacer hoy o sobre lo que hice ayer, arrincono mis juicios sobre tal o cual arbusto que hay en el camino, rechazo mis imágenes internas que no paran de surgir del inconsciente y me zambullo con placer epicúreo en los olores. Sí, a la vez que me dejo elevar por el rayo del sol naciente que atraviesa unas ramas de pino mediterráneo de corteza rojiza, huelo el intenso efluvio de las numerosas plantas que me rodean, empezando por las humildes y perfumadas matas de menta piperita y por el olor dulzón de los orgullosos castaños.

Me rodea la armonía. Formo parte de ella. El tiempo se detiene y podría morir ahora y aquí mismo  —no obstante, le pido al Viejo que me permita disponer de unos años más para acunar y reír con la hija que está a tres meses de nacer—. 

A la vez que todo ello, se despliega dentro de mí, agudo e imparable, un sabor agridulce de profunda añoranza y de abandono a mi destino. Se me rebela  —de nuevo— la futilidad, la casi inutilidad de todo lo que he hecho y de todo lo que hago, de casi todo lo que sucede a mi alrededor, de mis luchas por defender valores que me parecían fundamentales, tales como la igualdad y la unidad entre las personas, mis empeños en escribir para salvar la humanidad. De joven, pertenecí a las comisiones universitarias anti-franquistas, luchábamos por la libertad y la igualdad del «pueblo» que, entonces, creía que «siempre tiene razón», y cuyo servicio debía ser el objetivo último de mi vida. El pueblo siempre tiene razón, me decía. Hoy, tras la experiencia de suficientes décadas vividas impulsado por la santa y permanente curiosidad y por la búsqueda de lo Real y de lo Atemporal, he cambiado de opinión. No es que esté a favor de los absolutismos injustos y de las desigualdades fuente de barbarie, ¡Dios me guarde!, pero he podido ver como, en realidad, «el pueblo» pocas veces tiene razón. La masa es acomodaticia, cobarde y la mayor parte de veces hace poco más que sostener un cráneo sobre los hombros. Justamente, las guerras, las dictaduras, la injusticia, las monarquías trasnochadas que depredan a sus sumisos vasallos, la explotación del hombre por el hombre, las religiones dogmáticas, la basura global y el final de la vida en la Tierra por ecologicidioy por etnocidio, todo ello se debe, justamente, a la acción de la gente, al pueblo que actúa como una manada de perros que solo se mueve atraída por la pitanza y el sexo o por el miedo al garrotazo, sin tener el mínimo sentido crítico sobre nada de todo ello y, menos aun, sobre sí mismos. Me viene a la cabeza un texto de Séneca, el filósofo cordobés que existió hace dos mil años, en cuya obra De la felicidad, de total actualidad, aconseja que si no sabes dónde buscar la felicidad, mira hacia dónde va la gente, y tú ves en dirección contraria.

 

II.

Ayer hablaba con un viejo amigo sobre este melancólico espacio que se abre en nuestra alma cuando cada una de nuestras células  —si se puede así decir—  descubre que nada de aquello que creíamos trascendente tiene la menor importancia. Ni las luchas sociales en las que uno se ha comprometido, ni el esfuerzo vivido como un camino heroico por popularizar el uso de psicótropos sagrados —aunque es real que su buen uso nos salvaría de la neurosis—, ni el trabajo por mantener a flote tal o cual proyecto, ni la carrera científica o la imagen social. Nada de ello tiene el menor valor y, a la vez, cada acto constituye una piedra del camino que cada uno de nosotros debe recorrer. Casi ninguna lucha humana es trascendente, ni importa lo mínimo en el eterno devenir de la historia. Como dice la frase sufí, debemosestar en el mundo sin ser del mundo, y pobre del que no lo descubre porque su vida transcurre en el terreno de la insubstancialidad, por mucho que sienta que sus actos son trascendentes y de gran importancia para la humanidad.

No debemos tener miedo a morir ni a que la civilización occidental desaparezca porque, como todo, tiene fecha de caducidad. Los dinosaurios desaparecieron hace milenios y la vida ha seguido. Esto es lo realmente importante.

He redescubierto que, a grandes rasgos, todo está ya trazado como el recorrido que sigue un niño en el colegio. Si es una buena escuela, la educación de los chiquitines se organiza de manera que cada cosa les parezca un descubrimiento personal, que cada nuevo conocimiento lo adquieran como una aventura completamente importante y necesaria para todos, de manera que cada aprendizaje les encamine hacia su realización y hacia una vida impulsada por el entusiasmo. Pero, pocos años más tarde descubrimos que todo estaba programado y que la libertad de acción infantil era mínima. En el fondo, creo que uno tan solo puede decidir si se entrega a su destino, aunque no lo comprenda, o si trata de rebelarse contra él, opción totalmente inútil.

 

III.

Formo parte de una generación que ha vivido un verdadero regalo histórico. Solo podemos estar agradecidos y más y más agradecidos. No me ha tocado resistir ninguna guerra, a pesar de que —como se suele decir y es bastante próximo a la realidad—  cada generación de la humanidad ha sufrido una guerra. Mis padres vivieron la Guerra Civil española, la versión local y cruenta de la II Guerra Mundial en forma de golpe de Estado. Mis abuelos vivieron la I Guerra Mundial y la guerra del Rif (1926); mis bisabuelos sufrieron la guerra de Melilla (1909), la revolución de Filipinas (1898) y hasta las guerra Hispano-estadounidense (también en 1898). Podría seguir, pero con este botón es suficiente muestra. Cada generación ha vivido y se ha curtido en una guerra, excepto la mía… hasta ahora.

Me ha tocado vivir una época y en un rincón del mundo donde lo dominante ha sido la paz social, la enorme libertad individual comparada con otras épocas, la fluidez y la posibilidad de estudiar, las buenas y cómodas ocupaciones laborales, el descubrimiento del mundo interno y externo, la comida abundante, y la difusión del arte y la medicina. Ha sido un destino de la máxima suerte deseable, y ahora parece que esta situación se está acabando a causa de la propia e infinita estupidez humana.

A pesar de tantas posibilidades, la ignorancia —que es el estado de arrogancia generado por las mentes auto-centradas y que no son atraídas por la necesidad de conocimiento— está ganando terreno a marchas forzadas. El miedo y el sufrimiento generados por la presunta pandemia del covid-19, sobre la que cada día tengo más y justificadas dudas, han inundado los corazones miserables de confusión y de miedo, en lugar del despertar la compasión y la sabiduría que surgen del sufrimiento y de la propia observación de nuestra mente confusa.

Estaba a nuestro alcance aceptar que la Unidad de la Existencia, la unidad de las innumerables formas de vida, no es un principio abstracto, sino que es la Realidad actuando continuamente. Y creo que estamos perdiendo esta oportunidad histórica.

Al azar leo en la prensa diaria: «Desalojan una playa de Tenerife tras interceptar una quedada para difundir la Covid». Cuesta creer que haya gente tan estúpida como para buscar infectarse, sea o no cierto todo lo que se cuenta de la pandemia.

Sigo leyendo al azar en la prensa de hoy, 30 de agosto de 2020: «En España se han registrado 3.829 contagios <de Covid-19> en las últimas 24 horas, y 15 muertos». Veamos, ¿Cuántas de estas defunciones, que son el ínfimo 0,003% de los presuntos infectados, se deben realmente al virus? La gripe mata mucho más (el año pasado se registraron casi 800.000 casos de gripe en España, de los que 52.000 fueron ingresados y hubo 15.000 muertos, es decir: el 0,018% de los infectados, muy por encima del 0.003. Como dicen los políticos, no comment).

Una persona amiga, cuyo nombre me reservo por razonable prudencia, estuvo trabajando en el tanatorio de una gran ciudad española durante los meses más agudos de la pandemia, marzo y abril de 2020. Por sus manos pasaban todos los certificados de defunción de las personas muertas que llegaban a esta institución. Me explicó que poquísimas defunciones se atribuían clínicamente al Covid-19 ya que, por ejemplo, tener fiebre alta en el momento de dejar este mundo no podía atribuirse inequívocamente a la pandemia, como sí se hizo. Esta misma amiga me comentó que la tragedia no era el número de defunciones sino las condiciones que habían impuesto al proceso de despedida. “Y yo, ¿cómo sé que el cuerpo que hay dentro de este ataúd es el de mi padre, si no me han dejado verlo desde que lo diagnosticaron de coronavirus y la caja está herméticamente cerrada?”. Este ha sido el verdadero drama.

Por otro lado, se está repitiendo hasta la saciedad que la “prueba inequívoca” para diagnosticar el coronavirus es la famosa PCR. Completamente falso. El mismo Ministerio de Sanidad español lo afirma en su web, textualmente: «medir el contacto con el coronavirus no es suficiente para diagnosticar COVID19 y tampoco nos dice si usted es o no contagioso en este momento». 

No voy a entrar en detalles de alta biología —no soy biólogo y no voy a jugar a serlo—  pero numerosas voces de respetables especialistas están repitiendo desde hace meses que afirmar algo tajante sobre la infección de coronavirus a partir de la PCR es como tirar un dado y anotar los resultados dándolos por científicamente válidos. Para entendernos, este análisis es como si cogiera una única foto sacada en cualquier momento de un viaje de tren de 3.000 kilómetros, reprodujera la minúscula foto medio millón de veces, las uniera y pretendiera que esto es el paisaje que se ve en el viaje de tren y decidiera algo sobre ello. No. Incluso Kary Mullis, el creador de esta prueba, expresó sus dudas sobre la fiabilidad para detectar virus.

Para redondear el escepticismo, hace pocas semanas se ha observado que una parte de la cadena cromosómica de Covid-19 forma parte de nuestro propio ADN. Es una locura que alguien con sentido común otorgue fiabilidad al resultado de tales tests. No es extraño, en cambio, que, a pesar de que sigue aumentando el número de personas teóricamente infectadas según las campañas de detección con PCR, el número de muertes vaya a la baja. ¿En qué quedamos?

Otro caso singular. Una amiga médico que trabaja en uno de los grandes centros hospitalarios de Catalunya con más de mil camas, está asombrada por las alarmantes noticias que difunde la prensa cuando, en su experiencia diaria, experiencia que comparte con centenares de otros sanitarios, no son ciertas. En su hospital, ayer había quince enfermos ingresados atribuidos al Covid-19. Este mismo comentario lo han hecho otros médicos a los que cuento entre mis amigos y conocidos: la realidad empírica no corresponde con lo que repite la prensa hasta la saciedad. No es que no exista este dichoso virus y la posibilidad de fenecer por su causa, sino que alguien está convirtiendo esta epidemia en un gatillo para transformar el mundo. ¿Quién está detrás de la prensa financiando tales oleadas de falsas noticias, día tras días?

 

IV.

¿Qué es lo que está sucediendo realmente? ¿Qué nos quieren vender y lo están colando a la mayoría de la gente? No atino a vislumbrar quién puede salir ganando: ni los bancos, que están aterrorizados por el alud de impagos que les viene encima; ni los políticos, a los que se les destapa su absoluta incompetencia y falta de miras; ni las grandes corporaciones multinacionales, la mayoría de cuyas acciones, con alguna excepción, han caído en picado ¿Tal vez la industria farmacéutica, conocida por su total falta de ética? No lo sé, y probablemente no lo llegue a saber jamás.

Pienso que nada de eso es trascendente, que lo que realmente estamos viviendo es la última etapa de una Era, la descomposición final de un período histórico o de una civilización, llámese como se quiera.

A grandes rasgos: el Alto Imperio Romano duró alrededor de 330 años  —del año 27 a.C al 305 d.C—, y el Bajo Imperio Romano duró la mitad  —desde el año 305 d.C al 476 d.C—. La Alta Edad Media, duró de nuevo alrededor de 400 años  —del siglo V al X—, y la Baja Edad Media duró otros 400 años —del siglo XI al XV—. Estas fechas son objeto de constante discusión y reajustes entre los historiadores, pero a grandes rasgos son válidas y dan una imagen clara de lo que dura cada periodo histórico, entre 300 y 400 años (y no me refiero aquí a la duración de los grandes imperios, que suelen ser más longevos —el de Bizancio duró 1.000 años, el Otomano 700, el Maya duró unos 3.000 años divididos en tres periodos de 1.000 cada uno, etc.).

Estamos asistiendo a la decadencia total de una forma de vida basada en la explotación y el alejamiento suicida de la naturaleza, en la desaparición de valores morales y de verdadera solidaridad, una era caracterizada por la ausencia de toda forma de verdadera espiritualidad (no de confesionalidad), por la absurda primacía de yopor encima del nosotros, de lo temporal y racional sobre los contenidos atemporales del inconsciente. Desde mi humilde óptica, la historia de miedo del Covid-19 es meramente una parte de esta caída del mundo occidental.

El actual patrón cultural, el capitalismo, nació a principios del siglo XVI y alcanzó la madurez a mediados del siglo XIX dando paso aldesarrollo y expansión del consumismo a lo largo del siglo XX, consecuencia de la lógica interna del capitalismo y de la aparición de la publicidad, herramientas que fomentan el consumo irracional y nuevas necesidades arbitrarias en el consumidor. ¿Cuánto ha durado? En total unos 400 años, 250 si contamos solo desde la aparición del patrón consumista. Por tanto y siguiendo el cálculo de matemática de la historia, quedan entre 30 y 50 años para que aparezca el cambio de periodo histórico. Tres décadas más de decadencia, de anomia y de desorden, como el que estamos observando, tal vez, hasta de grave violencia social, como han vivido la mayoría de generaciones anteriores.

 

V.

Sigo mi sereno paseo matutino por el frondoso parque natural del Montnegre. No llevo mascarilla, naturalmente. Hay un firme silencio, desconcertante y familiar a la vez. El silencio es la melodía de lo más sagrado que me inunda de paz. Me sosiega caminar sin rumbo mientras el sol, a su ritmo diario, con una luz clarísima y ajeno a todo lo humano, va usurpando el espacio a la oscuridad, metro a metro, y alumbra cada vertiente, cada árbol y cada curva del camino con vida renovada. De nuevo tengo el convencimiento que estoy asistiendo al final de una era, de un periodo histórico que se desarrolla al margen de las intenciones individuales, o tal vez como la suma de millones de intenciones inconscientes.

Agradezco al Creador estos momentos eternos y me bisbiseo: «No se puede decir nada de un estado arrebatado y extático. Si se habla de él, desaparece. Sólo queda el saber». Shhhhh… hasta pronto.

 

Can Benet Vives, 31 de agosto, 2020

 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *